Claudio llegó en coche al descampado. Era en ese punto donde iba a
deshacerse del cuerpo. Estaba nervioso, por supuesto. La primera vez, sobre
todo si no tienes intención de apretar el gatillo sino de asustar, da un poco
de respeto. El afortunado que le había tocado el premio gordo era el profesor
de baile de su mujer.
Hacía al menos un mes que lo sabía o, al menos, lo intuía. Hasta que
finalmente, tras comprobar que su mujer se ocultaba tras la puerta del baño
para hablar con el con el whatsapp, aquellas salidas esporádicas que hacía de
diez minutos y algunas tardes que desaparecía por completo diciendo que iba con
algunas amigas, hicieron que dejara de cruzarse de brazos.
Cuando vio furtivamente qué clase de conversaciones llevaba con su
profesor de baile en el móvil, cuando descubrió que las salidas esporádicas
eran para llamar desde una cabina para que no hubiera registros en su propio
teléfono y cuando fue consciente de que aquellas tardes eran para retozar como
animales en celo, decidió hacer algo al respecto.

Sin embargo, el plan había salido mal desde el principio. Esperaba a
que saliera de su academia de baile el sábado, solo; seguramente iba a verse
con su mujer, pues ya le había comunicado su deseo de irse de compras. Claudio sí que tenía una compra que deseaba enseñar al
amante de su mujer. Al ver que tardaba en salir, llevó su coche hasta la puerta
de la academia y allá le veía, en su cubículo diminuto que era su despacho
revisando dios sabe qué papeles.
Llamó a la puerta del estudio y el profesor se levantó para decir que
estaba cerrado. Cuando llegó a la puerta, le reconoció como el seboso marido de
su amante. Le pidió pasar amablemente y el profesor se lo permitió. Una vez
dentro, sacó su arma y apuntó con ella al sorprendido bailarín.
Solo quería amenazarle, por supuesto; pero estaba tan nervioso que,
antes de poder decirle que dejara en paz a su mujer, el arma se disparó. La
mitad superior de la cabeza del profesor, que no tuvo tiempo de pensar qué
demonios le estaba ocurriendo, desapareció en una vorágine de hueso craneal,
sesos y sangre, mucha sangre. A su vez, el retroceso tan potente del arma
trasladó en un ángulo tan pronunciado el brazo izquierdo de Claudio que, sin
comerlo ni beberlo, le produjo una luxación, aunque de esto se dio cuenta más
tarde. La detonación de aquel cañón le había dejado medio sordo. Afortunadamente,
la academia de baile no estaba situada en un barrio residencial ya, que, de ser
así, más de una casa estaría llamando a la policía.
Al ver el desastre que había ocasionado, el cuerpo del bailarín caído
de cualquier manera sobre el parquet y la redecoración de las paredes más
próximas con ayuda de su sangre, se puso ligeramente nervioso. Podría irse de
allí o, simplemente, trasladar el cadáver a otra parte. Optó por lo segundo.
Con unos plásticos que tenía en el maletero del coche y que nunca se decidía a
tirarlos envolvió el cuerpo apresuradamente cuidando sobre todo de que la parte
más crítica no manchara su tapicería. Lo metió en el maletero y, tras hacer una
intentona de borrar las huellas de las pocas cosas que había tocado en la
academia de baile, montó en el coche y salió corriendo.
Que le dieran al jodido parquet manchado de sangre. Si lo encontraban
así, podría haber sido cualquier cosa. Y, si no, que no hubiera hecho su
academia de baile en las afueras, donde seguro que te rajan por menos que nada.
Y en cuanto al cuerpo, iba improvisando sobre la marcha. Lo que ahora le
interesaba era deshacerse de él al instante y llegar a casa como si nada
hubiera ocurrido.
El brazo empezó a martillearle de dolor y fue en ese momento cuando
decidió enterrar el cadáver en un descampado a unos kilómetros de la ciudad.
Estaba atardeciendo, así que tenía tiempo de sobra. Además, en el maletero
creía recordar que tenía una pala de jardinería (la de cosas que se pueden
acumular en un coche sin tener conciencia de ello) y con ese ridículo
instrumento haría un agujero lo suficientemente grande como para enterrar al
amante de su mujer… bueno: al que había sido su amante.
Dejó la carretera principal y se introdujo en un páramo; recorrió unos
cuatro kilómetros tierra adentro y allá encontró un sitio de tierra blanda para
llevar a cabo su cometido. Bajó del coche y sintió una punzada en el brazo
hasta el hombro que casi le hace desear haber sido manco. Abrió el maletero y
sacó, no sin cierta dificultad, el cuerpo del interfecto. Lo arrojó a tierra y
observó su maletero por si existía algún tipo de mancha sanguinolenta. Al no
ser así, asintió con firmeza y buscó entre sus trastos la pala.
Y ahí está, como al principio, empezando afanoso su agujero. Tardó dos
horas largas y, para entonces, el cielo empezaba a adquirir una tonalidad
violácea, haciendo difícil la visión. Fue al coche, puso las luces de cruce,
pues eso bastaba para ver bien, y arrojó el cuerpo al agujero para comprobar si
cabía. Tendría que ponerlo en posición de decúbito supino si quería que cupiera
allá dentro.
- Lo estás haciendo mal.- le
dijo una voz femenina cerca de él.- Si hubieras tenido tiempo, deberías de
haberlo troceado. Así cabe mejor en un agujero tan pequeño. ¿O es que nunca has
visto películas donde hacen eso?
Claudio se volvió a su izquierda. A unos cinco metros de él, una mujer
estaba reclinada en una roca. Un vestido blanco como la nieve cubría su delgado
cuerpo y su tez competía en blancura con su indumentaria. Iba descalza y,
cuando se irguió, sus pies desaparecieron bajo el níveo vestido. Claudio pensó
que estaba teniendo una alucinación producto del estrés.
La mujer fue hacia él y eso pareció despertarle algún instinto de
supervivencia. Fue rápido hacia el coche y sacó de nuevo la S&W que tenía
en el asiento del copiloto. La cogió y apuntó a la mujer. Esto no pareció
intimidarla lo más mínimo. Alzó el brazo y le habló.
- Vamos; baja ese arma. No tengo
intención de descubrirte ante nadie, mucho menos de que me hagas algo… entre
otras cosas, porque no puedes.
- Si te sigues acercando, no
dudaré en apretar el gatillo. Te lo aviso.- dijo titubeante. Las manos le
temblaban.
- Me gustaría enseñarte algo,
hombre. No tengas miedo.

La bala alcanzó de lleno a la mujer en el torso, que no tardó en
llenarse de sangre. Retrocedió dos pasos pero, aunque pareciera increíble,
seguía de pie. A Claudio el retroceso no le afectó como la primera vez, pero el
hormigueo por el brazo izquierdo no cesaba. Abrió de nuevo los ojos y la vio
mirándose el vestido.
- ¡Oh, no! Me has manchado el
vestido, joder. ¿Sabes lo que cuesta que se vaya la sangre de la ropa blanca?
Claro, no tienes ni puta idea… No has lavado una camisa en tu vida.
- Pero… pero… ¿qué demonios…?
- Demonios ninguno, Claudio. No
soy nada de eso.
- Es imposible que estés viva…-
susurró Claudio sin apartar la vista de la herida.
Al oír aquello, la mujer se echó a reír. Su risa se transformó en una
carcajada y, era tal la jovialidad con la que se carcajeaba que arrancó una
sonrisa titubeante del rostro de él.
- Digamos que la vida no es
precisamente uno de mis fuertes, mi querido y nuevo amigo. Lo mío es acabar con
ellas.
- ¿Eres una asesina?- preguntó
Claudio.
- ¿Y tú eres tonto? Si hubiera
sido de carne y hueso estaría haciendo compañía al hombre de plástico de ese
agujero. Soy la que da una nueva perspectiva a las personas.
- No, no, no, no… eso no puede
ser… ¿quieres decir… que eres la muerte?
- Premio para el caballero.
Claudio permaneció con los ojos abiertos como platos. Era, sin duda,
una alucinación; seguía apoyándose en el hecho de que la visión de los sesos
del amante de su mujer desparramándose por ahí le habían trastocado un poco.
Además, la muerte no sangra. Pero, por otro lado, una herida del tamaño tan
considerable como la que aquella mujer tenía no le habría dejado de pie y tan
tranquila. Empezó a dudar de su cordura.
- La muerte no sangra…- dijo
haciendo eco a sus pensamientos.
- Bueno; he decidido adoptar un
aire más adecuado a las circunstancias. Si me hubieras visto en la forma
habitual en la que soy representada en las pinturas, te habrías asustado. Y no
me parece bien. Todo el mundo tiene que aceptarme, no asustarse de mi.
- ¿Has venido para llevártelo?-
preguntó Claudio.
La mujer se acercó suavemente. Claudio se relajó lo suficiente como
para bajar el arma. La visión de la sangre en el vestido de la mujer, le dio
náuseas. Comenzaba a ser consciente de todo lo que estaba pasando alrededor de
estas últimas horas. La dama se apoyó en su hombro derecho y se inclinó para
ver el plástico que cubría al desafortunado amante. Incluso a través de su
camisa, notaba la frialdad de la mano de la muerte.
- Si. Así es. Tengo que
llevármelo; de hecho, ya lo tengo conmigo. Menudo viaje le has dado.
- No era mi intención matarle…-
empezó a decir Claudio.
- Claro que no. Pero también era
su último día. Digamos que, a quien le toca, le toca, ¿no te parece? Como se
suele decir, ninguno escapa a mi suerte.

- Aquí tienes al amante de tu
mujer.- comentó mostrándoselo.- Toda su vida en una pequeña dosis. Es lo que
les pasa a todos cuando pasan por mi mano. Una señal inequívoca de que su vida
aquí ha terminado y tienen que cruzar otros planos de existencia.
- Es precioso…- dijo Claudio.
- Mucho; mi trabajo no es
precisamente agradable a ojos humanos, pero se hace lo que se puede. Es lo que
tiene saber que no te equivocas nunca.
- Pero no entiendo… ¿por qué me
dices esto precisamente a mi?
- Vamos, fíjate: Un descampado,
no hay nadie; un cuerpo que yace muerto. Y estás tú, por supuesto.
- Pero alguna razón tendrás para
contarme lo que me estás contando. No es posible que aparezcas de súbito y
listo.
La mujer se apartó un poco de Claudio. Le miró casi con
condescendencia. Le enseñó otro frasquito, pero este estaba vacío. Antes de que
supiera qué le iba a decir, una punzada de dolor cruzó su pecho, cerca del
corazón. El hormigueo de su brazo se hizo más patente, casi ni lo notaba.
- No solo he venido por tu
desafortunado rival. Este frasquito está destinado a ti, por supuesto. ¿No has
oído que la muerte se aparece a los que van a morir justo antes de ese momento?
Es como si fueran tocados por ella, ¿verdad? Una lástima, pues no suelo hablar
mucho con las personas y, cuando lo hago, es porque saben lo que viene después.
También te ha llegado la hora, amigo mío.
Claudio cayó de rodillas. La saliva resbalaba por su comisura hasta la
tierra, que la absorbió agradecida. Se llevó la mano derecha al costado al
notar un dolor agudo, como si le estuvieran sacando el corazón a la fuerza.
Miró hacia arriba, agonizante y su mirada se cruzó con la de la mujer del
vestido blanco, que la sangre de su “herida” empezaba a transformarlo en negro.
La muerte sonrió complaciente y puso su mano sobre la cabeza de Claudio. Un
segundo después su cuerpo se desplomó inerte sobre la tierra blanda y una
expresión de completa sorpresa fue su despedida de este mundo.
La muerte, ahora ya con su apariencia normal, se agachó y rescató el
brillo del alma para guardarla en su frasco. Acto seguido se puso en pie y
retrocedió de aquel escenario, perdiéndose en las brumas de la noche y dejando
a su suerte aquellos dos cuerpos sin vida.
Seguro que la Muerte no es tan Negra como se dice. Es una historia interesante sobre como nos pudiera llevar con ella esta Dama, cuando menos nos esperamos.
ResponderEliminar¡Hola peque! En realidad, la muerte ha tenido múltiples personificaciones a lo largo de los tiempos. Y esta, como no, es una más. Y, efectivamente, da igual donde estés y que estés haciendo, pues siempre te cazará, más tarde o más temprano.
Eliminar¡Un besote muy gordo!
¡Hola Pedro!
ResponderEliminarTengo que serte sincera, para mí este relato empieza a ponerse interesante cuando aparece la mujer de blanco. Cuando he llegado a ese final tan irónico, la primera mitad del relato me daba igual.
Y ahora me pregunto, ¿cuál es el aspecto habitual de la muerte? ;)
Un saludo
¡Hola Patricia!
Eliminar¿Será entonces que no engancha desde el principio? ¿o será que me enrollo mucho para contar algo que hubiera podido despachar en menos líneas? Ya le echaré un segundo vistazo más detenidamente y a ver qué es lo que puedo tocar o no.
En cuanto al aspecto habitual de la muerte, espero que vivamos mucho, mucho, mucho, mucho tiempo antes de averiguarlo por nosotros mismos ;). Es algo que deseo con fervor.
¡Un abrazo muy grande y, como siempre, un placer verte por aquí!
Me he metido en el tema dios!!..Como me ha encantado leer esta historia. Que bueno,y a la ves pensante!! eso quiere decir que cuando a uno le toca,le toca.. mientras sea guapo yo no tengo problemas!!..jej
ResponderEliminarMuy chula ,espero que tenga larga vida,porque me quedo pensando..bueno!!
Un saludo en la distancia.
¡Hola Elisa!
EliminarUna sorpresa y un verdadero placer que hayas dispuesto de algo de tu tiempo para pasarte por aquí y leerte no uno, sino dos relatos de mi blog. Me alegra muchísimo que te haya gustado y, por supuesto, te digo lo que a todos que se dejan caer por esta página: Eres bienvenida siempre cuando gustes.
Y en referencia a tu comentario es cierto que, cuando a uno le toca, le toca; Claudio no solo tuvo mala suerte en que se le disparara el arma; es que encima era su "día" :D
¡Un saludo muy grande!
Es verdad que a la muerte se le ha personificado de distinta manera, pero esta de caracterizarla como una blanca dama es original, la verdad es que nunca la había imaginado así, ni leído.
ResponderEliminarEn algunos párrafos me pasa como a Patricia, solo quiero avanzar hasta que llega la acción...
Revisa el párrafo donde hablas del whatsapp, creo que aparece algo repetido...
Me gusta mucho tu relato. Es original, en tu línea. Solo que al final, cuando la muerte le cuenta que le ha llegado la hora, he de imaginar que es porque alguien o algo ha provocado su muerte (como al bailarín), y no que sea ella, la muerte directamente, la que va en su búsqueda ¿no? ¿O es que es una aparición especial de tan peculiar dama?
Felicidades!! Un abrazo!
¡Hola Elena! Perdona por el retraso de contestarte; he revisado por encima el párrafo que me comentas, pero no hay repetición de palabras como dices. De todas maneras aún está pendiente de una corrección un poco severa.
EliminarMe alegra que te haya gustado el relato pero, por otra parte, no dejo de preguntarme si no habré alargado demasiado el flashback explicando excesivamente qué hace Claudio en un páramo con el cuerpo de otra persona. En cuanto a la muerte, la única explicación plausible que se puede sonsacar es que el que la ve, no puede seguir vivo. O dicho de otra manera, como dije en otro comentario, al que le toca, le toca.
¡Gracias de nuevo por pasarte por aquí y por dejar tus impresiones! Ya sabes que las tengo muy en cuenta.
¡Un abrazo muy fuerte!
Muy buen relato, a pesar del abuso de la casualidad al principio... Y coincido con el resto de comentarios, engancha con la conversación con la muerte. Me ha gustado, iré leyendo lo que tienes ^^
ResponderEliminar¡Hola Aradlith!
EliminarTal vez sea cierto que la casualidad sea muy casual en este relato y, a modo de contestación, una de las cosas que tengo pendiente es la revisión del mismo. Por otra parte, muchísimas gracias por haberte tomado la molestia de pasarte por aquí y te invito a que lo hagas tan a menudo como quieras; personalmente también me he pasado por tu blog y voy a tratar de hacerlo con asiduidad, pues el texto de Literautas me ha parecido soberbio, como ya te comenté.
¡Un saludo y nos vamos viendo! :)
¡Hola! Tenía ganas de leer este relato que se anticipaba muy en tu línea y lo es, para bien, claro. ^^ Me ha gustado mucho tu muerte, y sobre todo ese deseo de que la acepten y no la teman.
ResponderEliminar¡Un saludo!
¡Holas y bienvenidísima seas de nuevo, Candela!
EliminarSi bien la muerte parece haber "sorprendido" a los que han leído el relato, a mí lo que verdaderamente me preocupa es la introducción a su llegada, que parece que no ha logrado convencer mucho Es un texto que tengo pendiente de depurar y a ver si así dar el pego como Dios manda. De todas maneras, muchas gracias por pasarte por aquí y ya sabes, espero verte de continuo.
¡Un besooooo!
¡Hola!
ResponderEliminarVeo que te atreves con todos los temas.
El texto me ha enganchado con lo de que "saldría corriendo a paso de claqué" ¡Jaaajajaaa! Me lo puedo imaginar muy vividamente (el claqué es una afición que tengo). Muy bueno.
Me gusta el giro que da la historia, pasando de algo "común" como el engaño de la pareja, la rabia, el deseo de venganza, a lo sobrenatural, con la aparición de la muerte. Me ha gustado mucho que la hicieses aparecer tan agradablemente, de blanco, lejos de esa visión tan negativa más habitual.
Con lo que comentas sobre que la introducción sea muy larga, no sabría qué decirte. Por un lado, es cierto que el giro cuando aparece la muerte es total y hace olvidar completamente la historia inicial. Pero por otro, quizá un encuentro con la muerte, así de sopetón, sin introducción, resultaría una manera de tratar la historia más típica o menos original.
En todo caso, muy entretenido ¡y engancha!
¡Buen fin de semana!
¡Buenas Carme!
EliminarA veces viene bien un bautismo de fuego con cualquier idea que se te venga a la cabeza y con un género que no se haya tratado anteriormente. Este, con buen ojo, ya has visto que es uno de ellos; sin duda alguna, el relato da un giro algo radical para resaltar el verdadero motivo por el que el relato tiene ese título. Me suele gustar, eso sí, partir de algo cotidiano para luego darle una forma un tanto grotesca o sorprendente, pero sin intentar caer en los tópicos. No se puede decir, desde luego, que sea un texto original, pero aún así puede ofrecer alternativas interesantes acerca de la visión de la muerte y de como se lleva a las personas.
De todas maneras, agradecidísimo por tu paso por el blog, donde espero verte pronto de nuevo y de, como no, que te haya no solo gustado si no también enganchado.
¡Gracias y un abrazo!