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martes, 4 de junio de 2013

SUPERVIVIENTE (Agente Del Caos) Cap. VI Parte 2



Había un viejo almacén de alimentación que había sido saqueado probablemente hacía doscientos años o más; solo recuerdo que, cuando yo era chico, aquello ya se estaba cayendo a pedazos. Pasé con ella de nuevo en brazos, pues no quería que pisara Dios sabe qué y me dirigí hacia la pared que tenía enfrente. En ella ascendía una escalera que daba a un pequeño habitáculo donde estaríamos a salvo.

Abrí la puerta de una patada y la única persona que allí se encontraba se sobresaltó y giró sobre sus pies a tal velocidad que Mercurio habría sentido envidia. Al ver que era yo relajó su mano, que ya buscaba un arma y asintió con vehemencia.

- Lo sabía, chico. No sé por qué, pero sabía que al final acabarías con el agua al cuello… qué coño al cuello: el agua te llega a la frente, joder…- dijo el con la voz pastosa de siempre. YA daba igual que estuviera sobrio o borracho. Aquel timbre desagradable hacía que me imaginara a una persona haciendo gárgaras con sebo de cerdo caliente. Sin embargo, Ojos de la ciudad me permitió quedarme.

SUPERVIVIENTE (Agente Del Caos) Cap. VI Parte 1



A veces hay momentos en la vida que invitan a la reflexión. Pues bien: este era uno de esos momentos. No me voy a extender con anécdotas de hechos pasados acerca de mi vida para decir lo mucho que pienso las cosas que verdaderamente importan; siempre hay un momento para planificar tu siguiente movimiento y siempre hay lugar para la improvisación, por muy bien que tengas marcadas las pautas.

Llegué a casa andando, dándome muy poco margen de comodidad, pues la noche prometía ser muy movida. No sabía hasta qué punto Jia Li sabría en aquellos momentos de lo que nos había pasado, e incluso si mi compañera habría llevado a cabo su plan para acabar conmigo. Ahora ambos sabíamos qué cartas tenía el otro; Jia Li, la que otrora era casi como una maestra para mi, había mancillado el equilibrio matando a alguien que tenía que vivir. Y, tratando de enmendar su error, había dispuesto todo en mi contra para eliminarme de la ecuación; así de simple, así de sencillo. Ignoro, por otra parte, qué motivos habrán movido a la chica retro a hacer lo que hizo, a ponerme al corriente de aquello. Tal vez haya sido un pálpito, tal vez una nueva traición, tal vez sea que realmente servimos al equilibrio. Sea como fuere, aunque lamenté pensarlo, Jia Li no quedará impune… aunque yo caiga en el intento.

jueves, 4 de abril de 2013

TE DEUM LAUDAMUS (Agente Del Caos) Cap. V Parte 2



El Kuei apareció a mi espalda de entre las sombras, con su eterno camisón y nubes vaporosas a su alrededor. Su pose era erguida y se dirigía hacia mí sin mover ni un ápice sus piernas. Levitaba a un palmo del suelo y, a un palmo de distancia de mi espalda, se detuvo. Sus ojos lechosos y sus dientes de tiburón dibujaron una sardónica sonrisa.

Me volví para recibirle, pero detrás de mi no había nadie. Si para eso había aparecido, podría haberse ahorrado el espectáculo; nuevamente me equivoqué, pues al mirar de nuevo al espejo me lo encontré cara a cara, sentado como un buda enloquecido sobre la encimera de mármol.

- ¿Qué guardas en tu mente, qué tan celosamente escondes a ojos mortales y mentes eternas?- preguntó.

- No tengo nada que ocultar, si te refieres a eso.- respondí con cara de póker. Sus truquitos de aparecer aquí o allá no lograron en el pasado sobresaltarme, mucho menos ahora.

- ¿Ignoras que uno de mis muchos poderes es leer lo que tus ojos luchan por no mostrarme? Mi vínculo contigo es fuerte, pues proviene de la muerte; solo tú puedes ayudarme a eludirla.

- Pensaba que ya estabas tieso y enterrado.- contesté intentando mirar al espejo.

TE DEUM LAUDAMUS (Agente Del Caos) Cap. V Parte 1



Una de las cosas que disfruto a placer es el cine; casi puedo afirmar con rotundidad que me trago cualquier cosa (sigo hablando de cine, para el que ande despistado) y, la mayoría de las veces, voy solo. En muy contadas ocasiones he ido con alguna muchacha con la que tonteaba y rarísima vez en grupo. Aparte, la nueva e interesante actividad que comencé a desarrollar hace un tiempo me ha transformado en alguien más taciturno y reservado de lo que ya era antes. No obstante, aún creo tener vida en mi interior y guardar algo de benevolencia en mi corazoncito a pesar de que esa “actividad” me haya llevado a cometer actos que ni por el forro antes de su conocimiento hubiera creído posible.

Así que ahora acudía al cine casi como terapia. Algunas veces conseguía aislar mis pensamientos durante una hora y media o dos y abstraerme en lo que estaba viendo en la pantalla. Pero otras no lo lograba; en esos momentos, abandonaba la butaca y salía de allá como alma que lleva el diablo, con paso ligero, intentando no parecer nervioso. Porque lo que sí era cierto es que ser un agente del caos empezaba a consumirme.

Un día fui a la sesión de tarde al cine con más salas de la Ciudad. No me apetecía hablar con nadie, mucho menos con un taquillero, así que un amable caballero que había por ahí me cedió su entrada. Bueno: la suya, la de su mujer y la de tres chavalines que corrían por ahí para desesperación del personal. Por supuesto, a mí me bastaba con una, así que las otras cuatro fueron a parar a la papelera. Pasé a ver una de dibujos animados. Y no sé si fue la algarabía que reinaba en la sala con tanto mocoso o, simplemente, que la película era mala de solemnidad; lo que sí que sé es que, después de mandar callar por tres veces casi consecutivas a los jodidos enanos que gritaban a sus padres que qué estaba pasando en la peli, decidí levantarme como quien va al baño y abandoné la sala dejando a todo Dios a su suerte.

lunes, 4 de febrero de 2013

AMIGAS PARA SIEMPRE (Agente Del Caos) Cap. IV Parte 2



Encontré una maravillosa furgoneta de amplio espacio en la parte trasera que me servía para acomodar a cada una de ellas. Abrí la puerta gracias a mis amplios conocimientos de cerrajería e hice un empalme con los cables del arranque. Miré a ambos lados, asegurándome de no ser visto, y arranqué hasta llegar a mi destino.

Tardé aproximadamente unos diez minutos en aparcar; lo hice en el sitio menos iluminado posible de la casa de la esquina. Y allá esperé hasta que fuera de noche. Pasadas un par de horas, en las que me baje en tres ocasiones a fumar, pues no quería joder la tapicería de la furgona, manías que uno tiene, el reloj marcó las nueve y media. Supongo que las nenas habrían hasta cenado, así que empezaría por la casa que estaba en la esquina.

Salté la pequeña valla con agilidad felina y atravesé el césped medio agachado. Había luces en la casa, tanto en la planta de arriba como en la baja. Posiblemente ella estaría a punto de irse a dormir. Aún no sabía de quien se trataba, pero cariño, vas a ser la primera afortunada de esta noche. Fui hacia el muro y, juro que aunque parezca una casualidad increíble, me encontré, mientras buscaba algún asidero para subir, una escalera de metal apoyada contra la fachada contigua. No perdí más tiempo del necesario y subí por esa escalera hacia la segunda planta; hice pie en el tejado para comprobar si era sólido. Como me pareció bastante estable, procedí a avanzar a cuatro patas lo más agachado que pude hacia la ventana.

AMIGAS PARA SIEMPRE (Agente Del Caos) Cap. IV Parte 1



Nunca me ha gustado recibir órdenes, lo confieso. Es algo que me saca de quicio, porque no deja lugar alguno para la interpretación individual. Esto mismo me pasa en mi trabajo, como cocinero… me parece bien que te indiquen unas pautas a seguir, como es lógico; pero, a medida, que se coge experiencia, una de las cosas que no aguanto es que siempre tenga un ojo detrás de mi que me vigile constantemente para ver qué tal hago las cosas.

Estas últimas semanas habían sido muy prometedoras. El poder que me había sido otorgado vino conjuntamente con unas “lecciones” de contención por parte de Jia Li. No es que nos pusiéramos a hacer Tai Chi en el jardín de algún aburrido multimillonario, pero sí que es cierto que aprendí bastante de sus enseñanzas, sobre todo en lo que se refiere al control de mi precioso cuchillo y la canalización de mi poder a través de él. No en vano brillaba mi mano cada vez que lo empuñaba. Hubiera sido estúpido de creer que solo era un tuneado para que la palma me luciera bonita.

Tardamos un par de meses… miento; en realidad fue aproximadamente cuatro… aunque quizás rozáramos el medio año. La cuestión es que aprendí a manejar aquella arma mortal mucho mejor de lo que hubiera supuesto; y sin pagar ni un chavo ni medio, lo cual no es poco, dada la desaceleración económica que sufrimos hoy en día. Y tampoco es que me guste demasiado alardear de mí mismo como si fuera Dios sabe qué en Dios sabe dónde, pero la verdad es que Jia Li estaba satisfecha con los avances de su preclaro alumno.

jueves, 1 de noviembre de 2012

MANO POR MANO (Agente Del Caos) Cap. III (Parte 2)



Llegué pronto con la bicicleta (nunca me ha gustado montar en bicicleta con traje) y la apoyé contra un árbol perdiéndola de vista para siempre. Fui a sentarme a una mesa de un bar del parque al lado de una floristería. Allá pedí un café que pagué con los cambios que sustraje de las demás mesas y esperé fijándome en todas las personas que por allá pasaban. El sitio donde había tenido lugar la pelea de hacía dos días estaba ya como si no hubiera pasado nada; Habían retirado las cintas de la policía y la gente campaba por allá a sus anchas.

Sé que esto suele ocurrir en las películas. Uno no se espera que por un golpe de suerte, estas cosas sucedan, pero así fue: Resulta que, al girar la cabeza para observar uno de los caminos de tierra que cruzan el parque, la vi. Línea y bingo. Inconfundible en toda su integridad. Porque, amigos y señores, tenía el pelo de la misma manera recogido, los mismos pendientes y, atención, la misma ropa. Lo único que la distinguía de nuestro encuentro fugaz la otra noche era que llevaba dos libros cruzados en su pecho. Y encima iba sonriente la muy perra. No quise hacer ademán de sorpresa, pero casi pierdo los papeles. Me quedé quieto y sentado, solamente siguiéndole con los ojos. Cuando vi que estaba a unos veinte metros de distancia de mi posición, salté literalmente de mi silla y fui tras ella.

Siguiéndola a una distancia prudente, adiviné casi de inmediato donde se dirigía. Iba a la Biblioteca Nacional. O sea que, encima, mi señorita enigmática era una empollona del tres al cuarto. La cosa se ponía cada vez más interesante. No tardó ni diez minutos en cruzar la puerta por la cual había apostado: La Biblioteca Nacional. Este edificio se alzaba como un monstruo gigantesco y tenía más libros que el Vaticano y Alejandría juntos. Crucé la puerta cuando vi que ella doblaba una esquina desde dentro y le seguí hasta el cuarto donde entró. Encima de la puerta, en letras que casi parecían orgullosas de estar allá, se leía SALA DE ESTUDIO. Consistía en una inmensa explanada cuyo cuerpo central constaba de dos hileras de mesas milimétricamente situadas y las paredes forradas de estanterías llenas del saber y conocimiento universal.

La dama se sentó en una mesa con dos espacios a su lado vacíos; yo le imité, pero sentándome en un sillón a la entrada de la sala. Vi como abría un libro y se enfrascaba en su lectura muy concentrada. Tras cinco minutos de reloj en la que por mi mente no pasaban mas que opciones de actuación, me decidí por lo más lógico. El azar, el dejarse llevar, a ver que pasa… Me levanté del sillón y fui hacia ella. No reparó en mí ni un solo momento. Seguía leyendo, pasando página tras página. Su vista correteaba por aquellas líneas devorándolas de manera sobria. Al estar a su altura, donde estaba uno de los asientos vacíos a su lado, me paré y le hablé.

- Disculpa: ¿Tienes un bolígrafo para prestarme?- pregunté con media voz.

Ella levantó la cara sonriente con una contestación en los labios, pero su respuesta murió allí mismo al verme de pie ante ella. Su sonrisa gradualmente se transformó  en una línea roja de seriedad mientras sus ojos se abrían de par en par. Tras un momento, que a ella debió de parecerle una eternidad, se recompuso y miró a un lado y a otro. Yo estaba apoyado en la mesa mirándola con una mezcla de gravedad y sarcasmo y, por supuesto, esperando a que me prestara su boli, claro.

- ¿Qué haces aquí?- preguntó conteniendo el tono de voz.

- Hacía un buen día para pasear, salir a tomar algo y luego, tras el paseo agotador, meterse en un sitio fresco y silencioso como este y disfrutar de un poco de lectura. ¿A ti que te parece que hago?- respondí mientras tomaba asiento a su lado.

- ¿Cómo me has encontrado?- me interrogó de nuevo, como si no hubiera oído lo que le dije anteriormente.

- Un poco de suerte, un poco de perseverancia y, por supuesto, la sensación de que me quitaste algo que me pertenecía.

- Te lo dije.- respondió ella sin alzar demasiado la voz.- Déjame en paz o atente a las consecuencias. Solo cogí lo que era mío y punto. Estás al límite de cruzar una línea muy peligrosa, así que deja de buscarme o la próxima vez tendrán que recogerte a ti de un parque.

- No pienso dejarte de lado hasta que no me devuelvas lo que me corresponde.- contesté un poco sofocado. Tal vez hablé en un tono algo fuerte, pues la gente de alrededor levantó la vista de manera disimulada.- Es más, seré tu sombra y me pienso pegar a ti como una lapa. Te encontré una vez, así que puedo hacerlo de nuevo.

Se levantó de la silla de manera tan audible que era imposible que nadie de la sala no lo oyese. Cerró el libro y, antes de cogerlos, me dio una bofetada en toda la cara. Su rostro era el espejo de la rabia. Tenía los ojos bien grandes mirándome mientras echaban fuego y su boca era una mueca de ira contenida. La hostia me dolió bastante; esa chica pegaba fuerte y encima sabía como hacerlo. Tras aquel intercambio de impresiones, abandonó la sala bastante rápida; yo me quedé sentado masajeándome la mejilla mientras los espectadores ya ni siquiera disimulaban que leían.

- Hija de puta…- mascullé mientras me levantaba e iba tras ella.

A la salida de la Biblioteca la busqué entre el pequeño río de gente que paseaba de arriba abajo por la calle. Le vi alejándose con paso vivo hacia el sur de la ciudad sin mirar ni una sola vez hacia atrás. Desde luego, no se podía negar bajo ningún concepto que no tenía miedo de nadie, eso está claro. Viéndola irse así, comprendí entonces que no tenía ninguna posibilidad de recuperar mi trofeo, así que la deje marcharse y que le dieran con viento fresco. Hasta el enfado que sentía por ella se había diluido en un mar de calma, así soy yo de polar. Y, justo en el momento en que desistía, no pude evitar fijarme en que un tipo gordo de rostro cubierto por un sudor grasiento, alejado de mi pero próximo a ella, le observaba con febril entusiasmo. Es como si el pobre hombre tuviera una indigestión tremenda y no encontrara un excusado, seré fino, para aliviar su pesarosa carga. Luego se puso a andar con paso extraño, casi mecánico, en pos de la joven de los años sesenta.

La gente se apartaba de él como las aguas del mar rojo de Moisés y, aunque no parecían darse cuenta, le evitaban con una mueca de disgusto y de asco. Al hombre aquel parecía no importarle, pues seguía con paso resuelto hacia donde estaba la ladrona. Y yo le seguía a él. La joven se metió por una callejuela que parecía ser la antesala de una tragedia, tal como se estaban poniendo las cosas. El hombre le siguió. Me escondí justo a la entrada de la callejuela, esperando a que se alejaran un poco más. Entonces aquel extraño pareció coger más velocidad y logró ponerse casi a la altura de ella. Fue justo al doblar una esquina y, por lo que pude ver en una fracción de segundo, le pilló completamente de sorpresa.

Me acerque raudo pero sigiloso para ver que demonios pasaba a la vuelta de esa estrecha calle. Oí la voz de ella diciendo que le soltase a aquel hombre, pero él pareció contestar con una especie de risa tan gutural que producía nauseas solo escucharla. Me acerqué despacio a la esquina y entonces un grito de sorpresa rebotó en ecos por las callejuelas de aquella zona. Me asomé subrepticiamente y vi que el hombre había mudado su cerdoso rostro por una probóscide y una docena de ojos sin orden ni concierto en su ya deformada cara. Las manos empezaban a transformarse en esa especie de tentáculos provistos de los aguijones y sujetaban con fuerza y determinación a la joven. La lengua de mariposa que tenía por faz se paseaba a un palmo escaso por las mejillas de la joven y esta trataba de liberarse de aquel repulsivo contacto por partida doble: Probóscide y tentáculos. 

Yo podría haber hecho algo en ese momento, como un caballero de reluciente armadura que acude en ayuda de la dama (aunque tengo que reconocer que también se lo merecía, por ladrona), pero entonces ella hizo algo que me dejó asombrado. A saber: Le dio una patada en todos los huevos; justo en el centro. Pero lo que mas me sorprendió fue que ese bicho se doblara de dolor, haciendo que la soltara inmediatamente y se llevara esa especie de brazos a las partes pudendas. Quizá no se había transformado del todo o tal vez también tenían pendientes reales… me daba igual. Vi como la chica corría mientras el bicho se agarraba y emitía un zumbido que querría significar, digo yo, que le había dolido. Acto seguido, mientras ella corría, el monstruo aquel tomó conciencia de que se le escapaba y entonces gritó… bueno; en realidad, chirrió, como si fuera una cigarra. Y se lanzó a la persecución de ella como alma que lleva el diablo.

Salí entonces de mi escondrijo y corrí calle arriba hasta llegar a otra esquina, por donde la chica había vuelto a meterse en otra calle que cruzaba la anterior. Los edificios medio grises medio marrones parecían ser el testigo mudo de aquella atroz carrera. Ni un alma se asomó por las ventanas, nadie oía los gritos y jadeos de la muchacha que corría para salvar su vida. El cielo se oscureció de tal manera que casi parecía irreal y enfermizo. Todo esto pude observar mientras iba detrás del cazador y su presa; finalmente aquella criatura dio alcance a la joven y la tiró al suelo; ella cayó de bruces y se dio un feo golpe en la cabeza. Pero la conmoción le duró poco, pues siguió arrastrándose por el suelo, casi a ciegas, como huyendo de algo que no comprendía, pero que sabía muy bien que era. La criatura de probóscide se deleitaba con placer de aquella mosca que había caído en su tela de araña; la rodeaba, le empujaba… jugaba con ella para después destruirla.

Y aquí fue donde entré en acción; fui corriendo como un suicida (menos mal que no era temerario) y a la vez empuñé el cuchillo de mi chaqueta. A escasos metros de él, grité. La criatura se dio la vuelta con sorpresa y yo salté como un Mario en las plataformas que eran una caja de plástico y, de allá, a un container metálico. El último salto fue, mal que lo diga yo, espectacular; pero los bichos no se suelen amilanar ante este tipo de acrobacias y lo que hizo fue alzarse para hacerme frente; intentó darme en el primer salto y falló. En el segundo logró rozarme pero no me desestabilizó y en el tercero, donde le iba a asestar el golpe de gracia, se alejó un poco de mi para contraatacar. Resultado: Solo alcancé para provocarle un corte bastante feo en aquella cosa que hacía de su brazo. Tras eso caí en el suelo al lado de la joven. Ella seguía arrastrándose como por inercia. El engendro aquel, al que ya reconocía como un zángano de no se qué plaga, se acercó con las patas o brazos o lo que sea en alto dispuesto a atacar. Entonces me lancé yo también a por él blandiendo el cuchillo hacia los aguijones que empezaban a asomarse por aquellos pliegues de tentáculos.

Corté uno limpiamente por encima de donde debía de estar en codo, y ya le iba a atravesar cuando con la otra extremidad me lanzó casi cinco metros más allá de donde estaba él. El impacto fue tan grande que me dejó sin respiración. Mientras luchaba por ponerme de pie (cosas curiosas: el cuchillo no lo había ni soltado), mi querida ladrona de manos ajenas se irguió con un grito salvaje, casi se diría que hasta los cimientos temblaron y sacó de Dios sabe donde, el látigo que le vi manejar la noche que nos conocimos. Lo lanzó restallando contra él y le alcanzó en el cuello o, mejor dicho la parte que unía su gomosa cara con el tórax. Tras un limpio y fuerte movimiento con el brazo, hizo que perdiera el equilibrio y cayera al suelo todo lo largo y gordo y asqueroso que era. Desenroscó el látigo de su cuello, lo tomó de ambos extremos y se lanzó a por la bestia como si fuera un jinete intrépida que quiere domar a su caballo. Se sentó sobre él mientras pasaba el látigo por el cuello de nuevo y cruzó los brazos para hacer un bonito lazo para asfixiarlo o arrancarle la cabeza. Pero ni que decir tiene que aquella criatura era mas fuerte que ella, quizás incluso más fuerte que los dos a la vez; se levantó rápidamente y ella perdió el equilibrio y cayó al suelo. Puso su pierna-tentáculo encima de ella y empezó a pisar fuertemente, como si quisiera escacharla. Curioso dibujo en el que una especie de cucaracha quiere chafar a una persona. Justo cuando las fuerzas estaban a punto de fallarle, o al menos así lo creí yo, acercándome por detrás le salté a la espalda para que perdiera el equilibrio y lo conseguí a medias pues, aunque no cayó al suelo, por lo menos conseguí desestabilizarlo lo suficiente para que dejara de pisar a la chica. Empecé a apuñalarle ciegamente, aunque ninguna de las heridas que le abría le parecían provocar daños importantes; eso si, le hacían estar más furioso. Pero no logró que me bajara de su espalda por mucho que se moviera.

Un chasquido sonó en el aire, alcanzando las extremidades inferiores de la criatura y haciéndole besar el suelo, conmigo encima incluido. Me aparto ó de un movimiento convulso pero, antes de que se pusiera de pie, la chica fue a por ella y le asió de la cabeza mientras tiraba hacia arriba. En menos de cinco segundos, mientras un grito pugnaba por escapar de la garganta de la joven, le arrancó la cabeza de cuajo mientras la probóscide se agitaba espasmódicamente. La vida miserable de aquella cosa había llegado a su fin.

Tras eso, tiró la cabeza a cualquier parte y se alejó del cuerpo mientras se sentía desfallecer. Cayó de culo al suelo y se acercó a mi ayudada por sus piernas mientras jadeaba sonoramente. Luego me miró con ojos medio incrédula, como pensando que no podía haberse salvado ni de coña, medio agradecida, como dando loas al cielo de que estuviera por allá.

- Supongo…- empecé yo.- que este también es un zángano de esa mierda de plaga, ¿no?

- Creo que si…- contestó aún jadeando.- Pero no tengo ni idea de por qué me atacó. Tal vez por haber matado al otro. No tengo ni idea. Pero nada de nada.

- Bueno; la cosa esa está muerta ahí delante. ¿Crees que nos tendremos que preocupar de más represalias por parte de otras como este?

Ella negó con la cabeza. En esto parecía estar muy segura; algún día me lo explicaría, pero desde luego no iba a ser este. Tras un par de minutos ahí sentados mientras recuperábamos el aliento, fui al meollo del asunto.

- Sé que te vas a poner como una fiera, pero créeme que no tengo ganas de pelea. Quiero mi “trofeo”. Este lo has matado tú, tienes derecho a él, de acuerdo; pero el otro era mío. Así que podemos hacer un pequeño cambio, ¿te parece?

Ella me miró con cara de pocos amigos y se negó en redondo. Me dijo que para nada. En nuestro primer encuentro se lo había llevado de forma legítima y, este que lo había conseguido casi de la misma manera, también se lo iba a quedar. Se puso a cuatro patas y fue en dirección al cadáver en el que se había transformado esa cosa, un hombre gordo que había sido pasto de los gusanos hacía ya mucho tiempo y del que solo quedaban restos de descomposición seca. La joven cogió la mano de este cadáver para arrancarla igual que había hecho anteriormente con su cabeza, pero se quedó en el intento.

Sé que es muy feo y muy cobarde por mi parte y hay veces que hasta me avergüenzo, pero es solo un momento pasajero que luego da paso a un “de todas formas, era lo que se merecía”. El caso es que me acerqué a ella y le dí un puñetazo en la cara. Juro que no fue para nada fuerte, pero llevaba ya tantos golpes que creo que ese acabó por dejarla fuera de combate. Se desmayó con una rapidez asombrosa y, antes de que su ya maltrecha cabeza fuera a dar con el asfalto yo, como un perfecto caballero, la cogí suavemente y la dejé en el suelo. Tras ese cambio de opiniones, fui yo quien arranqué la mano de aquel cadáver y me la llevé.

No me siento nada orgulloso, ya lo he dicho, pero es que este es un mundo cruel y despiadado. Y también, por qué no decirlo, porque tenía ganas de devolverle la hostia que me dio en la biblioteca. Así que mano por mano, bofetada por bofetada; así estamos en paz.

Me alejé de allá dejando como única compañía un cadáver mutilado y con una sensación de justicia en todo el cuerpo. Tan solo esperaba que no me guardara rencor si alguna vez volvía a verla; Aunque resultó posteriormente que la vería más veces, en algunas ocasiones más de lo que me gustaría. A lo mejor eso motivó que me enamorara de ella, quien sabe; lo que seguro que es cierto es que en este primer encuentro ninguno de los dos quedó indiferente hacia el otro… aunque para ello se necesiten un par de hostias bien dadas.

MANO POR MANO (Agente Del Caos) Cap. III (Parte 1)



Hay días en que lo mejor que puedes hacer es no levantarte de la cama. Quedarte quieto, muy quieto y rezar o lo que sea para que vuelva a ti el sueño. Incluso hay días en los que deseas que algo que te haya pasado y que ha sido determinante para proyectar tu vida hacia una dirección determinada, no hubiera ocurrido jamás. Llevaba un par de meses, tal vez incluso hasta tres meses, intentando superar la muerte de Helena, la mujer con la que abrigaba alguna esperanza y, en ese tiempo que parecía un sueño, cumplía con diligencia, casi con indiferencia, todo lo que podía hacer para que el abyecto ser que tenía como acompañante, el Kuei, pagara su tributo con el abismo. Y entonces, en uno de los casos rutinarios en los que estaba metido, pasó lo que no quería justo que pasara. A decir verdad, pasaron dos cosas que no quise; La primera, conocí a un agente del caos dentro de la Ciudad… otro más. La segunda cosa que me paso fue… que me enamoré de ella.

Estaba persiguiendo a una mujer por la noche (¿por qué todas las cosas así sucederán por la noche? Una vez más, la realidad supera la ficción.); una mujer que había sustraído cuantiosos enseres personales que le eran ajenos. Bueno, tal vez para este tipo de cosas tendría que ser la policía la que hubiera dado cuenta… pero no era este el caso. Esta mujer “absorbía” la vida de las personas a través de sus pertenencias lo cual, hasta cierto punto, era el caso más extraño con el que me había topado hasta la fecha. Como una analogía, si se me permite, lo de esta señorita era a las pertenencias de los demás lo que el Kuei a las almas que le llevaba. Por norma general, la gente con la que me había enfrentado era eso: gente común, personas corrientes que desestabilizaban el grandioso equilibrio universal,  pero esta mujer… pues no.

La perseguí hasta que se metió en un pinar, alejada de las luces de las farolas de un tranquilo parque. La oscuridad se la tragó como un animal hambriento y yo, que antes que temerario soy precavido, eché mano a la chaqueta y palpé mi cuchillo, para cerciorarme de que, en caso de complicaciones, tuviera un handicap. Tras tomar una bocanada de aire, fui tras ella más sigilosamente. Ni una sola hoja de pino se movía, ni un ave nocturna cantó sus lamentos a la luna… la quietud era máxima. Y, como si de una obra de brujería se tratase, un frío helado comenzó a apoderarse del ambiente calmo. Me detuve, pensando en que tal vez sería una pequeña brisa. Pero el frío me penetró hasta el corazón. Y entonces me interné más entre los pinos.

El frío, que ya me había aterido bastante, dio paso a una sensación física más asfixiante si cabe. Empezaba a tener náuseas; el estómago se me cerró de golpe, como si hubiera comido algo en mal estado y justo ahora me estuviera masacrando las tripas. Ambas sensaciones eran las que sufría como podía mientras me acercaba a la mujer, de la que ya empezaba a ver su silueta, en medio de un brillo espectral.

Estaba de espaldas a mi, por lo tanto no me veía, pero yo si la veía a ella, y juro por lo más sagrado que existe que la vi brillar en medio de penumbras. La tenue luz que irradiaba era azulada, pero algo no estaba bien en esa luz. Es como si se pegara a su cuerpo, como si su luminiscencia fuera una masa babosa que supurara por cada centímetro de su piel. Y podía oír un sonido como de succión, como su estuviera drenando algo; y entonces ocurrió lo que tenía que ocurrir.
Mi estómago no lo soportó mucho tiempo más y no pudo sofocar una arcada, pues la sensación se acentuaba más conforme me acercaba… y, por supuesto, la mujer me oyó. Y, cuando se giró, no observé ninguna expresión en su cara, porque no tenía cara.

En lugar donde tenía que haber estado todo órgano facial, se encontraba una especie de trompa como las que tienen las mariposas y, alrededor del nacimiento de esa probóscide, una docena de ojos mal repartidos, de cualquier forma y de color rojo y negro, me miraban, si se podía decir así, de manera interrogante y sorprendida. Su brazos se habían transformado en una especie de prolongación de carne con dos aguijones en cada miembro que supuraban un líquido que, creía yo, era más venenoso que el veneno de cien cobras juntas. En su regazo, manchado de tierra, estaban todas las pertenencias que había robado de personas que, seguramente, por su acto, estarían pasando un mal rato.

La visión en sí me impresionó un poco bastante demasiado. Imaginaba que iba a mandar al infierno a aquella mujer por hacer lo que hacía, aunque no supiera muy bien que hacía. Lo que no tenía previsto era mandar al abismo a una criatura que, por deducción, pertenecía al mismo. Pero la primera reacción que tuve no fue sacar el cuchillo y atacar, a pesar de las náuseas y del frío que se pegaba hasta en los huesos. No soy tan valiente, ni mucho menos arrojado.

Mi primera acción fue correr en dirección opuesta. Craso error. Porque esa cosa, lo que fuera, sabía que la había visto y no iba a dejar por nada en el mundo que viviera para contarlo. Se irguió en sus piernas, que ya no eran tales, sino dos “piernas” llenas de tentáculos por pies que me perseguían prestos pisándome los talones. Cuando fui a mirar hacia atrás, pese a que siempre se dice que no miremos hacia atrás, no vi nada tras mi. Paré de correr y saqué el cuchillo; giré a mi alrededor intentando buscarle. Oí un ruido y giré hacia él: Nada. Cuando volví a girarme, allá estaba, a un metro de mi; Erguida, me sacaba como una cabeza; Lo primero que hizo fue empujarme ayudándose de los brazos y de la probóscide. Afortunadamente, los aguijones no hicieron mella en mi cuerpo, y caí de cualquier manera. Me puse en pie rápidamente y así el cuchillo más fuertemente mientras escrutaba ahora en todas direcciones, arriba y abajo… Y vi que se acercaba colgándose como un primate de las ramas más fuertes de los árboles. Tenía intención de aplastarme con aquellos asquerosos tentáculos, pero esquivé sin problemas su caída encima de mi.

De nuevo estábamos frente a frente. Y entonces observé que sacó esos aguijones de su interior con la intención de acabar conmigo de una vez por todas. En ese momento decidí vender muy cara mi vida, y, cual Julio Cesar, pensé que la suerte estaba echada.: Alea jacta est.

Aunque, al contrario que le ocurrió al dictador romano, que lo hizo todo solo, tuve un golpe de suerte inesperado. Del lado derecho del monstruo se escuchó un chasquido que rasgó el aire y, al instante, la criatura tenía una especie de cuerda rodeando su “brazo”. Luego esa cuerda se tensó y la criatura salió despedida a escasos metros de donde estaba y cayó cuan larga era en el suelo. Mientras se incorporaba, de nuevo un chasquido le rozó en la probóscide y casi se la corta de cuajo. Empezó a sangrar abundantemente por el corte, de un color seroso que recordaba al barniz.

Recuerdo pensar que, si sangraba, tal vez se podría acabar con ella. Así que salí de mi estado de estupor y, mientras me preparaba para su muerte, sostuve el cuchillo para la estocada final. Pero aquel bicho era tremendamente rápido e inusualmente instintivo. No parecía muy fuerte, ni pesar mucho, pero se movió hacia mí desde el suelo y su cuerpo impactó contra el mío... mandándome de nuevo al bendito suelo. Por tercera vez, se oyó aquel estallido y esta vez rodeó el cuello de la criatura, que fue arrastrada hacia un tronco. Allí, detrás de esa cosa había alguien, y una voz de mujer (aunque más que una voz fue un grito) me exhortó:

- ¡Acaba con él!

No dejé que me lo repitiera de nuevo. Cogí el cuchillo, me puse de pie y corrí, todo a la vez, para llegar ante lo que había sido una mujer y le apuñalé una y otra y otra vez. La criatura comenzó a emitir sonidos como de zumbidos y la náusea que me había acompañado en todo momento, a la par que esa sensación gélida, desapareció paulatinamente mientras la vida de aquello con probóscide se extinguía, hasta que finalmente quedó laxa. La cuerda se aflojó dejándola caer y me fije en que, lo que antes había sido un ser que creía solo existían en las pesadillas, se transformaba en mujer de nuevo, pero no en la mujer que yo había perseguido, sino como un cadáver que llevara años muerto.

La piel quedó pegada a su cuerpo como si fuera una mortaja natural. Y entonces, tras esta observación, me fijé en algo más. Lo primero, que lo que rodeaba su cuello no era una cuerda, si no un látigo. Y segundo, por fin vislumbré quién me había ayudado contra la cosa que yacía inerte en el suelo.

Clavó sus ojos en mí mientras salía de detrás del árbol donde había aprisionado a la bestia; me miraba con una mezcla de enfado y desaprobación. A su vez, recogía el látigo de manera diestra. Y, cuando la tuve enfrente de mi, la pude observar más detenidamente. Era rubia, con el pelo muy ondulado y recogido en una coleta que le llegaba a media espalda; sus ojos eran almendrados y de color castaño con vetas grises. Tenía en ambas orejas dos pendientes grandes en forma de aro, un poco gruesos y dorados. En cuanto a la indumentaria, no podía ser más extraña. Parecía una extra de película de adolescentes de los años sesenta. Vestía unos jeans de campana no muy ancha azules claros, unas zapatillas tipo Converse rojas, una camiseta blanca y, encima de la camiseta, una chaqueta como de cuero rojo de mangas blancas. La chaqueta tenía la inicial D a la izquierda. Verla con esa facha casi me da un shock. Aparte, es que estaba buena, para que vamos a mentir. Creo, de hecho, que mi mirada con la ceja levantada debió de despertar susceptibilidades en ella, pues a partir de ese momento, me habló de manera tajante.

- ¿Piensas relamerte más o vas a ir a casa a pajearte?- me preguntó con franco desdén.

- No estoy tan desesperado para que me gusten tanto las niñas retro.- le contesté.

Ella dijo por lo bajo un taco, supongo que dirigido a mi, y se agachó para examinar el cadáver que teníamos ante nosotros. Luego, cogió su mano y la partió con un crujido seco de la muñeca. Casi no podía creer lo que estaba haciendo. ¡Me estaba robando mi víctima!

- Pero, ¿qué se supone que estás haciendo?- le pregunté medio sorprendido.

- Cobrarme mi pieza.- me contestó tranquilamente mientras se erguía.- ¿Tienes algún problema?

- Nooo, para nada.- le dije. Estaba empezando a calentarme.- Solo que esa “pieza” que dices que te cobras, es mía.

- Tu le has dado un estoque mientras te la sostenía. De no ser por mi, te hubiera dejado seco al instante.

- ¿Pero tu te oyes?- pregunté incrédulo, casi fuera de mí.

- Si; y a ti también te oigo muy bien; no hace falta que grites, no estoy sorda.- acabó casi gritando como yo.

- Escucha: Yo maté a esta mujer, yo me llevaré la mano, si no te importa, ¿de acuerdo?

- No tienes ni idea de lo que acabas de destruir, ¿verdad?- me preguntó ella como si fuera un novato. Aunque, en verdad, no tenía ni idea.

- Supongo que tú me lo dirás, ¿no?

Ella sonrió con un gesto de condescendencia. La odié por eso, pero no cedió ni un milímetro. Señaló los restos de la mujer y me dijo de que se trataba.

- Ese ser es un zángano de la plaga. Lo primero que hace es proveerse de un cuerpo. Luego roba cosas de gente y les sustrae la fuerza vital de cada una de ellas. Las víctimas se consumen en una intensa agonía. Es como un cáncer que te come por dentro. Solo que, además de arrancarte la carne, también lo hace con tu alma.- y, después de un momento de pausa, añadió.- No tenías ni idea, ¿verdad?

- No, no lo sabía. Pero eso no quita para que me robes el mérito de haberlo matado yo.

- Esta mano es mía y me la voy a quedar.- sentenció.- No quieras buscar enfrentamiento donde no tiene que haberlo.

Y, dicho esto, se alejó del pinar. Al principio, yo me quedé clavado, como si me hubieran echado cemento en los pies, y, mientras la veía alejarse, se apoderó de mi una rabia tan intensa, que casi me quema por dentro. Saqué de nuevo mi cuchillo y fui a por ella con resolución: Iba a recuperar mi trofeo aunque corriera la sangre.

Me situé a unos escasos diez metros de su presencia y le grite un “¡Eh!” que pareció llamar su atención. Se giró mirándome de reojo y, al ver que empuñaba el cuchillo y la marca de mi mano refulgía como pidiendo el rojo líquido, ella echo mano también de su látigo y se quedó en posición de guardia. Me miró directamente a los ojos y noté el fuego de su mirada. Nos quedamos parados como dos duelistas, uno enfrente del otro, esperando a ver cuál de los dos daba el siguiente paso. Fue un milagro que en aquel momento no pasara nadie. Ella rompió el silencio.

- Te lo advierto; no me toques o correrás la misma suerte que ese cadáver que hemos dejado allá. No quiero enemistarme contigo, ni mucho menos matarte; si me fuerzas a ello, vas a descubrir de lo que soy capaz.

Mis ojos se posaron en sus manos, y vi un destello que surgía del interior de su palma. No había duda. Era como yo. Metí el cuchillo en su funda, en el interior de mi chaqueta. Ella pareció relajarse después de unos segundos y colgó su látigo del cinto. Luego, sin decir palabra, dio la vuelta y se marchó en dirección a ninguna parte.

Tras ese incidente para nada afortunado, me pasé los siguientes días intentando averiguar quién era aquella buena joven que me había robado el trofeo. Pregunté en Domus Animae, pensando que Jia Li podría tener la respuesta, pero fue tan enigmática como siempre, con respuestas a medio contestar y toda esa parafernalia. Era obvio que, de existir otras personas con mi mismo empeño, ella no me iba a indicar con pelos y señales sus identidades. Finalmente me rendí a la suposición de que no la encontraría si ella no deseaba ser vista.

Justo en el momento en que iba a volver a casa, a mediodía, tuve un chispazo casual. Tal vez debería de preguntar a los ojos de la Ciudad; el sabría, al menos, darme una pequeña pista acerca de esa joven. Dí media vuelta de nuevo y, mientras me colaba en el autobús sin pagar, cavilé en los sitios donde solía estar… o más bien vegetar.

Tras una búsqueda de una hora y media por el casco antiguo de la Ciudad y un paseo en bicicleta que un amable caballero en chándal dejó para entrar en un baño público a la entrada de un pequeño parque, lo encontré finalmente apoyado en un banco, con una botella en las manos y mirando de manera vacua al suelo. Dejé la bicicleta justo enfrente de donde él se sentaba y me senté en el otro extremo del banco; crucé las piernas y miré a la gente pasar y correr y jugar mientras el borracho que tenía a mi lado no movió ni un solo dedo.


- Hace un día bastante bueno como para pensar en la botella, ¿no le parece?- le pregunté. Alzó su vista hacia mi con una expresión oligofrénica, como si no tuviera ni idea de quién era yo o qué le había dicho.

- ¡Ah!- dijo por fin con un lenguaje pastoso.- Eres tú…

- Eso es. Yo mismo. Suponía que no me iba a reconocer…

- Pues claro que sí. Ya te dije que era los ojos de la Ciudad.- supongo que diría eso. Arrastraba las palabras como si en vez de lengua tuviera esparto en la boca. Si estaba tan lucido a pesar de la curda fenomenal que tenía, tal vez pudiera sacarle algo.

- Entonces, supongo que sabrás que pasó hace un par de días en uno de los parques, ¿verdad?

Me hizo la señal de silencio con el dedo que, por cierto, casi se lo mete en el ojo, y luego miró a ambos lados con esa expresión idiotizada que parecen compartir todos los alcohólicos. Luego se giró de nuevo hacia mí y habló.

- No se habla de la plaga así como así, hombre, ¿qué te pasa?- me espetó.- Ahora… Menuda la que te hizo la muchacha, ¿eeeeeh?

- Justo a ella es a quien quería ver. Verá, me salvó la vida y me gustaría agradecérselo. Supuse que, como usted es los ojos de la Ciudad, podría pedirle ayuda.

- Mierrrrrda, chico… Conozco a la mayoría de vosotros, eso desde luego, pero no tengo ni idea de quienes sois.- toda mi esperanza acababa de salir despedida por el retrete.- Pero si quieres un consejo de tu viejo amigo, que s… s… sepas que el criminal siempre va dos veces al lugar del crimen. Y ya está.- sentenció.

Borracho dixit. Así que, lo que me estaba proponiendo es que volviera de nuevo al parque donde había tenido el tete-a-tete con aquella amable mujer con boca de mariposa y esperase, ya que tal vez, y solo tal vez, podría ver a la que fue mi cómplice. Ya que no tenía nada que perder, me levanté sin despedirme (aunque él tampoco pareció darse cuenta de nada, como si la conversación hubiera sido producto de su imaginación) y fui a mi próximo destino.