Lolo, alias “El brava” por sus amigos, alias “Semental” por
autodenominación, paró en un Club en una carretera de tercera categoría. Su
camión suspiró profundamente antes de detenerse y dejó escapar un bufido
gaseoso. Aquella noche le apetecía arrimar cebolleta con alguna señorita de
dudosa reputación, y aquel local con luces de neón en medio de ninguna parte
era el lugar idóneo para establecer una relación de intercambio.
Cogió su raída y manchada cazadora y apeó sus casi ciento treinta
kilos a tierra firme. Después de una ruta de casi cinco horas sin descanso (si
la poli le paraba los pies y comprobaba los discos, se le podía caer el pelo),
le apetecía dos cosas: Una jarra de cerveza y unas hermosas tetitas. En el
aparcamiento solamente había una furgoneta blanca grande algo deslustrada.
Seguramente sería del dueño del establecimiento. Por lo demás, parecía que iba
a tener el local a su disposición. Escupió en el suelo y se ajustó como pudo la
cazadora para entrar, adoptando al andar una pose que solo los de su calaña
poseen.

En la parte central habían cuatro o cinco mesas dispuestas de
cualquier manera y, en los laterales del local sofás cuyos asientos estaban
apergaminados. Media docena de mozas yacían de cualquier manera observándole
caminar hacia la barra. “El brava” pasaba de sentarse en una mesa como un
gilipollas. Lo suyo era frente a frente con el camarero. Se sentó y un hombre
de aspecto ojeroso con un bigote poblado, la frente despoblada y una lacia
melena fue a su encuentro. Lolo apoyó sus grasientas manos en la madera lacada
y pidió una jarra de cerveza.
- ¿Con alcohol o sin alcohol?-
preguntó el hombre con voz grave.
- ¿Tengo cara de abstemio? Con
alcohol, faltaría más.- le espetó Lolo.
El camarero se retiró; si estaba o no contrariado por la brusca
respuesta, es algo que “El brava” no supo ver. Mientras le servía, se fijó en
un cartel que colgaba casi desvencijado por dos clavos mal puestos; decía
“RESERVADO EL DERECHO DE ADMISIÓN. NO SE ADMITEN PROPINAS.”
“Por la preguntita de con alcohol o sin alcohol, puedes apostar a que
ni un puto céntimo caerá de mi bolsillo a tu mano, gilipollas”, pensó Lolo. El
camarero volvió llevando una jarra como dos puños de alta. “El brava” vació la
mitad de su contenido de un solo trago y después eructo satisfecho tan
disimuladamente como pudo; solo las chicas de la barra le oyeron.
Tras acabarse su bebida y reclamar otra más, se fijó en las chicas que pululaban por ahí como almas en pena. Algunas ni siquiera intentaban disimular su asco al mirarle. Mejor; con más gusto se las follaría.
Por tercera vez llamó al camarero con un gesto de la mano; este se
acercó servicial, pero no mudó su gesto en todo el rato que estaba en la barra.
Acercó su rostro al de aquel hombre para hablarle suavemente, no quería que
ninguna de aquellas mujeres se metiera en un asunto de hombres.
- Estoy buscando algo de
compañía, ¿sabes? Ya me entiendes: para mojar el churro. Y con lo que me he
metido en el cuerpo, es jodido conducir. Vamos, que si me pillan me pueden dar
por el culo. ¿Qué tal un servicio de alguna de esas putitas? Pero, ey. Que sean
de aquí. Paso de esas zorras del este o las sudacas. A esas no hay por donde
cogerlas.
- Claro que sí.- contestó el
camarero totalmente estático. Puede escoger usted mismo entre lo que hay por
aquí. Le aseguro que es producto nacional, señor.
- Muy bien, colega. Eso me gusta
de la gente como tú. ¿qué te debo por las cervezas?
- Serán 8 euros, señor.- informó
el camarero.
- No me jodas… ¿tanto por dos
jarras?- preguntó Lolo. Por increíble que pareciera, estaba algo achispado,
como somnoliento.- Bueno, mira; por ser tú, aquí tienes diez, tío. Quédate con
el cambio.
- Lo siento, caballero. No se
admiten propinas.- dijo señalando el cartel, cogiendo el billete y devolviendo
el cambio, todo a la vez.
“El brava” recogió su cambio contrariado, pensando en pegarle un
puñetazo en la jeta a ese subnormal. Las leyes están para incumplirlas, joder.
Quien dijera lo contrario, mentía. Dirigió su vista hacia las mujeres de la
sala. No había ninguna que le atrajera especialmente, aunque realmente poseían
una anatomía bastante aceptable.
Por fin una de ellas se levantó y fue hacia él. Era una rubia que
seguramente no había cumplido los veinte. Vestía un picardías semitransparente
y tacones de aguja cortitos; sus piernas iban rematadas con unas medias que se
perdían más arriba. La imaginación de “El brava” volaba… y su pajarito también.
Menos mal que se había cambiado reglamentariamente de ropa interior y, además
se hubo dado una ducha hace dos días. La higiene según los días estaba reñida
con él. Pero, según sus propios estándares, estaba tan limpio como una patena.
La chica fue delante de él por un largo pasillo moviéndose
sinuosamente, como una mujer sabe hacer y Lolo le seguía sin apartar la vista
de aquel generoso trasero. Podía adivinar que iba a ser una noche movidita con
aquella jovencita apetitosa. No iba a quedar ni un solo milímetro de su piel al
que no le pasara la lengua.
Abrió una puerta y entró, echándole una mirada que podía
derretir todo el hielo del ártico. “El brava” notó que algo abajo se movía
impaciente por salir y la siguió con paso algo etílico. Las cervezas le habían
subido algo más que de costumbre, raro era en él.
La habitación consistía en una cama pulcramente hecha, una mesilla con
una lámpara a la que le faltaba la pantalla y que daba una luz sucia y unas
paredes que no tenían adorno alguno, salvo dos o tres desconchones en cada una
de ellas.

Cuando despertó dos horas después, se encontraba en un sitio cerrado,
oscuro de no ser por unas lámparas fluorescentes y con un fuerte olor a matadero.
Eso le alarmó; intentó levantarse, pero se dio cuenta de que estaba amarrado
con los brazos en cruz y las piernas estiradas. Lo que le impedía moverse era
justamente unas argollas de acero que rodeaban sus muñecas y tobillos. También
se dio cuenta de que no tenía la ropa; tan solo conservaba los calzoncillos y
su camiseta interior. Giró su cabeza y vio estanterías llenas de latas en
conserva. En una mesa donde acababan los estantes había dispuesta una hilera de
artefactos que, sospechaba, le harían retorcerse de dolor. Y, justo al lado de
la mesa, estaba su ropa echa un ovillo en el suelo. Allá es donde guardaba su
navaja; si pudiera hacerse con ella. Se movió para comprobar si las argollas
cedían y descubrió, para su sorpresa, que las cadenas traspasaban la mesa por
debajo. No había ninguna resistencia salvo sus propias muñecas; tendría
solamente que romper la mesa de madera maciza por las patas y sacar la cadena.
Comenzó a atisbar un rayo de esperanza cuando se abrió una puerta.
Lolo miró en aquella dirección. No veía la puerta, porque le tapaba un muro,
pero veía la luz que se filtraba en su cubículo. Oyó pasos que bajaban una
escalera y, al cabo de unos segundos, vio al dueño del bar, con su ojerosa
mirada observándole y a dos de sus chicas. Una de ellas era la que había
elegido para una noche de gozo y disfrute.
- Parece que nuestro cerdito ha
despertado.- dijo el hombre sin ningún tipo de inflexión en su voz.- Habrá que
darle algo más de somnífero para que se duerma un poco más. Encargaos las dos,
por favor. Bajaré en quince minutos para comenzar el despiece.
“El despiece…”, pensó alarmado Lolo; “¡hijos de puta!¿qué quieren
hacer conmigo?”. El dueño del club subió de nuevo sin apenas dedicar una mirada
a “El brava” y las dos jóvenes se quedaron impasibles mirando hasta que oyeron
cerrarse la puerta. Una de ellas se dirigió a una estantería cuya vista Lolo no
alcanzaba y la otra, con la que hubiera podido tener una noche loca, se acercó
con una chispa de excitación en sus ojos. Parecía querer comerle con la mirada.
La que había desaparecido momentáneamente de su visión reapareció con dos
pequeñas cápsulas. Se las mostró a Lolo.
- Ahora vas a ser bueno y
tomarte esto, ¿vale?- dijo con suavidad.- Te prometo que luego no tendrás que
preocuparte por nada más.
- Puta de mierda… ¡suéltame
ahora mismo! ¿Qué es lo que pretendéis hacer?- preguntó asustado.
- La escasez de recursos en esta
carretera es muy limitada. Hay que proveerse… de una manera u otra.- contestó
acercándose a su boca para meterle las pastillas.
Lolo palpó con su mano el cabello de ella y, haciendo caso a una
rebelión que crecía en su interior, cogió un buen mechón de pelo y estiró como
pudo. El gesto de sorpresa que se dibujó en la cara de aquella joven fue casi
un placer a ojos de Lolo. Ella se intentó zafar de aquella tenaza que era la
mano de él, pero era imposible. Lolo tiraba del pelo cuanto le permitía la
argolla y las dos jóvenes luchaban en un pulso de fuerza contra él.
La más joven, tal vez viendo que nada podía hacerse contra esa mano
cerrada en torno al pelo de su compañera, se abalanzó hacia la mejilla de Lolo
y mordió con fuerza, arrancando un buen trozo de carne y dejando casi a la
vista la mandíbula del desdichado camionero. La sangre no tardó en manar del
mordisco y Lolo lanzó un alarido que hacía temblar las paredes. Soltó a la
afectada y esta, con ojos llorosos y, observando que la mano de él aún tenía
algún que otro cabello enredado, salió disparada hacia la mesa donde estaban
pulcramente ordenadas algunas herramientas y, de entre ellas, cogió un destral.
La otra joven, mientras tanto, miraba extasiada la herida que le había
dejado mientras masticaba de manera ausente el trozo que le había arrancado.
Fuera de sí, su compañera se acercó a un aullante hombre, levantó el destral y
descargó un golpe a la altura de la muñeca de Lolo. Se oyó un chasquido de los
ligamentos al quebrarse y la sangre salpicó casi hasta la pared. Sin embargo,
el corte fue casi limpio y “El brava” que estaba pero no estaba, notó que la
otra mano se aflojaba. Las cadenas de las argollas habían caído y el estaba
casi en estado de shock. Pero, en lo más recóndito de su mente, se alzaba en
armas para vender cara su vida.
- Olvidémonos de las pastillas.
Vamos a despedazarlo en vivo, por hijo de puta.- dijo con el arma sangrante.
La otra se dio un rodeo a la mesa para coger la mano, que aún goteaba
el líquido rojo, y lo alzó para bebérselo. Parecía extasiada; la que estaba
armada la observó con ansias de participar también de lo que bebía su
compañera. Y esa fue la perdición de ambas.

Tras un pequeño forcejeo con las argollas de sus pies, logró pasarlas
por debajo de las patas de aquella mesa. Se levantó completamente pálido y
bañado en una mezcla de sangre y sudor. Dejó el destral clavado en el cráneo de esa indeseable; tenía planes
mucho mejores para la señorita que seguía viva. De hecho, tenía planes para
todos ellos antes de caer redondo al suelo; aunque había sufrido una conmoción,
sus deseos de supervivencia eran más fuertes. Y eso iba a hacer que rodaran
cabezas.
La joven permanecía muda con los ojos muy abiertos y sin moverse ni un
ápice. Parecía la personificación de la fragilidad. Lolo no se anduvo con
miramientos. Esa puta que se había comido su cara iba a sufrir. La cogió del
pelo fuertemente, casi desde su mismo nacimiento. Empezó a gemir; la condujo
hacia la mesa y, sin mediar palabra, estrelló su cabeza repetidas veces con el
borde a la altura del puente de la nariz. La primera vez sonó un crujido, pues
la nariz cedió, seguido de un grito lastimoso. La segunda vez golpeó más
fuerte, y la chica pareció sacar fuerzas de donde no había para gritar de
manera más audible. Siguió machacando su bonito rostro durante un rato más,
hasta que se dio cuenta que ya no tenía facciones. Todo se resumía en un
amasijo de carne, astillas de hueso, y sangre. En aquella vorágine de
destrucción, un ojo había saltado de lo que otrora fue una hermosa joven y se
quedó colgando grotescamente de aquella abstracción que era su cara.
La tiró al suelo sin mirar particularmente a ningún sitio, como si
estuviera siendo guiado por una tercera persona. Se movió despacio,
mecánicamente, yendo hacia su ropa; se vendó como pudo el muñón sangrante y
buscó entre los bolsillos de su chaqueta la navaja. La desechó enseguida al ver
un cuchillo de unos 30 centímetros de hoja en la mesa de al lado.
Subió las escaleras con la celeridad que le permitían las cadenas en
sus tobillos y abrió la puerta lentamente. Había un pasillo que reconoció
enseguida; era el pasillo por donde la puta sin cara de abajo le había llevado
hasta su habitación. La música sonaba más allá, en el antro de las zorras.
Seguramente eso amortiguó los gritos que hacía un momento se oyeron en el zulo
que Lolo dejaba atrás. Fue caminando despacio, casi cojeando, hacia el vano que
comunicaba el pasillo con el bar propiamente dicho. Una de las putas iba hacia
su cuarto y se encontraron cara a cara; “El brava” no perdió el tiempo; blandió
el cuchillo y le atravesó el abdomen limpiamente hasta el otro lado; la
sorprendida mujer miró hacia su herida mientras la afilada hoja hurgaba en sus
entrañas. Lolo movió el arma frenéticamente con rotaciones de su muñeca,
haciendo el orificio algo más grande; cuando sacó el cuchillo de la
desafortunada prostituta, una porción de tripas salió con él. Cayó al suelo de
rodillas, incapaz de gritar y recogiendo temblorosamente los calientes órganos
que se deslizaban hacia fuera. Lolo la degolló sin piedad.
En el bar todo era calma e incluso algunas de ellas bailaban al son de
la música que se radiaba. El dueño estaba en la barra tranquilo, esperando que
sus chicas acabaran el trabajo en aquel cuarto para mañana al atardecer
preparar una estupenda barbacoa. La fantasmal aparición de Lolo en el vano de
la puerta echó al traste todo pensamiento de aquel individuo. Las putas pararon
de bailar y miraron hacia el camionero. Tras él, un charco de sangre se hacía
cada vez más grande; “El brava” llevaba algo más que el cuchillo en su única
mano. Lo arrojó al suelo y fue rebotando hasta la mitad de la sala. Se trataba
de la cabeza de su último encontronazo.
Sin mediar palabra, las chicas se lanzaron a por él y Lolo levantó de
nuevo su arma. Mató a la primera e hirió a la segunda, pero las demás se
abalanzaron como una jauría de lobos hacia su presa.

No duró mucho más después de eso.
Mi opinión es que el personaje principal murió hace mucho y llegando a otro mundo, que es este restaurante, recibió el castigo celestial que merecía. Porque la gente tan mala es posible que no se de cuenta cuando ya está muerta por eso lo más duro sería que vea como su cuerpo desaparece poco a poco, en este caso siendo comido por unas caníbales . El modo en el cual se protege es muy sangriento, pero claro, todos luchamos para sobrevivir. La última escena en el cual le matan a él, creo que es la muerte final de su espirito. Me gusta el relato, pero también me dio miedo, aunque al fin y al cabo este era el propósito, supongo. :*
ResponderEliminarEn realidad no es, como si dijéramos el purgatorio, donde las almas "expían" sus culpas antes de alcanzar la plenitud. Un relato como este puede dar escalofríos precisamente porque se contempla la posibilidad de que pueda ocurrir de verdad, sin necesidad de acceder a elementos sobrenaturales. De todas maneras, me apetecía ver un poco de sangre en el blog y espero que con este lo haya conseguido... ¡Un besote!
Eliminar¡Madre mía! Al principio me chocó un poco la mezcla de lenguaje cuidado con las "delicadezas" que se le pasan por la cabeza al personaje, pero cuando empezaron a comérsele la cara se me olvidó todo... jajaja
ResponderEliminarMe esperaba que al final todos fuesen vampiros en plan "Abierto hasta el amanecer", que fuesen humanos le da un toque más siniestro, ¡mucho mejor!
Un saludo!!
¡Buenas noches, Iracunda!
EliminarCreo que a veces la realidad supera a la ficción, así que no es de extrañar que sea posible que un lugar tan apartado como puede ser una carretera de tercera categoría (lo que hace allá un camionero es harina de otro costal) guarde una "familia" de caníbales ansiosos de comerse lo primero que aparezca que allí. Leí hace no mucho acerca de un clan de caníbales llamado Beane en Escocia y digamos que adapté la historia a la actualidad... El resultado salta a la vista. De todas maneras, me alegra mucho que te haya gustado.
¡Gracias por pasarte por aquí y un abrazo muy gordo!
¡Menudo atracón! Me encanta que no me de pena que no se salve, jajaja. Muy buen relato, y que escalofríos saber que pasó algo así :S
ResponderEliminar¡Un abrazo!
¡Hola Candela! Al paso que vamos, apenas me queda algo para mostrarte... :P
EliminarEse día tocaba ser un poco gore así que, para justificar semejante despilfarro de salsa de tomate, metí en escena a un camionero bastante cabroncete. El resultado es que siempre vas a encontrar a alguien más cabrón que tú, en este caso a bastantes mas :D.
¡Un abrazo muy gordo!
Es increíble cómo se forman en la cabeza las imágenes de la masacre, tan vivo como una película. Me ha gustado, y me ha gustado más que le cerdo del camionero tuviera una muerte lenta y dolorosa... Aunque coincido con alguien de ahí arriba, yo también pensé en abierto hasta el amanecer :D
ResponderEliminar¡Buenas Aradlith! Lamento el retraso en la respuesta por motivos personales. Aún así, más vale tarde que nunca, asií que allá voy. Efectivamente, el camionero no es una persona muy agradable que digamos y, puesto que me apetecía la sangre el día que lo escribí, decidí justificar la sangría metiendo a un personaje más que asqueroso. La analogía con abierto hasta el amanecer es más que evidente pero, como dice alguno de los comentarios, da más miedo pensar que no hay ningún elemento sobrenatural o fantástico y que puede ser muy, muy real.
Eliminar¡Un abrazo muy grande!
Como siempre tus relatos me matan literalmente,me meto en el tema dios que bueno,sera porque me encantan las películas de terror,el momento en que el brava,lucha por salvarse y empieza todo esta sangrienta supervivencia uhh sin palabras!!..
ResponderEliminarFelicidades y gracias por compartir esto con tod@s!!..
Aún estoy metida en la historia buenísimo!!
Un saludo en la distancia
¡Buenas Elisa!
EliminarAsí da gusto escribir, viendo como las personas se asustan, empatizan con los personajes, sean de la alineación que sean y, por supuesto, que comenten para lo bueno y para lo malo, que es lo que realmente ayuda a crecer y a progresar. Muchísimas gracias por tus palabras
¡Un saludo!
Caray! Yo que quería algo de lectura antes de dormir y me he desvelado por completo! Un relato realmente trepidante y bañadito en sangre por los cuatro costados :p
ResponderEliminarDebo admitir que cuando le arranca un trozo de mejilla, mi mente también ha creído encontrarse ante alguna escena vampírica: pero resulta mucho más inquietante descubrir que el bar es un bar de verdad y las chicas, unas "simples" mortales.
Últimamente, con tanta temática fantástica inundando las estanterías y las pantallas, me resulta siniestramente refrescante e incluso inspirador, que se muestre la crueldad como un aspecto más del ser humano.
Un fuerte abrazo! Sigo gastando suela de zapatilla por tu blog ;)
¡Hola Patricia!
EliminarLamento mucho haberte desvelado, pero es que no se puede andar por aquí y gastar suela a esas horas de la noche :P
Me alegra enormemente que te haya gustado y que realmente dé que pensar que la realidad puede superar a la ficción y que lo más peligroso, en esencia, no son las criaturas que nacen en nuestra mente, sino las personas que pueblan el mundo. Para variar, muchísimas gracias por perder tu tiempo por aquí y espero, como no, verte pronto.
¡Un abrazo muy, muy fuerte!
¡Madre mía! ¡Y yo que cuando he empezado a leer pensaba que era un relato de humor! Cachislamar.
ResponderEliminarMe ha gustado muchísimo como introduces al personaje. Creo que aunque es un personaje desagradable, consigues que sintamos empatía, y que así luego nos importe lo que le pasa. La tensión, muy bien conseguida. Y la escena de la carnicería, muy bien descrita, muy vívido todo. Hoy no me esperaba que nadie me revolviese el estómago así :)
Muy buen relato. A ver si me pongo al día, que ya veo que hay tela que cortar...
¡Buenas Carme!
EliminarBienvenida de nuevo por este blog. Es más que un honor el que hayas vuelto y leas lo que voy publicando. Por supuesto, sabiendo ahora que ha sido de ti, volveré por tu site y te devolveré el favor leyendo y comentando todo cuanto publiques.
Espero que todo te vaya bien y que nos veamos pronto por estos lares. Mil millones de gracias por tu atención.
¡Un abrazo muy grande!