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domingo, 26 de mayo de 2013

INFERNUM


Me desperté en aquella playa de mar embravecido. Había caído desde no sé donde; tal vez desde arriba. El cielo se me antojaba inalcanzable, y mirarlo dolía; pero algo en mi interior luchaba para alcanzarlo. Me puse de pie y observé mi alrededor. Las olas morían en aquella arena pardusca levantando espuma. A mi espalda, unos diez metros, una pared de piedra oscura, como el granito, ascendía hasta perderse en las alturas. Imposible trepar por allá; cuanto más indeciso estaba por ir a un lado o a otro, la suave pero caliente brisa llevó a mis oídos un grito que parecía llamarme.

Fui hacia donde se hizo audible corriendo más que andando. Me encontré con dos hombres; uno de ellos luchaba por sacar su pie de entre algunas rocas que habían caído en la arena. No parecía estar herido. El otro intentaba ayudarle estirando de la pierna.

- Algo de ayuda nos vendría bien, compañero.- sugirió el que estiraba de la pierna.

No contesté, pero sí que ayudé. Intentamos quitar la piedra de encima de aquel desdichado. La alzamos al límite de nuestras fuerzas y la echamos a un lado. No estaba herido, como bien aventuré anteriormente. Aquel pedrusco evitaba que se moviera. Tras agradecimientos verbales, pregunté dónde nos encontrábamos; sus respuestas, como temía, eran vacuas. Así pues, ninguno de los tres sabíamos el lugar donde estábamos.

viernes, 24 de mayo de 2013

TRAS EL SOL


24 Julio 2018, Martes
Hoy hemos corrido a toda leche tras el sol. La llanura que tenemos ante nosotros es lo más parecido a los desiertos de Australia que he visto del libro de fotos que tenemos en el maletero. Acabamos de aprovisionarnos de agua, lo más importante. La comida es muy escasa. Tenemos también los depósitos llenos y hoy estamos todos algo más contentos que de costumbre. Parece que nuestra vida de nómadas desde que hace dos años empezara esto también tiene momentos felices. Al mediodía me toca conducir a mí y dejar que Alba duerma un poco. No queda mucho para entonces. Después es seguir a Damián en el otro coche hasta que el sol se oculte. Debería de estar descansando yo también, pero la verdad es que no tengo sueño. Dormiré por la noche, que es cuando seguro todos caemos rendidos.

sábado, 4 de mayo de 2013

NO SE ADMITEN PROPINAS


Lolo, alias “El brava” por sus amigos, alias “Semental” por autodenominación, paró en un Club en una carretera de tercera categoría. Su camión suspiró profundamente antes de detenerse y dejó escapar un bufido gaseoso. Aquella noche le apetecía arrimar cebolleta con alguna señorita de dudosa reputación, y aquel local con luces de neón en medio de ninguna parte era el lugar idóneo para establecer una relación de intercambio.

Cogió su raída y manchada cazadora y apeó sus casi ciento treinta kilos a tierra firme. Después de una ruta de casi cinco horas sin descanso (si la poli le paraba los pies y comprobaba los discos, se le podía caer el pelo), le apetecía dos cosas: Una jarra de cerveza y unas hermosas tetitas. En el aparcamiento solamente había una furgoneta blanca grande algo deslustrada. Seguramente sería del dueño del establecimiento. Por lo demás, parecía que iba a tener el local a su disposición. Escupió en el suelo y se ajustó como pudo la cazadora para entrar, adoptando al andar una pose que solo los de su calaña poseen.

Cuando abrió la puerta, una luz tenue de color azul y verde de baja intensidad le envolvió; nada de esa mierda roja que colocan en los locales de alterne de las carreteras con humo. La barra, situada enfrente de la puerta de la entrada, estaba en su parte izquierda ocupada por dos o tres mujeres fumando que hablaban entre ellas a un volumen más bien bajo. La música sonaba de una mini-cadena que había conocido mejores tiempo… así como la música que radiaba.

sábado, 27 de abril de 2013

CONVERSACIÓN CON LA MUERTE


Claudio llegó en coche al descampado. Era en ese punto donde iba a deshacerse del cuerpo. Estaba nervioso, por supuesto. La primera vez, sobre todo si no tienes intención de apretar el gatillo sino de asustar, da un poco de respeto. El afortunado que le había tocado el premio gordo era el profesor de baile de su mujer.

Hacía al menos un mes que lo sabía o, al menos, lo intuía. Hasta que finalmente, tras comprobar que su mujer se ocultaba tras la puerta del baño para hablar con el con el whatsapp, aquellas salidas esporádicas que hacía de diez minutos y algunas tardes que desaparecía por completo diciendo que iba con algunas amigas, hicieron que dejara de cruzarse de brazos.

Cuando vio furtivamente qué clase de conversaciones llevaba con su profesor de baile en el móvil, cuando descubrió que las salidas esporádicas eran para llamar desde una cabina para que no hubiera registros en su propio teléfono y cuando fue consciente de que aquellas tardes eran para retozar como animales en celo, decidió hacer algo al respecto.

jueves, 28 de marzo de 2013

REGALOS


El hombre de aspecto e indumentaria precaria se acercó al mostrador. Parecía perdido o indeciso; tal vez las dos cosas. Esperó paciente a que un dependiente se aproximara hacia donde él estaba situado.

- ¿Puedo ayudarle en algo, caballero?- preguntó solícito el joven empleado.

- Si; es decir… estoy buscando un regalo. Algo para mi sobrina.- titubeó aquel hombre.

- Entiendo. ¿Podría decirme la edad de su sobrina, para encontrar algo acorde?

- Dieciséis años recién cumplidos, señor.- contestó.

El dependiente le preguntó de nuevo si prefería algo para el ocio o si quería algo más funcional. El hombre dijo que no estaba seguro. Finalmente, tras unos diez minutos de incertidumbre, aquel cliente encontró lo que buscaba. Pagó al contado y se marchó con un paquete bajo el brazo.  Sin más, abandonó los grandes almacenes. El empleado le observó perderse entre la gente.
  
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lunes, 4 de febrero de 2013

LA REDENCIÓN DE McALLEN


McAllen se ha pasado desde los once años, edad en la que cometió su primer atraco a mano armada, huyendo de la bofia. La protección que le suministró la familia O’Leary fue más que suficiente para que dejaran de pisarle los talones y disfrutar de un más que confortable status dentro del mundo mafioso en el que empezó a moverse. Por supuesto, era un joven bastante obediente, leal y muy servicial. Nunca tuvo una mala palabra o una acción que indicase que él, en el momento de “las operaciones”, tal como las llamaba el Don, era el que estaba al mando. Al contrario, permitía que otros decidieran que era lo que había que hacer; eso sí, siempre bajo mando de Mr. Ryan O’Leary, el patriarca de la familia.

Durante cerca de treinta y cinco años había servido a O’Leary, en conclusión, con grandísima diligencia. Pero, sin embargo, ahora tiene otras preocupaciones. Y es que, aparte de huir de la policía en sus años mozos, se ha visto de nuevo envuelto en una huida más extraña aún si cabe: sus propias víctimas le persiguen de manera implacable. Da lo mismo si está comiendo en un restaurante, si sale a dar un paseo en coche o a punto de irse a dormir. Los espíritus de sus víctimas, cruelmente asesinadas, siempre están allí… y no parecen tener intención de cejar en su empeño de hacer de su vida un infierno.

McAllen sin embargo no se arrepiente en absoluto de lo que hizo, ya que todo fue ordenado por el Don, y es solo ante él cuando rinde cuentas. Así pues, comenzó a volverse taciturno, solitario y, en ocasiones, hasta paranoico. Empezó a ir más asiduamente a la iglesia de lo que ya acudía, pero todo era en vano. Por supuesto, no se atrevía a hablar de esto con nadie, ni siquiera con los más allegados, pues le tacharían de loco a la primera de cambio.

jueves, 31 de enero de 2013

LAS MÁSCARAS DE ATTIS


Adrastos entró sigilosamente al teatro sin que nadie consiguiera verle. Hacía dos semanas que había llegado el carromato del viejo Attis a Delfos para representar obras durante las fiestas Dionisíacas. Al menos una docena de actores habían llegado con Attis y el coral de unas cincuenta personas se preparaba para la representación, entre los que se encontraba un amigo de Adrastos, Eudor.

Eudor le dijo en su momento, cuando las noticias habían corrido por la ciudad como una epidemia al saber que Attis se detendría allá, que el carromato del susodicho estaba repleto de máscaras, vestuario y objetos de diverso material. Adrastos, que tenía una fecunda imaginación, se imaginaba aquello con todo lujo de detalles. Nunca vio una obra de teatro de semejantes características y ansiaba acudir al teatro y observar a cada uno de los actores.

Pero lo que más codiciaba por encima de todo, era el poseer una de aquellas máscaras del carromato de Attis, pues quería mostrarle a Efterpi, la muchacha por la que suspiraba, de lo que era capaz de hacer por ella. Al enterarse de que Attis llegaría a Delfos, le pidió poder contemplar sus obras. Pero Adrastos tenía mejores planes; en vez de ir a contemplar las máscaras, le llevaría una. Así pues, acudió al teatro para hacerse con aquello que codiciaba.

jueves, 20 de diciembre de 2012

UN NUEVO DIA


 Dedicado a Paula. Feliz cumpleaños.

Se despertó cuando el cielo empezó a clarear. Las estrellas todavía brillaban en el firmamento, aunque de manera más tenue. Eran las seis de la mañana. Salió lentamente de su saco de dormir y se desperezó de pie. A su lado Valentina, su novia, dormía plácidamente. Despacio, sin hacer apenas ruido, sacó su cuerpo del calor del saco y se embutió con un abrigo de plumas; tiró de la cremallera de la tienda de campaña donde habían pasado la noche y salió al bosque.

Habían acampado en un monte alejado incluso de caminos convencionales, a unos veinte kilómetros de radio de una zona poblada. Habían decidido pasar cinco días de ensueño ellos solos, amantes de la naturaleza, haciendo senderismo y pernoctando en claros alejados del peligro de los animales del bosque. Su último asentamiento había sido aquel promontorio, desde donde se podían ver en el horizonte picos más escarpados y la salida del sol tras aquella magnífica noche; habían sido primaverales aquellas últimas horas nocturnas, cosa curiosa; estando a una altitud aproximada de mil metros y en pleno mes de diciembre, parecía del todo asombroso que se llegaran a esas temperaturas.

Braulio respiró aquel aire puro y, con una sonrisa en su rostro, esperando ver el primer rayo de sol, fue de nuevo al interior de la tienda y, haciendo aún menos ruido que antes, sacó su mochila y, de ella, extrajo un camping gas, una cafetera y el termo con agua. Iba a preparar café para dos; esperaría a que este burbujeara y, antes de que el primer rayo de sol se descubriera por los picos del horizonte, despertaría a Valentina para ser espectadores privilegiados. Tal vez incluso después de aquella maravilla hicieran el amor, como ayer por la noche. Valentina siempre decía que un polvo matutino le daba energías extras y, obviamente, siempre que podían, se ponían manos a la obra.

sábado, 1 de diciembre de 2012

INSIDIOSO


Iba a hacerlo esa misma noche. Bob Germain entraría a robar en la casa de los nuevos vecinos. No hacía ni dos meses que se habían mudado, así que seguramente ya habrían ubicado todos los muebles y enseres personales en su lugar correspondiente dentro de aquella maravillosa vivienda.

Hacía mucho tiempo que el viejo hogar de la anciana Tabitha Axanthi (vaya apellido para aquella mala bruja) se erguía decrépito entre las nuevas casas que iban apareciendo casi como setas en el nuevo plan de urbanización. En líneas generales, había quedado un barrio monísimo, con sus casas de pintorescos tonos pastel, sus agradables vecinos y sus aceras pavimentadas de una baldosa gris tan pulida, que casi brillaba a la luz del sol. Pero aquella casa, la antigua residencia de la señora Axanthi, ni tocarla.

Nadie había osado, ni por todo el oro del mundo, derribarla; mucho menos de habitar en ella. Hay incluso una historia (que Bob creía que era una leyenda negra que pasaría a engrosar la ya mala reputación de la casa) de un chico que, para entrar en una pandilla, fue desafiado a pasar una hora en la casa. Y eso hizo en pleno día. El joven entró pero no salió nunca más. Los otros chicos se impacientaron y entraron, convencidos de que había huido por la parte trasera de la casa o permanecía en ella para darles un buen susto. Sin embargo, lo que encontraron fue bien distinto: El muchacho estaba colgado de una viga en el centro del salón con el pelo completamente blanco y los ojos casi salidos de sus órbitas.

Pasó algún tiempo desde aquel incidente (pura leyenda, seguía mascullando Bob) y la casa seguía sin venderse, derribarse o cualquier otra acción que fuera eliminarla del mapa. Hasta que finalmente, un buen día se colgó el cartel de VENDIDA en el terreno estéril que pretendía ser el jardín de aquel inmueble.

Los nuevos vecinos eran una pareja de extranjeros, de muy buen porte y excelentes modales. Hablaban sorprendentemente bien el inglés para ser foráneos y se les notaba muy solícitos con los vecinos cercanos a su recién adquirida casa y bastante comunicativos. Hacía ya un año que habían comprado la casa pero, en cuanto tenían un momento, siempre iban a supervisar las tareas de reconstrucción y remodelación, tanto del exterior como del interior. Durante aquel tiempo, sin embargo, no hubo ningún incidente digno de mencionarse. Nada de nada.

Y la casa acabó de remodelarse en un tiempo razonablemente rápido. Tras aquello empezó la mudanza de aquellos agradables forasteros, trayendo los muebles y enseres para la casa. Y allá vivían desde hacía dos meses. Bob empezó a mostrar interés por aquella casa nada más verla por fuera. Efectivamente, habían hecho un gran trabajo para restaurarla, y se figuraba que alguien que tiene medios para restaurar una casa y amueblarla posteriormente, tiene por fuerza que ser algo más que un simple asalariado. Cuanto más pensaba en ello, más fuerte era el impulso de entrar en la vivienda.

Bob siempre había sido un ladrón metódico, alguien que trabajaba solo y que se llevaba lo necesario de una casa y nada más. Tenía buen ojo para aquello que robaba y después lo vendía a un precio asequible en el mercado negro. Así todos salían ganando. Y él el que más.

Esas dos últimas semanas se las pasó encerrado en su casa planeando un asalto a sus nuevos vecinos en toda regla. Había seguido sus movimientos de manera metódica, casi se diría que obsesiva; pero para que un trabajo salga bien, hay que cuidar todos los detalles hasta las últimas consecuencias. Sabía cuando entraban, cuando salían y los más importante: Cuando se ausentaban durante un largo periodo. Había calculado un par de horas todos los días en las cuales la mansión quedaba a su entera disposición para entrar y sustraer lo que quisiera. Hasta se podría tomar más tiempo del debido.

Y allá estaba: Esperando con su furgoneta tres viviendas más abajo de la de la antigua casa Axanthi, muy calmo, a que salieran los nuevos propietarios. Miró su reloj. Las siete y veinte. Faltaban al menos cinco minutos para que la puerta se abriera y se fueran a donde Dios sabía dónde, durante dos preciosas horas que pensaba aprovechar al máximo.

Los dos hicieron acto de presencia en el porche siete minutos después; él cerraba la puerta (¿sin llave?) mientras ella aguardaba en los escalones con los brazos cruzados mirando hacia delante. Por si acaso, Bob se encogió en el asiento aliándose con las sombras de la temprana noche. El matrimonio bajó los escalones de la entrada al porche, cruzaron el jardín, que empezaba a florecer, y anduvieron calle arriba, separados por apenas un palmo. Caminaban como si fueran amigos, más que una pareja.

Pero Bob no estaba allá para hacer esas observaciones. Había cosas más importantes. Dio al contacto de la furgoneta y se acercó lentamente a la casa. Aparcó lo más cerca que pudo y salió de su vehículo armado tan solo con un saco y una palanca; se palpó la cadera derecha y tocó las ganzúas que llevaba en su cinturón. Muy bien; todo en orden. Se aproximó a la casa con calma pero apresurado. Quería realmente comprobar que aquellos dos no habían cerrado con llaves. Si así fuera, se ahorraría el trabajo de las ganzúas, acaso de usar la palanca también.

Tocó el pomo de la puerta y giró. Cedió sin ningún tipo de problema. Abrió despacio, mirando por la rendija de menos de diez centímetros para intentar vislumbrar algún tipo de alarma desde dentro, pues afuera no vio nada. Tras un corto espacio de tiempo, abrió del todo, entró y cerró la puerta. Metió la mano en el saco y sacó una linterna de potente foco . La encendió y dirigió un haz por toda la estancia. El recibidor se abría directamente al salón. Había dos puertas en la pared de enfrente, una a cada lado. Una permanecía abierta, pero la otra estaba cerrada. Respiró hondo y caminó hacia el centro del salón.

“¿Qué clase de familia viene a un barrio de gente bien y no pone alarmas a su casa? Se nota que no son de aquí”, pensaba Bob con media sonrisa dibujada en su cara. “Veamos que maravillas guardan en su hermosa casita.”

Cruzó el salón sin ver nada importante que llevarse a su saca. Enfocó la linterna hacia la puerta abierta y observó que llevaba a la cocina; si había una habitación en una casa inútil hasta decir basta para robar, esa era la cocina… a no ser que tuvieras hambre, obviamente.

Pasó entonces a la otra puerta; observó entonces que no estaba cerrada, sino entornada. La abrió y observó: Era un pasillo. En la pared de la izquierda había dos puertas. En la de la derecha, al finalizar el pasillo, había una. Tal vez una de esas puertas llevaba al cuarto de la parejita. Fue a averiguarlo.

La primera puerta a la izquierda era un cuarto de pequeño tamaño que guardaba objetos tapados con sabanas. Entró en la estancia y levantó algunas lonas. Eran más muebles, algunos enteros y otros que solo eran tablas y cajones sueltos, probablemente armarios sin montar. Salió de aquel cuarto y miró en la segunda puerta. Era un baño común… o no tan común. Un vistazo más detenido hizo que Bob se percatara de que la bañera tenía en la mayor parte de su superficie unas manchas de un óxido tan viejo como las edades del hombre. No había un WC y el lavabo pendía de tres pernos que habían conocido tiempos mejores. Además, el suelo presentaba grietas y daños importantes.

“¿Y llevan sin baño dos meses? Joder… quizás salgan afuera para abonar el jardín.” Pensó mientras sonreía.

Por lo tanto, por eliminación, solo le restaba la habitación de la pared de la derecha. Se encaminó hacia ella e intentó abrir la puerta. Cerrada. El colmo del absurdo. Cierran esta con llave y la de la entrada no. Si han puesto empeño en cerrar aquella puerta, tal vez ahí dentro hay algo de suma importancia. Mientras su rostro exhibía una mueca que quería ser de satisfacción, echó mano a las ganzúas y se agachó para abrir la puerta. Era de cerradura sencilla, algo grande, que permitía ver dentro de la habitación. Eligió la ganzúa que mejor le iba para aquel trabajo y miró por el ojo de la cerradura. Et voilà. Esa era la habitación. Podía ver la cama en la pared que daba a su izquierda y un armario a la derecha. En la pared de enfrente vio asimismo un mueble que presumiblemente se parecía a una caja fuerte.

Mientras atisbaba por la abertura, una sombra pasó justo enfrente de él en la habitación. Bob se estremeció y se cayó hacia atrás. Las ganzúas se le cayeron de la mano. Mierda, se había dado un buen susto. Había creído ver a alguien paseando de un lado a otro en la habitación. Miró al suelo para coger de nuevo las ganzúas y ponerse manos a la obra, amonestándose por haber sido tan estúpido. Tal vez había sido un juego de luces y sombras de la luz que entraba por la ventana. (¿Por qué ventana?). Introdujo el alambre y empezó a moverlo dentro de la cerradura. Finalmente, la puerta de abrió.

Ante él vio la habitación completa. La cama a la izquierda, el armario a la derecha y aquella especie de mueble que parecía una caja fuerte, enfrente de él. La ventana estaba encima de la cama, y unas cortinas opacas se desparramaban a los lados de la ventana, cayendo justo por ambos lados de la cabecera de la cama. Eso había visto, seguramente. Sacudió la cabeza y fue hacia su presunta caja fuerte.

Enfocó con la linterna hacia el mueble y vio que no era exactamente un mueble. Era una caja. Pero una caja de madera, como de transporte de mercancías. Frunció el ceño y se agachó para examinarla mejor. Estaba cerrada a cal y canto por la parte superior con clavos largos. Suspiró y echó mano esta vez de la palanca.

Uno a uno, no sin trabajo, fue sacando los clavos de su sitio y empezó a ver el interior de la caja. Tras retirar la tapa cuidadosamente, encontró una especie de paño que envolvía algo cuadrangular; por el tamaño parecía un libro. Retiró el libro y bajo él descubrió una caja con motivos en relieve. Por el brillo de la madera parecía una caja de ébano. Pero lo primero era lo primero. Quería ver qué clase de secreto ocultaba el paño.

Retiró la tela y entonces observó un libro cuya cubierta estaba cuarteada, como cuero viejo. Abrió el libro pero la visión de aquellos caracteres y dibujos era demasiado para su comprensión. Con un horror creciente, retiró el libro de sí mismo violentamente. Enfocó entonces la caja, notando como su mano temblaba ligeramente y le pareció, luego de un rato observando, que los relieves parecían cobrar vida. De hecho, se movían como si de una película se tratara. Y oyó sonidos que parecían provenir primero de aquellos seres que aparentemente pugnaban por salir de su forma de relieve y después en toda la habitación, como si estuvieran alrededor. Bob dejó caer la linterna al suelo y se llevó las manos a los oídos. 

Pero los seguía oyendo como si estuvieran dentro de su cabeza. Y fue entonces cuando la tapa de la caja interior se levantó y él retrocedió espantado. Tropezó con la pata de la cama y cayó al suelo; pero sus ojos no dejaban de observar la caja. Tras unos segundos, en los que las voces callaron y solo se oía una respiración como de cien almas en pena, una mano cubierta tan solo de piel ajada salió de la caja y se aferró al borde.

Bob no quiso seguir mirando más. Se acabó. Había perdido por completo el interés de lo que pudiese haber de valor en aquella casa. Rápidamente se puso en pie y salió al pasillo. Y entonces vio que el pasillo había crecido de longitud. Ya no tenía la puerta que daba al salón a unos pasos de él. Parecía extenderse cada vez más, alejarse de su alcance, como si no quisiera que nadie le cruzara. Pero el instinto de supervivencia de Bob era más fuerte que todo aquello. No se amilanó y corrió, con un grito casi pugnando por salir de su abotargada garganta. Y entonces el pasillo, a mitad de recorrido se tornó gomoso, y cada paso le parecía un mundo. Notaba, para su espanto, que las paredes se combaban como formando un arco deforme que solo un arquitecto lunático se atrevería a diseñar. Con el corazón en un puño, al borde del desmayo, intentó correr de cualquier manera, sin apartar ya la mirada de la puerta que se alejaba desafiante.

Pero la alcanzó; y la cruzó. Apareció en el salón, pero no quiso detenerse a mirar atrás. Corrió hacia la puerta de la entrada mientras notaba que una sombra inmensa crecía detrás de él. Y junto a esa sombra parecían seguirle notas disonantes de un piano… aunque tal vez fuera su imaginación. Atravesó como una centella la puerta de la entrada y llegó al jardín. Y miró hacia atrás, esta vez sí.

La casa estaba como  había entrado, orgullosa y restaurada. Miró con extrañeza a las puertas, intentando ver algo anómalo, mas no observó nada digno de mención. Suspiró entrecortadamente y retrocedió hacia su camioneta, aparcada justo en esa acera.

Pero algo pasó mientras caminaba hacia ella. La noche se hacía más oscura, y la calle, junto a su furgoneta, empezaban a perder definición, como si se derritieran y desparecieran hacia adentro. Y la furgoneta, mientras se desdoblaba y perdía su forma primigenia, se transformó en algo completamente distinto. El jardín, a su vez, parecía crecer a su lado y se elevaba hasta una altura tres veces la suya. Y entonces comprendió dónde estaba. Seguía en aquel pasillo, y la furgoneta se transformó en aquella puerta y el verde jardín era las palpitantes paredes. Y se dio cuenta de que las paredes se hacían cada vez más estrechas, combándose hacia dentro. Y volvió a correr de nuevo desesperado hacia la puerta, gritando tan fuerte que en algún momento perdió para siempre la capacidad de hablar. Solo cuando las paredes se estrechaban tanto que aprisionaron su cuerpo impidiéndole el avance y la respiración, fue cuando cayó en la cuenta de por qué no tenían alarma, ni cerraban con llave, y la casa permanecía abierta: La casa era su propio guardián.

Y Bob Germain, en cuestión de segundos, se transformó en una masa sanguinolenta pared contra pared. Aún se preguntaba si despertaría de aquella pesadilla cuando ocurrió.

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La pareja regresó a la casa después de su paseo nocturno. Encontraron la puerta de la entrada abierta, pero pareció no causarles sorpresa. Cuando cruzaron el salón y llegaron al pasillo, observaron aquella pulpa que había sido Bob Germain. Sin mediar palabra y, pasando por encima de el charco sanguinolento, entraron en el cuarto y sacaron la caja de ébano como si no pesara más que una de cerillas y la situaron justo encima de la sangre. Juntos miraron como el denso líquido rojo era absorbido por la caja. Un sonido monstruoso pareció retumbar por toda la casa y hasta la última astilla de madera pareció satisfecha por el sacrificio.

Volvieron a llevar aquella especie de féretro a su sitio y salieron al salón. Sonreían satisfechos. En poco tiempo, el retorno de la bruja Axanthi sería ya una realidad. Se prepararon para el ritual que les llevaría toda la noche para asegurar el portal de venida de Axanthi y preparar de nuevo la casa para el desafortunado que la cruzara, para mayor gloria de la Magna Malefica.

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Clarissa Hetheridge, la vecina encargada del comité de vecinos, paseaba con su impoluto vestido fresco de verano. Iba a hacer una vista a los nuevos vecinos que, aunque llevaban afincados casi dos meses, no había tenido tiempo de darles la bienvenida por los numeroso compromisos como presidenta del comité. Pero de aquel día no pasaba. Llevaba con ella un maravilloso pastel de arándanos que la amable Dorothy, madre de Bonnie, amiga de Clarissa desde el colegio, se había molestado en preparar como regalo.

Era una mujer solterona, de cuarenta y muchos años y le encantaba dar acto de presencia en nombre de aquella comunidad. Estaba segura de que aquel pastel y su cordial invitación a participar en las actividades de la vecindad darían una imagen positiva a aquellos dos simpáticos extranjeros. Sin embargo, al llegar a casa, llamó al timbre de la puerta, mas nadie contestó. Llamó entonces suavemente con los nudillos esperando respuesta y, tras recibir la misma silenciosa respuesta, asió el pomo de la puerta y lo giró suavemente. La cerradura cedió y la puerta se abrió. Intrigada a la vez que curiosa, penetró en la casa mientras saludaba a nadie en particular. Luego cerró la puerta tras de sí.

La casa se la tragó.

miércoles, 28 de noviembre de 2012

RESET


Luis abrió la carta que encontró en su buzón oxidado, tras haberse percatado de que le escribía nada menos que su padre, que llevaba muerto aproximadamente veinticinco años. Murió cuando él tenía siete primaveras y, desde entonces, su vida había sido un continuo viaje en picado.

Subió las escaleras con paso fatigado, con los pesares de cien noches de insomnio, mientras atisbaba brevemente el contenido de la carta. Había algo más, aparte de una hoja donde una letra apretada esperaba ser leída. Casi podría decirse que era increíble que su padre, desde la tumba, le hablara ahora, con la “estupenda” vida que llevaba.

Desde los diez años había estado en la calle, día si, día también; en el 2023 o eras un triunfador con todas las de la ley, o ya estabas destinado a ser un despojo. Ahora, con treinta y dos años, era el rey de los parias; un deshecho cuya única preocupación era el mercado de nuevas drogas, de órganos, esclavismo sexual y “amigos” que cada dos por tres asaltaban su maltrecha casa en busca de un espacio de diversión.

Él había probado todo lo que vendía, por supuesto, pero en su interior anhelaba la vida que, probablemente, de no haberse abandonado, sería más soportable. Al entrar en su vivienda, cerró la puerta y se apoyó en ella de espaldas mientras se escurría en el sucio linóleo hasta quedarse sentado. Sacó la hoja del sobre y empezó a leer la carta de su difunto padre.

“Hola Luis. Quizás te estés preguntando cómo es posible que una carta de tu padre, al que apenas recordarás, haya llegado a tus manos. Es algo que yo mismo decidí cuando me enteré que no había más salida de mi enfermedad que la muerte; ahora estoy escribiendo esto mientras oigo en mi mente el mecanismo de un reloj que se detendrá uno de estos días.
Pero, mientras me quede lucidez y energías, tengo que escribirte, y hacerlo de la forma que sé. No podré ejercer mis obligaciones como padre, no te veré crecer, ni veré como intentas abrirte camino en esta vida tan difícil y tan llena, a veces, de sinsentidos que te ahogarán en la más absoluta de las desesperaciones. No veré como posiblemente tengas a tu lado una mujer como la que yo tuve, ni veré a los posibles hijos que tengas con esa mujer que ames.
No voy a hablarte de eso: Voy a hablarte de la posibilidad que tienes de cambiar de vida si no estás de acuerdo con la que tienes, porque intuyo que no será difícil vivir después de que yo muera. Te quedarás solo, ya que tu madre, como bien sabes, murió al alumbrarte. Y, aunque tengo confianza en que te sobrepondrás a ello, no me cabe duda de que el mundo acabará por corromperte.”

Luis parpadeó sorprendido. Parecía increíble como su padre había acertado de pleno. Siguió leyendo.

“Por eso, porque posiblemente sucumbas al horror de una vida fácil y vacua, te hago un regalo que encontrarás también en este sobre. Me costó mucho encontrarlo, pero te sugiero que si no estás contento con lo que te ha tocado vivir, lo uses. Podría haberte dado la carta antes de que todo pasara, pero he preferido esperar a que fueras algo más adulto para que te llegase.
Calculé que alrededor de treinta años estaría bien; así pues, te regalo quizás lo que más ansías en estos momentos.”

Luis examinó el sobre y vio que había algo ovalado y pequeño dentro. Estaba envuelto cuidadosamente en una especie de celofán. Lo desenvolvió y lo miró. Era una píldora. Con gesto interrogante, leyó las últimas líneas de la carta.

“Se trata de una píldora llamada RESET, en el argot de la calle. Está prohibida desde hace mucho, pero mediante un enfermero que me trata, la he conseguido a un precio razonable. Te ayudará a comenzar de nuevo, no sé de qué manera, pero algo tiene que tener para haberla prohibido a nivel mundial. Así pues, hijo, en tus manos está en seguir con tu vida, si es fructífera y plena, o cambiarla para siempre y empezar de cero. Este es mi deseo para ti, hijo mío. Esté donde esté, no te olvides que te quiero. Hasta siempre.
Un beso, papá.”

Luis acabó la carta y volvió a observar de nuevo la pastilla. Tras un momento que se le antojó eterno, por fin decidió.

Y, tras decidir, cerró los ojos.

martes, 27 de noviembre de 2012

EN EL ARMARIO


Escuché un ruido y me escondí en el armario; era el único mueble que había por allí, así que fui corriendo adentro antes de que supieran que estaba aquí. A César y su pandilla no les caía demasiado bien; además, no era la primera vez que se metían conmigo, y ya estaba harto. No me iba a enfrentar a ellos, porque sería yo solo contra cuatro, pero quería ser invisible el mayor tiempo posible.

Debieron de verme entrando en esta casa, o simplemente era su cuartel general… no lo sé. Pero el caso es que ellos entraron  también cinco minutos después de mi. Y, sabiendo que estaría en peligro si me pillaban, mejor haría escondiéndome en el armario. Lo abrí sin pensar si habría algo o no, y me metí lo mas sigilosamente que pude. Era un mueble inmenso, de esos antiguos con tres puertas en el que cabe un adulto entero. Tenía un espejo en una puerta que estaba descascarillado y roto por algunos sitios; no había ninguna ropa ni nada de eso, y las estanterías del interior habían desaparecido. Allá fui mientras oía a los intrusos abajo riéndose y golpeando algo con las botas.

Aguanté la respiración y me forcé a relajarme, pues si me ponía nervioso, era posible que me escucharan por los jadeos. Así que me situé lo más atrás que pude. Una pequeña rendija de luz me permitía ver el exterior, que trataba de una porción de la puerta de entrada a aquella habitación y el pasillo, por donde llegaban las voces de los salvajes que siempre me pegaban en el colegio.


Al mirar hacia la izquierda, dentro del armario, atisbé algo. Casi me meé del susto, pues una forma como de hombre también estaba allá escondida. Pero… no parecía un hombre; era algo… algo como una persona pero parecía que se había quemado la piel y a la vez estaba recubierto como de una sustancia viscosa por todo el cuerpo. Su color era, por la poca luz que entraba en el armario, como grisáceo y azulado, con algunas motas verdes. Estaba con los brazos cruzados y agachado; sus dedos acababan en unas uñas melladas y sus ojos… sus ojos redondos de un color ambarino me miraban directamente a mi, como sorprendido de que estuviera allá. En menos de un segundo me percaté de que aquella cosa estaba viva y, al ir a gritar, se adelantó como un rayo y me tapó la boca. Olía como a limo y cosas muertas del mar… o de la tierra; acercó su cara a la mía y, aunque pareciera increíble, me chistó. Pude ver dos hileras de dientes afilados como un cuchillo mientras se llevaba un dedo a sus labios tumefactos.

- No temasssssss.- dijo con un siseo en voz baja.- No voy a hacerte daño.- Solo que sonó como dañooooooohhh.

La forma de hablar era chistosa, por cómo alargaba las silabas finales, pero en esos momentos no tenía muchas ganas de reír. Su mano en mi boca me estaban dando náuseas por el  olor de aquel ser en su conjunto y me encontré pensando en cómo no había detectado ese asqueroso  hedor justo al meterme en el armario. Aquella “persona” me retiró la mano de mi boca despacio, alerta por si daba el menor síntoma de gritar de nuevo. Pero no grité.
El nerviosismo y el terror dio paso en mí a una especie de tranquilidad como solo los niños ante cosas extremas parecen poseer.

- Y tú, ¿quién eres?- le pregunté como si estuviéramos en el patio del recreo en vez de un armario en una casa abandonada.- ¿Por qué estás escondido aquí?

Al principio no contestó; solo se limitó a pasar una lengua, que parecía de víbora, por los labios. Era como si se estuviera relamiendo ante lo que tenía a la vista. Después se abrazó las rodillas y me respondió con aquella peculiar entonación.

- Tengo muchos nombres en realidad.- Realidaaaaaaaaad dijo.- Pero aquí se me conocía por el nombre de El Coco.

Me quedé como si me hubiera dicho que se llamaba Alberto Castaños Ruiz. Ese nombre no significaba nada para mi. Luego recordé una película que había visto cuando era más pequeño que se llamaba Monstruos SA, y entonces establecí una relación.

- ¿Quieres decir que eres como el monstruo del armario?- pregunté muy bajito.

El asintió ansiosamente abriendo mucho los ojos y sonriendo mostrando aquellos dientes. Yo, a su vez (no sé ni por qué lo hice), también le devolví la sonrisa. Le extendí la mano, como me enseñaron que se saluda a alguien más mayor que tú con respeto.

- Yo soy Jesús Palomas. Encantado de conocerte.- dije.

Aquella cosa se mostró extrañada de aquel gesto; tal vez no había saludado a nadie en su vida… Aún así, imitó mis movimientos y me estrechó la mano. En aquel momento olvidé lo repulsivo que era y hasta me pareció buen tipo. Le sonreí mientras agitábamos las manos.

- ¿Qué… qué haces aquí escondidoooooooo?- susurró el Coco.

- Unos chicos… la tienen tomada conmigo.

- ¿Son esssssos que hacennnn ruido abajooooooh?- preguntó de nuevo el Coco.

- Sí; son mala gente, ¿sabes? No solo se meten conmigo; el otro día, a una compañera de clase la tiraron al suelo y le robaron lo que tenía en la mochila. Los libros no, claro. Pero su madre le había dado dinero para que después de salir se comprara la merienda y se lo quitaron. Y luego a otro, que se llama Pablo, le jodieron las gafas… perdón; quise decir le rompieron las gafas. El pobre chico fue a sus padres diciendo que se había caído en el recreo.

- ¿Y queeeeeee hay de tiiiiii?

- Bueno… yo no voy mucho con los chicos del colegio, porque soy nuevo aquí en el barrio. Y además, me cuesta mucho hacer amigos. Y claro, al ser el nuevo… pues me echaron el ojo y no me dejan en paz.

- Y, ¿pooooor queeeeeeee no te defiendessssssssss?- aquello parecía un interrogatorio en toda regla; mientras iba preguntando, El Coco no se movía de su sitio ni abandonaba su postura. Todo lo que recibió por respuesta fue mis hombros encogidos.- Nooooo está bieeeeeen que algunosssssss chicosssssssss vayan porrrrrrrr ahí haciendo dañoooooo a otrrrros que se comporrrrrrtan biennnnnn.

- Pues estos son así. Les gusta dar palizas a los raros del colegio o a los que van solos como yo…

Mientras hablábamos, abajo aún había movimiento y risas de los cuatro. Luego oí mi nombre. Lo decía César, el autoerigido líder del grupo, un chico gordo y grande cuyos ojos brillaban con odio día sí, día también. Le oí al pie de la escalera, pues la casa tenía dos plantas. Podía imaginarme a sus amigos allá abajo detrás de él, con sonrisitas maliciosas y mirándose con colegueo.

- Jesús Palominooooo.- odiaba que me cambiara el apellido.- ¿Dónde está el guapito de claseeeee? Sabemos que estás arriba… A no ser que te hayas tirado por una ventana y te hayas ido a casita a llorarle a la puta de tu mamá.

A punto estuve de salir y jugarme el tipo para darle un puñetazo en esa boca sucia que tenía, pero me contuve, porque tenía las de perder. Entonces, como había dicho eso de mi madre, empecé a llorar desconsolado. Al gemir un poco, la pandilla de César me oyó. Sabían que estaba allí, por supuesto.

- Vamos a subir, marica de mierda.- gritó César.- Prepárate a recibir por haber invadido NUESTRO territorio.

Yo estaba asustado, hasta me había olvidado de mi nuevo amigo en el armario. Y quise salir de allá corriendo, pero el brazo del Coco me detuvo y, mirando con ojos chispeantes y ansiosos por la ranura del armario hacia la puerta de la entrada, me dijo algo en un susurro que me heló la sangre.

- Noooooo te muevas. Deja que subannnnnnn.

Subieron al segundo piso y entraron al cuarto; lo primero que sus ojos vieron fue el armario; y, sonriendo, dieron por sentado que estaba allá. El primero que se acercó fue César, por supuesto, mientras canturreaba que me iba a abrir la cabeza o yo que sé. Y, cuando estaban los cuatro a dos escasos metros del armario, el Coco salió como una exhalación y se enfrentó a ellos con un grito escalofriante. A su vez, César y su grupito gritaron de puro terror, pero parecían clavados en el suelo, pues ninguno salió en estampida del cuarto. Y yo, tuve suerte de que no pude ver nada pues, tan pronto como el Coco salió del armario, las puertas se cerraron completamente, dejándome en la más absoluta oscuridad.

Fueron los dos minutos más horribles de mi vida, pues fuera oía una especie de ruido de succión y de masticación y un gorgoteo que parecía venir de alguno de los chicos, así como de gritos que se iban apagando y que se volvían gemidos para luego acallarse por completo. Tras aquel par de minutos, el Coco abrió la puerta del armario y me invitó a salir, pues quería descansar.

Yo salí con mucho miedo, pero allá en el cuarto no había ni rastro de César ni de sus tres compinches. El Coco se metió acurrucado en aquel mueble y me miró con ojos satisfechos.

- Ahora no crrrrrrreo que hagannnnnnnn dañooooooo a nadie masssssss.- concluyó.- Veteeeee; necessssssssito desssssssscansar.

Cerré el armario con él dentro y me fui andando mientras sentía mis piernas como flanes. Al salir de la casa, era consciente de que ninguno tendríamos que soportar más las palizas y humillaciones de César y su pandilla.

Mientras este pensamiento me rondaba la cabeza, una sonrisa se dibujo en mi cara, y emprendí el camino de regreso a casa silbando una melodía que escuché en la radio esta mañana.

jueves, 22 de noviembre de 2012

OTRO MUNDO


Empecé a darme cuenta de que todo aquello era real cuando vi el coche salir disparado hacia aquel barranco. Aunque iba rápido y sin demora en aquella planicie, pude atisbar hasta cuatro ocupantes dentro, bien agarrados, como si se tratara de un largo viaje, a sus asideros. Yo estaba en la parte más alta de aquel sitio en forma de embudo, a unos veinte metros de la base, donde ellos se encontraban; salieron de la nada y se precipitaron a la nada, lo que en términos equivaldría a unos cien metros de caída libre. Tras la estela polvorienta que dejaron, una joven menuda de unos veintitantos años fue medio corriendo medio andando en pos del automóvil. Mi hermana y yo lo vimos desde aquella distancia, cansados como estábamos; no hacía ni cinco minutos que habíamos cruzado la puerta de acero que nos conducía a aquel lugar y que se había cerrado, tal vez para siempre.

La joven se acercaba al borde del precipicio y cayó de rodillas mientras se asomaba con la cabeza gacha, como derrotada. Sus ropas, de vivos colores antaño, se estaban volviendo grises con el polvo del suelo y por el que flotaba a su alrededor. Cargué de nuevo con la mochila de acampada y mi hermana se guardaba la cantimplora en la suya luego de beber un largo trago de agua.

- Tenemos que ayudarla.- sentenció sin más preámbulos y sin quitar la vista de ella.

- Pues ya sabes que significa eso.- dije yo.- Tenemos que bajar allí y ver cómo está.

Sin decir nada más, hizo pie en la ladera de aquel cono invertido donde nos habíamos metido, y comenzó su descenso. Yo la seguí sin protestar, a pesar de que ambos estábamos bien molidos. Nos llevó tal vez unos diez minutos el bajar por aquella empinada cuesta y, mientras lo hacía, no dejaba de sorprenderme el pensar cómo habíamos llegado allá.

Recuerdo vagamente el haber salido de una estación de metro con mi hermana; estábamos de viaje en una gran capital y nos dirigíamos al extrarradio de la ciudad. Sé que sonará muy a tópico, de hecho yo mismo los odio, pero nos quedamos fritos, tras haber andado una burrada todo el día, con nuestras mochilas de un metro pegadas a las espaldas. Una hermosa manera de hacer turismo; la recomiendo.  Puedes pegarte una semana así tranquilamente y no pisar ni un hotel ni medio, solo pateando la ciudad de arriba abajo... Pero me parece que estoy divagando.

Bueno; nos quedamos dormidos. Y cuando abrí los ojos fui el primero en darme cuenta: me fijé en que habían pasado veinte minutos desde nuestra siestecita y que, por lo que indicaba el luminoso con las paradas encima de las puertas, estábamos ya por la penúltima estación. Nos habíamos pasado por tres. Pero bueno, tampoco importaba mucho en nuestra situación.

Recuerdo que bajamos del metro y la estación estaba desierta, ni un alma. Excepto… excepto un hombre vestido casi a la antigua usanza, como un revisor de estaciones de principios de siglo. Mi hermana fue a preguntarle que por dónde se salía, pero no acertó a decir nada.
 Mientras le preguntaba, me adelanté y vi dos salidas. En la que me metí fui a dar con una puerta; fue entonces cuando el revisor giró la cabeza y nos dijo que era por la otra puerta. Tras ese aviso, volvió a ocupar su sitio y su rigidez habitual. Atravesamos esa puerta y…

- Ten cuidado al pisar aquí; no es muy seguro.- me dijo mi hermana mientras señalaba al suelo.

Sorteé aquella porción de tierra traicionera y seguimos bajando. Al llegar al punto donde la ladera se unía con aquel terreno plano, no pude sino maravillarme que, desde donde nosotros habíamos estado antes, unos cincuenta metros más arriba, aquella superficie se revelaba como algo más pequeño, pero visto desde abajo, tenía en tamaño de cinco estadios de futbol. La joven estaba allá todavía, no parecía haberse movido mucho desde que iniciamos el descenso a ver como se encontraba. Y no tardé en dar diez pasos, que volví a ver de nuevo lo que habíamos visto anteriormente repartido a lo largo de nuestro eterno camino.

En el borde del precipicio había mochilas, algunas vacías, otras llenas de ropas, víveres, e incluso algún que otro aparato. También había diseminado por el suelo todo tipo de artilugios electrónicos, desde una videocámara que no funcionaba, hasta una cámara de fotos sin estrenar, todavía en su caja. Todo estaba cubierto de polvo gris, el mismo polvo gris que convertía aquel anfiteatro monstruoso en forma de cono invertido en una suerte de cementerio de cosas. Me detuve y me agaché para examinar aquellas cosas. Claudia, que así se llamaba mi hermana, miró por encima del hombro y me vio registrando una mochila. Paró y se dio la vuelta, un tanto hosca.

- Pero, ¿qué haces?- preguntó mientras daba un par de pasos hacia mi.
- Joder, fíjate.- le dije mientras sacaba la cámara fotográfica de su caja.- La batería está a tope y funciona. De la de vídeo, parece que hace tiempo que ha muerto.

- Deja eso, que ya lo verás después, hombre. Tenemos que ver quién es esa chica y qué ha pasado.

- Mi nombre es Ester.- dijo una voz a su espalda. Claudia se volvió asustada, echando mano al cinturón, donde tenía una navaja. Su miedo se calmó cuando vio a la joven. Tenía la mirada perdida en el suelo.- No quise ir con ellos. Sabía que iban a tirarse pero, ¿para qué quedarse aquí?

- ¿Cómo habéis llegado hasta aquí?- preguntó mi hermana más tranquila pero sin dejar de acariciar la navaja.

- No lo recuerdo. Llevamos mucho tiempo yendo de un lado para otro. Encontramos ese coche después de un montón de días u horas… aquí el tiempo es distinto. Y entonces, cansados, dijeron que ya era bastante. No querían seguir con esto. Decidieron tirarse con el coche por el precipicio.

Yo estaba de rodillas, medio examinando aquellos objetos, medio prestando atención a la joven. Luego dirigí mi mirada hacia el precipicio. A unos veinte metros o treinta del borde, se alzaba de nuevo una pared mucho más alta de donde nosotros nos situábamos; a mi alrededor todo era pared cenicienta llena de guijarros grises y objetos abandonados como estos por doquier. Es como si nos encontráramos en medio de un vertedero, pero con todo listo para usarse, como nuevo. Me levanté y dejé la mochila en el suelo. Claudia se volvió un instante para ver que hacía y la recién conocida Ester seguía mis movimientos con una mirada cansada.

De la mochila saqué algo para darle de comer, una chocolatina que tenía por allá guardada. Después cogí la cantimplora y me adelanté a Claudia hacia nuestra nueva adquisición.

- ¿Tienes hambre? Aquí también tengo agua, por si hace mucho que no has bebido.- le entregué solícito.

Ella extendió la mano tímidamente, pero acabó por coger lo que le ofrecía. Satisfecho, retrocedí mientras Ester comía y cogí la cámara de fotos que había allá sin caja ni nada. Me la metí en la mochila y la cerré. Claudia, que vigilaba a ambos, no dijo nada de esa apropiación.

Esperó a que acabara tanto de comer como de beber y después alargó el brazo para cogerle la cantimplora y dármela a mi. Mi hermana parecía luchar contra sí misma para bombardear a esa chica a preguntas, y no sabía ni por cual empezar. Se lo notaba en la pose de su cuerpo, pese a estar de espaldas a mi.

- Dices que llevas mucho tiempo aquí. ¿De qué parte de este sitio vinisteis tu y tus… amigos?- preguntó.

Ester levantó la cabeza, ya un poco más espabilada. Era como si la chocolatina y el agua le hubieran dado diez años de juventud. Después de un instante, contestó.

- No dije que lleváramos mucho tiempo aquí. No estoy segura de cuanto tiempo hace. Eso dije. Lo único que recuerdo es que no hemos dejado de entrar en sitios como éste una y otra vez… una y otra vez…

- ¿Cómo entrar?- me atrevía preguntar.

- Hay puertas que te llevan a otros sitios… como puertas de tu casa. A veces incluso no son como las puertas de tu casa. Hay algunas que son como de acero, otras como escotillas, otras abatibles incluso… pero una vez que las abres y entras, ya no puedes volver a salir. No sé por qué. Éramos cinco, pero ellos cuatro decidieron rendirse a la desesperanza. Yo aún quiero vivir lo suficiente para salir de aquí… o al menos para vivir.

- Y, ¿no has visto a nadie más aparte de nosotros?- preguntó Claudia.

- Yo iba con dos chicas, amigas mías. Se metieron en ese coche con una pareja y se tiraron. Esa pareja estaba también perdida. Tampoco recordaban mucho. Dijeron solamente que estaban en un centro muy grande, que se metieron en un pasillo para ir a los baños y que, después de salir, se encontraron con esto.

- ¿Quieres decir que salieron aquí?- de nuevo Claudia.

- No; aparecieron en… no recuerdo donde; pero al cruzar más y más puertas, llegaron aquí. Aunque antes nos encontraron a nosotras.

- Pero, ¿qué demonios es esto?- dije por lo bajo. Y, luego, se me ocurrió algo.- Ester: ¿cruzaste por una puerta de allá arriba? ¿Lo recuerdas?

- No, lo siento. No sé decirte. Sé que en cada mundo- ¿mundo? ¿por qué elegir esa palabra? Pensé posteriormente.- hay varias entradas, pero parece que no son fijas. Deberíamos encontrar juntos una salida de este sitio. Aunque estoy cansada.

- Entonces deberíamos descansar todos.- sentenció Claudia.- Nosotros tampoco hemos parado desde hace horas. Nos echaremos un par de horas y después continuaremos los tres buscando una salida de este sitio.

Fue decirlo y hacerlo; Claudia me hizo una señal para que no perdiera de vista a Ester mientras dormía; se acercó a mi mientras la joven se preparaba. Me dijo rápidamente que la vigilara la primera hora; de la segunda, ya se encargaría ella. Nos recostamos en el suelo y, aunque Ester yacía de espaldas a mi, no tardó en dormirse, o eso parecía. Al rato, su respiración fue pausada y relajada. Definitivamente se había quedado dormida. Y yo, mientras las dos descansaban, intenté pensar qué ocurrió más allá después de haber cruzado la puerta que el revisor nos había dicho. Pero no lograba concentrarme en ello. Era como si mi mente hubiera sufrido un linternazo. Cuando hubo pasado una hora ( los relojes parecían funcionar perfectamente en aquella hondonada) desperté a Claudia y fui yo el que me dispuse a descansar.

A pesar de que el tiempo corría normalmente, no parecían trasladarse la luz ni las sombras por aquel sitio, a pesar de que veíamos un brillo como de luz solar más allá de los límites de aquel embudo. Tampoco yo tardé en quedarme dormido; quizás pasaron tres horas o así cuando una mano me sacudió. Pero no se trataba de Claudia. Era Ester. Estaba despertándonos a los dos.

- ¡Despertad!¡Mirad allá enfrente!- nos decía mientras me incorporaba. Mi hermana se estaba despertando también. Se había quedado dormida sentada mientras vigilaba. Pero no era momento de reproche alguno. Alrededor de doscientos metros, había una puerta incrustada en una de las paredes de guijarros y polvo.

Nos levantamos del suelo y recogimos los útiles que teníamos con nosotros. Sin decir palabra, nos dirigimos hacia la puerta, a la que llegamos en menos de tres minutos, con carga y todo. Allá nos detuvimos y observamos que era una simple puerta de entrada a un bloque de pisos.

- ¿Qué pasará si no se abre?- preguntó Claudia.

- Debería de abrirse. Todas lo hacen…- contestó Ester.

Entonces, tras una pausa de medio minuto, supongo que pensando los tres qué íbamos a hacer fue mi hermana, la valiente Claudia, la que se acercó a la puerta. Cogió el tirador de la puerta, y tiró hacia ella. Ester le observaba casi como con ansiedad, como si esperara una salida de este lugar. Frunció sus labios en una mueca esperanzadora y mi corazón fue a mil para saber que había tras aquel rectángulo de metal.

- Solo deseo volver a mi casa.- dijo Ester a nadie en particular.- Por favor, solo quiero regresar.

Casi más que un deseo era una plegaria. Claudia abrió del todo la puerta y no vimos nada. Metió la mano despacio y vimos que desaparecía en esa negrura hasta la muñeca. La sacó de repente, como si hubiera temido perderla. Pero allá estaba su mano. Se volvió hacia nosotros con mirada interrogativa. Yo miré a Ester y esta, sin apartar la mirada de aquella negrura, asintió. Íbamos a cruzar después de todo.

Dio el primer paso hacia ella y pasó sin miedo. La negrura se la tragó. Mi hermana miró horrorizada, pero vio mi gesto decidido. Le cogí de la mano, inspiramos una vez como quien va a hacer una inmersión, y cerramos los ojos.

Cruzamos la puerta sin mirar hacia atrás.