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miércoles, 3 de julio de 2013

MUÑECA ROTA


Inspirado en Sundown, de Mike Foyle

Asistí, como había hecho multiplicidad de veces, al evento que se celebraba en mi antiguo instituto. Hacía casi veinte años que acabé mis años mozos en sus aulas pero al vivir próximo, siempre que tenía ocasión, me acercaba a hablar con los monjes que me habían dado clases; allá charlábamos de cosas triviales como el devenir de los tiempos, los nuevos alumnos, mi profesión y mi familia, a la que recordaban aún con alegría por los que aún vivían y con añoranza por los que ya no estaban allí.

Al último miembro que enterramos fue a mi abuela; no creo que haya habido un ser más encantador sobre la tierra. No queda bien que lo diga yo, pero era su ojito derecho para todo. Y una de las pasiones que me inculcó cuando era un crío, en su pequeña casa a las afueras, en compañía de mi abuelo, era el amor por el baile. De hecho, por su culpa, empecé a bailar a la tierna edad de siete años en un centro de enseñanza de Kuragis, una danza del lejano reino de Fereb. Era un baile parecido al ballet clásico, pero dotado de una plasticidad y elegancia que dejaba al ballet en un resignado segundo puesto.

De allí pasé al instituto y seguí, no obstante, con las clases de baile. Practicábamos en el polideportivo cubierto y, a pesar de ser el único varón que bailaba esta danza, no fui objeto de burla por los demás muchachos; tal vez me trataban con algo de condescendencia, pero acaso fuera una apreciación mía. El profesorado en bloque sabía de mí precisamente por aquella actividad que desarrollaba a la par que mis estudios y, de manera indirecta, fui el orgullo de la clase de Kuragis.

jueves, 30 de mayo de 2013

MARIA CONDUCE (Parte 3)



El sol hace una hora que ha pasado de su punto más álgido en el cielo mientras sus rayos rozan suavemente el pavimento de una solitaria carretera por la que el tráfico es prácticamente inexistente. Un murmullo crece en la lejanía, acercándose cada vez más. El murmullo se transforma en el sonido amortiguado de un motor y, tras unos instantes más, un coche rojo brillante pasa rugiendo como si de un furioso felino se tratara.

María, la conductora, lleva horas tras el volante. Mientras conduce, observa que algo más adelante cúmulos de nubes empiezan a formarse amenazando tormenta. De reojo, echa un vistazo al reloj del salpicadero: la una y cuarto. Todavía hace calor, pero la brisa que le acaricia el rostro no es tan cálida como al punto de la mañana. Toma nota mental de poner la capota en cuanto vea un apeadero. Por fin, diez kilómetros más allá, ve aparecer un pequeño descanso y gira reduciendo para aparcar y hacer lo que había pensado.

viernes, 24 de mayo de 2013

JENNIFER


Desde el mismo momento en que miré sus ojos, supe que estaba enamorado de ella. Era una compañera más de la clase, habíamos intercambiado tres o cuatro palabras entre nosotros en medio año, pero nada más; era un sueño inalcanzable, al menos para un chico como yo, bajito para la media de los de mi edad, algo pecoso y, por añadidura, con unas gafas grandes que hacían mi rostro pequeño. A pesar de mi aspecto, no era ni mucho menos el típico perdedor o el rarito del colegio. Me llevaba bien con todos y cada uno de mis compañeros, en mayor o menor grado; nunca me metí en una pelea si podía evitarlo y, aún menos, las provocaba.

Jennifer era justo lo contrario a lo que yo era. Era una muchacha de quince años, con su melena hasta media espalda, de color castaño con mechas algo más claras siempre suelta, jamás domada por un coletero ni algo parecido. Sus ojos azules brillaban cada vez que sonreía y, cada vez que posaba su mirada cerca de donde yo estaba, un rubor me encendía el rostro. No era hermosa en el término estricto de la palabra, pero sí que era bonita, y eso bastaba para que todos los chicos, incluido yo, sintiéramos algo parecido al enamoramiento en aquellos jóvenes años.

Una tarde, al finalizar las clases en nuestro enorme colegio, los cielos descargaron una tormenta como hacía tiempo no se veía. Era primavera, y aquel día amaneció apacible y soleado; ni una sola nube turbó la bóveda celeste que se extendía sobre nuestras cabezas. Sin embargo, conforme iba avanzando el día, inmensos nubarrones ocultaron el apacible cielo y comenzaron a sucederse los truenos y los relámpagos en turnos cada vez menos espaciados. De manera conclusa, la lluvia comenzó a caer tímidamente primero , como un aguacero después.

jueves, 25 de abril de 2013

MARIA CONDUCE (Parte 2)



El motor del coche ruge satisfecho mientras continúa con su ruta. La carretera es una línea gris interminable que se funde con el azul cielo y el verde horizonte a lo lejos. La conductora del vehículo no ha dejado de sonreír ni una sola vez desde que abandonó la gasolinera, contenta de cómo ha empezado el día. Lleva una gorra casi hasta las cejas que Salva, uno de los trabajadores, le ha dado. Sus ojos, ocultos por las gafas, miran hacia el hermoso paisaje que le queda por descubrir, imaginando en su mente el destino donde se encamina.

La brisa es suave, pero a aquellas velocidades el viento juguetea con los cabellos rizados de ella y pugna por arrebatarle la gorra del amigo que dejó atrás. María conduce y, mientras lo hace, exhala una gran bocanada de aire hasta que sus pulmones dicen basta. Al espirar, el viento gana la lucha para hacerse con la gorra y sale volando hacia atrás; María se lleva una mano a la cabeza y, con un gesto que le hace torcer los labios, frena poco a poco hasta situarse en el estrecho arcén, en el que cabe poco menos de medio coche.

sábado, 30 de marzo de 2013

TODA UNA VIDA


Dedicado a Sandra. Feliz cumpleaños, cariño mío. Te iubesc.

Teresa se despierta con una sequedad de boca espantosa. Como casi cada noche, sabe que su medicación surte ese efecto que le hace interrumpir sus horas de sueño. Se da la vuelta trabajosamente en la cama para coger el vaso que descansa apaciblemente sobre la mesita de noche, como cada noche desde que tiene edad para recordar, probablemente incluso antes de conocer a su marido, Mateo, que duerme plácidamente al otro lado de la cama.

Tarda casi un minuto en darse la vuelta y asir el vaso con un temblor apenas perceptible. A los casi ochenta años que tiene, se puede jactar de tener un pulso envidiable. Al cogerlo se da cuenta de que no tiene agua; claro… Antes de acostarse se bebió la que quedaba, pero estaba tan cansada que no tenía ganas de ir a la pequeña cocina de su hogar para llenarlo de nuevo. Se echó a la cama, pensando que tal vez dormiría como un angelito toda la noche. Y efectivamente; así durmió hasta ahora.

Dejó de nuevo el vaso en la mesilla y echó a un lado la sabana y la manta que cubrían su flaco cuerpo. Se calzó y, con el vaso de nuevo en la mano, fue a la cocina arrastrando los pies, intentando no hacer mucho ruido para no despertar a su marido. Tenía el oído muy fino y cualquier sonido, por leve que fuera, le desvelaba en cuestión de segundos.

Mientras iba a la cocina, sonrió. En casi cincuenta y cinco años de matrimonio, el jamás había necesitado levantarse para nada, ni siquiera para ir al baño a altas horas de la noche. En cuanto a ella, parecía una ave nocturna; cuando no tenía que levantarse para orinar, tenía que ir a la cocina a por agua, como este era el caso o incluso, aunque de manera excepcional, para picar algo y sentarse en la mesa mientras leía cualquier cosa: desde un periódico de hacía dos días hasta una revista de cualquier temática o, incluso, un libro de esos que le gustaban a él del oeste, manoseado de tanto uso.

viernes, 29 de marzo de 2013

A LA DERIVA


Aquí estoy, en una balsa mecida por el tranquilo oleaje del océano. Por supuesto, no voy a lamentar en absoluto las razones por las que, en mi existencia, he llegado a este estado. Digamos que ha sido así, y punto.

Llevo viajando, aunque más bien debería de decir a la deriva, innumerables días, quizás incluso hasta años. Junto a mí, siempre cerca, tengo una caja; un cofre, podríamos decir. Nunca lo abro hasta que se pone el sol por miedo a dañar lo que hay dentro. Me es muy preciado y, por supuesto, lo que contiene no es mío, si no de otros.

Olvidad que soy un pirata, por favor. Eso está muy trillado; la idea clásica de que el pirata sobrevive a un motín y hunde el barco con su tripulación para escapar en una balsa con su oro no me pega en absoluto; pero sí que es cierto que dentro de mi pequeño cofre,  hay un tesoro inimaginable que me convierte en el ser más rico del mundo.

Por supuesto, ni que decir tiene que la posesión de tan inigualable riqueza me ha convertido en alguien taciturno, alejado siempre de los demás y muy, muy celoso de su valija. Soy alguien que se toma lo suyo muy en serio.

martes, 12 de marzo de 2013

MARIA CONDUCE (Parte 1)



El asfalto caliente brilla por acción del sol. Las nubes recorren el cielo parsimoniosamente. Corrientes suaves de aire mecen la vegetación salvaje que crece a duras penas en el borde de la carretera. La vía es de dos carriles, cada uno en un sentido. Se trata de una carretera secundaria, poco transitada y con las líneas blancas casi borradas de su superficie. A lo lejos, los montes que se divisan por el horizonte parecen inalcanzables.

Un coche pasa corriendo; respeta el límite de velocidad, sobre unos ochenta kilómetros por hora. El ruido del motor, un ronroneo suave y continuado llena de sonido el paisaje por el que corre. El sol manda sus rayos sobre la carrocería del coche, la cual despide un fulgor rojizo que se mezcla con el dorado de los campos de trigo a ambos lados de la carretera. Las malas hierbas al borde de la vía se inclinan ante su paso como si fuera un heredero al trono de algún exótico país.

María conduce ese coche. Es una hermosa joven de no más de veinticinco años. La velocidad juega con su largo, moreno y rizado pelo, pero no consigue deshacerle ni uno solo de aquellos tirabuzones que la herencia de su difunto padre le dio. En su rostro se ha dibujado una sonrisa plena, llena de esperanzas ante su recorrido y vacía de inquietudes.

EN EL BOSQUE DE LOS VIENTOS


Su fama de aventurero no tenía parangón. Se había adentrado en las selvas más insondables, había recorrido los ríos más peligrosos y no había tenido problema alguno en hacer frente a las cumbres más escarpadas. Nadie sabía si aquellas gestas las hacía por la búsqueda de nuevos retos progresivamente más difíciles, por superación personal o vanidad ante el resto de los mortales.

Cualquiera de las tres opciones le habían conducido, finalmente, ante el Bosque de los vientos, en una zona rural que, francamente, no poseía ningún atractivo. El Bosque de los vientos era una zona plagada de árboles, suelo poblado de fresca hierba y algún claro de tierra aislado entre tanto verdor. Pero poseía una peculiaridad: nadie se había adentrado jamás en el Bosque de los vientos. Cuantiosas leyendas de los habitantes de pueblos colindantes contaban que, los que habían osado adentrarse en su interior, jamás salían. Se recordaba especialmente un caso, hacía ya mucho tiempo, en la que se organizó una batida para encontrar a un muchacho extraviado de una villa cercana y los componentes de aquel desafortunado grupo desapareció como un jirón de niebla.

Pero para Álvaro, pues así se llamaba el aventurero, no existía la palabra miedo en su diccionario personal. Aquellas historias las consideraba falaces y, a esas alturas del siglo veintiuno, supercherías sin ningún tipo de fundamento. Había anunciado ya su intención de adentrarse en aquel bosque; el día de la hazaña, una multitud de curiosos y de admiradores, por no hablar de medios de comunicación, perturbaron por un momento la paz de aquellos pueblos que sitiaban el Bosque de los vientos. Álvaro aseguró que volvería, por supuesto que sí, y que tenía previsto cruzar el bosque pasando, al menos, dos noches en él. Sabía que el bosque tenía un diámetro de aproximadamente treinta kilómetros, lo cual podría hacerlo en un día a buena marcha; sin embargo, prefirió quedarse más tiempo y sepultar aquella leyenda antediluviana en el olvido.

sábado, 1 de diciembre de 2012

LA VISITA


La pequeña Inés mueve su cabeza hacia la izquierda. Todavía no abre los ojos; primero se concentra en respirar. Nota algo en sus fosas nasales, algo que le molesta; se lleva su manita al arco de cupido y descubre un tubo que, conectado a su pequeña nariz, le suministra oxígeno. Incluso aquel movimiento de la mano le duele. Y un destello cruza su mente, haciendo que recuerde todo: Un accidente de coche; su papá conduciendo mientras cantaban los dos una canción que sonaba por la radio; una noche de niebla densa por la carretera; un coche delante de ellos y en dirección contraria que pierde el control; y recuerda el frenazo, recuerda el choque, pero ya nada más aparece en su mente. A partir de ese momento, todo es oscuridad.

Iban a ver a unos amigos para pasar la navidad. Ellos dos solos, unas vacaciones auténticas como nunca habían tenido. Quería mucho a su papá y esperaba que estuviera bien. En cuanto alguien viniera, le preguntaría por él, pues era consciente, por el tubito de la nariz y por aquella cosa que le dolía en el antebrazo y que iba conectada a una bolsa de un líquido transparente que estaba en el hospital. Era una niña lista y espabilada, a pesar de sus siete años.

Sus ojos permanecían cerrados todavía. Dejó caer su brazo lentamente, para intentar evitar el dolor que le atenazaba e intentó concentrarse en respirar, mientras oía sonidos de fondo de personas, seguramente enfermeras, yendo de un lado a otro sin hacer mucho ruido y un pitido intermitente que le resultaba sedante. Siguió respirando al compás del pitido y se sumergió casi al instante en un sueño tranquilo.

Notó que le tocaban la frente. Se removió en la camilla y abrió, esta vez sí, los verdes ojos, herencia de su mamá. El brillo de la luz le cegó momentáneamente y después se acostumbró al destello blanco y  aséptico de las lámparas de neón del techo. Entonces centró su mirada en quien le había tocado, y vio a su papa junto a ella, sonriente. Se fijó en que una banda le cruzaba el pecho y mantenía su brazo en cabestrillo y tenía algunos cortes y arañazos en la cara y en los brazos, pero aparte de eso estaba bien.

- Hola, cariño mío.- susurró su padre sin dejar de acariciar su frente y luego su carita.- Te has quedado dormida…

No contestó enseguida. Se limitó a encoger su rostro contra la palma de su padre, devolviéndole así su afecto. Después las lágrimas pugnaron por salir de sus ojitos y su rostro se contrajo como quien espera llorar. Su papá se sentó junto a ella en la camilla y se aproximó a ella para darle un besito en su blanca frente.

- No llores, pequeña.- le dijo amablemente.- Lo malo ya pasó. Por suerte, eso ya es otra historia y estamos juntos y bien, ¿verdad?

Inés asintió y se rindió a sus lágrimas. No le gustaba ver a su papá con ese aspecto y ese brazo así doblado y vendado, pero al menos estaba allá y eso era el mejor de los remedios. Miró a su padre e intentó hablar, intentó preguntarle qué había pasado y como habían llegado hasta aquel hospital.

- No recuerdo nada…- dijo Inés con voz queda.

- Un coche se salió de su carril y se estrelló contra nosotros de frente, cariño. Los daños fueron importantes, pero por suerte los servicios de urgencia llegaron rápidos y nos trasladaron al hospital más cercano, que es este.

- ¿Cuánto tiempo llevamos así?- preguntó. Tenía la boca pastosa y le costaba hablar, como si tuviera pegamento entre la lengua y el paladar.

- Nos trajeron por la noche, y ahora ya casi está amaneciendo. Mira por la ventana.- y señaló hacia fuera.

Inés vio que el cielo empezaba a clarear en el horizonte. No había mucha niebla, como si el nuevo día que daba paso fuera de primavera y no del triste invierno en el que se encontraban. Siendo consciente de que una lagrima resbalaba por su mejilla, sonrió dando la bienvenida a aquel amanecer. Luego devolvió la mirada a su padre, que también fijaba su vista en la ventana.

- Es muy bonito, ¿verdad, papá?- le preguntó más animada.

- Claro que sí, peque.- le dijo bajando sus ojos a ella y acariciándole el pelo.- Muchos amaneceres nos quedan por ver y disfrutar.

Inés se sentía más que feliz de repente por el hecho de estar allá junto a la persona que más quería en el mundo. Sabía que con él no le podría pasar nada malo… sí; su papá era lo mejor.

- Ahora Inés, tienes que hacer una cosita.- dijo su papá sin dejar de sonreír.

Ella le miró interrogante con una ceja medio arqueada, con ese gesto que tanto le encantaba a él. Sonrió enseñando sus dientes y ella le devolvió la sonrisa. Estaba expectante de la petición de su padre. Este siguió hablando.

- Debes levantarte, cielín. Tienes que caminar.

Inés se quedó aturdida. En su estado y con todos aquellos aparatos a su alrededor, el tubito de la nariz, el tensiómetro en el dedo, la aguja de suero en su antebrazo… no podría siquiera incorporarse. Pero, al bajar la vista hacia su cuerpecito, vio que estaba cubierta con una sábana hasta el pecho y sus brazos estaban desnudos, desprovistos de agujas, sondas y Dios sabe que más. Miró a su padre con sorpresa.

- ¡Me han quitado las cosas, papá!- exclamó sorprendida y contenta.

- Claro que sí. Por eso te dije que debes levantarte y caminar.- contestó él mientras Inés exploraba sus brazos con curiosidad.

No parecía haber ninguna marca de agujas ni nada por el estilo; su padre muchas veces le decía que era una niña fuerte, sana y con la misma facilidad para regenerar heridas que él. Cuando le dijo eso a Inés la primera vez, con cuatro años, la pequeña le preguntó si era porque eran superhéroes y su padre estuvo riendo un buen rato con su ocurrencia.

Pero lo realmente extraño no era que no tenia marcas en los brazos; lo raro era que no parecía sentir ningún tipo de dolor en el resto de su cuerpo. Entonces pensó que se estaba curando rápidamente.

- ¿Has visto, papá? Puedo moverme bien, sin dolor ni nada…- dijo aun sorprendida.

- Pues venga, Inés.- contestó su padre levantándose de la cama y retirando la sábana.- Vamos a dar un pequeño paseo.

Inés comprobó que iba en camisón de hospital, de esos que se abren por detrás y un rubor empezó a cubrirle las mejillas. Su papá fue hasta el armario, lo abrió y sacó una bata rosa, con animales bordados de forma desordenada por todas partes. Era su bata favorita.

- ¿Cómo han traído mi batita?- preguntó Inés abriendo mucho los ojos y la boca.

- No la han traído, cielo. Ya estaba aquí.- dijo mientras la descolgaba de la percha con una sola mano. Luego se dirigió hacia ella.

Inés se levantó, pues no quería que su padre trabajase tanto con un brazo así; al poner los pies en el suelo lo notó frío; descubrió unas zapatillas finas de color azul celeste al lado de la cama y se las puso. Al instante los pequeños pies de la niña se llenaron de un calor agradable que le hizo estremecerse de gusto. Le cogió a su padre la bata y se la puso, abrochándosela hasta el cuello.

- ¿Cómo te encuentras, Inés?- preguntó su padre.

- Estoy bien. Seguro que no me gusto cuando me vea en el espejo porque tendré heridas feas, pero mira: puedo moverme.- y era cierto, pues empezó a bracear y pasear contenta en la habitación.

- Entonces, si puedes andar, estás lista para dar el siguiente paso, pequeña.

- ¿Qué paso?- preguntó deteniéndose.

Se acercó a ella y se agacho hasta ponerse a su altura. La cogió suavemente de un bracito a la vez que Inés le miraba con una mezcla de extrañeza y felicidad. Luego su papa bajó hasta su manita y se la oprimió. Se puso de nuevo de pie y fueron hasta la puerta del cuarto. Allá se detuvieron de nuevo y su papa le puso su mano sana en los ojos.

- Ahora tienes que relajarte y concentrarte en tus latidos, en tu respiración. Lo que vas a ver a lo mejor te choca un poco, pero te preparará para lo que venga después. Yo no te dejaré de la mano en ningún momento, ¿vale?- Inés asintió algo asustada.

Ella hizo lo que le dijo. Se concentró en su respiración, en los latidos de su propio corazón. Y, pasado un rato, escuchó algo más. Era como una especie de pitido muy tenue, como de la máquina que le controlaba las pulsaciones. Ahora funcionaba sola. Pensó entonces que a quién estaba midiendo el pulso. En ese instante, su padre le retiró la mano de sus ojos y ella observó de verdad.

Inés estaba junto a su papá, pero a la vez estaba en la cama del hospital. Estaba entubada y había máquinas a su alrededor que medían diferentes valores de sus constantes vitales. Tenía la cabeza vendada y un collarín le impedía mover el cuello. Bajo la sábana se adivinaba su cuerpecito laxo, casi inanimado. El movimiento de su pecho respirando era la única señal de vida que mostraba.

Vio desde la puerta de la habitación la dificultad que tenía para respirar. Se alzó de nuevo el pecho para tomar aire, volvió a contraerse y ya nunca más se movió. El pip intermitente de la máquina empezó a ser un pitido constante, casi como el heraldo de una nueva muerte. Inés se dio cuenta de que su cuerpo yacía muerto en la camilla. A su lado, la puerta se abrió y entró una enfermera que revisó la máquina rápidamente y luego a ella misma. Después salió corriendo de la habitación hacia el mostrador. Llamó al doctor para que acudiera cuanto antes.

Inés no podía dejar de mirarse a sí misma en aquella camilla. Luego levantó la vista hacia su padre, que también observaba con una mueca de dolor y disgusto, pero también con alivio y entereza. Los dos cruzaron la puerta que la enfermera dejó abierta y, al salir al pasillo, vieron que el médico y dos enfermeras más aparte de la que dio el aviso se dirigían a la habitación apresuradamente.

- Tal vez no te guste ver eso, Inés.- sugirió él.- Ahora que ya has visto lo que quería enseñarte, no es necesario que veas más.

Ella cogió a su papá de la mano mientras atisbaba con el ceño fruncido el cuarto donde intentaban, en vano, reanimarla. Negó con la cabeza y le dio un pequeño tirón en el brazo a su padre.

- No quiero ver más, papa. Vámonos de aquí. Quiero que me lleves a otro sitio. Este no me gusta.- dijo mientras sacaba morros.

- ¿Recuerdas el amanecer que hemos visto por la ventana, tesoro?- preguntó su padre sonriendo de nuevo.- Pues podemos ir hacia allá si quieres. Seguro que es lo más bonito que podemos ver jamás.

El brillo de los ojos de la niña le indicó que, fueran donde fueran, siempre que fueran juntos, sería el lugar mas bonito del mundo. Cogió su mano, esta vez más fuerte, para que viera que era una chica valiente, y empezaron a andar por el pasillo del hospital.

Mientras caminaban, los rayos de sol que empezaban a filtrarse por las ventanas incidieron en su recorrido, iluminando la senda que todos alguna vez hemos de recorrer en busca de mundos extraños y nunca vistos en esta vida.

UNA CORTA HISTORIA DEL REY NELIK


Esta historia ocurrió realmente durante un invierno en el reino de Fereb. El rey Nelik, quien las crónicas describen como un inútil en potencia, salió de caza un invierno, en la época de la tradicional caza del oso de los bosques. Aquel inmenso verdor era ahora un manto blanco, producto de la interminable nevada que había caído dos semanas antes.

El rey Nelik se levantó temprano, pues quería aprovechar las pocas horas de sol que el día le propiciaba para llevar a buen puerto su empresa. Los criados se afanaron para vestir al rey de acuerdo con aquella ocasión y el miraba su porte, orgulloso, en el espejo. Tras un desayuno algo frugal en la sala de invitados, mientras la chimenea rugía con un fuego crepitante, el rey Nelik cogió el viejo arcabuz con el que su padre había luchado en las guerras contra los Torelianos, pensando que representaría un gran honor matar al oso de los bosques con aquel artilugio.

Vestido, desayunado y armado, el rey Nelik se hizo acompañar de un gigante como montura (Pues el rey era de corta estatura) y se acomodó en una especie de arnés que previamente habían puesto sobre la joroba de aquel maltrecho monstruo. Nelik arreó con un arnés al gigante, y este echó a andar por el camino que conducía a los nevados bosques de su reino.

Pasó aproximadamente una hora antes de que el rey se decidiera por uno de los robustos y magníficos árboles que adornaban la extensa llanura. Se trataba de un abeto de fuertes ramas y altura considerable. El rey Nelik, ansioso como era, dio el alto al gigante y le ordenó que se alzara cuanto pudiera en su altura. El rey alcanzó así la rama más gruesa y subió a ella. Cogió el arcabuz y cebó la mecha. Quería estar preparado para cuando el oso apareciera sin correr ningún riesgo. Ordenó al gigante que se fuera de las proximidades para no estorbar su regio objetivo y este comenzó a andar.

El rey Nelik preparó entonces la yesca y el pedernal para hacer fuego y comprobó que el frío no sería obstáculo para ello. Frotó las dos partes con energía. Al tercer intento varias chispas saltaron juguetonas y una de ellas prendió la mecha de arcabuz del rey, que disparó con un sonido estruendoso. La casualidad (o la torpeza del rey) hizo que aquella arma se disparara en dirección al gigante, atravesando una bala su cabeza. El pobre desgraciado cayó al suelo cuan largo era muerto al instante. Y el rey Nelik, sorprendido por el hecho, mas no por su torpeza, fue incapaz de reaccionar.

Dos días más tarde, se organizó una batida, pues el rey no había regresado ni se tenían noticias de él desde su refugio de invierno, que estaba a unas horas de distancia del palacio. A mitad de camino, le encontraron subido en la rama más gruesa del más grueso roble, con el semblante azul, congelado por las inclemencias del tiempo y la fría noche.

En el suelo, a escasos metros del árbol, yacía lo que los lobos habían dejado del gigante. Bajaron al rey como pudieron y dejaron al gigante congelado en el bosque. La noticia se extendió al instante por todo el reino y hasta la última casa del más humilde labriego supo de la última gesta de su majestad.

El rey ha muerto; viva el rey.

sábado, 24 de noviembre de 2012

ESCENAS DESDE MI VENTANA


Son casi las cuatro de la tarde. Ha sido un día frío, con niebla, pero empezó a disiparse sobre las tres, casi después de comer; he subido directamente a mi cuarto, mientras ponía bajita la música, sabiendo que tras la comida y una media hora de televisión o así, subirán mis padres a echarse una siesta. Pero yo no tengo sueño. Prefiero dormir por la noche después de ver una película con ellos y estar sentado confortable en nuestro sillón acariciando a nuestro perro.

Estoy sentado al lado de la ventana, donde veo a la gente pasar; es un barrio muy tranquilo donde vivimos, cerca de unos bosques casi infinitos. Es un buen lugar para vivir, con aire, clima estupendo y agradables vecinos. La calle es un sinfín de baldosas grises , con una plaza central, que van a morir a la calzada. Se oye poco tráfico; hoy es un día muy tranquilo.

De repente, aparece en escena una mujer algo robusta, con un abrigo raído que antaño pudo haber sido de buena piel. Se cubre la cabeza con un pañuelo púrpura con adornos unos tonos más claros que el color de la tela. Su figura es algo encorvada y sus andares lentos. Tras ella un Kobold tira de un carrito de cuatro ruedas que está medio lleno de comida; entre las cosas que se ven desde mi ventana se observa una garrafa de metal, supuestamente llena de leche. Entonces me doy cuenta de quién es la anciana. Es la que cuida de los Kobolds en su casa y procura que no les falte de nada, sobre todo su preciada leche.

Ya casi ha cruzado la calle en dirección hacia su casa cuando aparece el Polifemo corriendo tras ella, haciendo temblar con su paso el embaldosado. Va llamando a la anciana, que se da la vuelta dejando ver su cara amable, acompañada de una sonrisa de afabilidad. El Polifemo se detiene ante ella y puedo oír, de una forma muy tenue, que la cajera del supermercado le ha dado mal los cambios y que salió corriendo detrás de ella. La anciana le dice que no se tenía que haber molestado, que por unas monedas de bronce no pasaba nada, pero el Polifemo se irguió en toda su estatura y le dijo que para él, todos los clientes merecían ser tratados con atención y consideración.

La abuela sonrió y le dio un cachete cariñoso en el costado, mientras el Kobold miraba estúpidamente hacia arriba toda la envergadura del Polifemo. Se despidieron y la anciana continuó su camino, mientras el Polifemo volvía al supermercado.

Unos treinta segundos después una carroza aparcó en el bordillo de la calle y de ella salieron dos hadas del bosque y una ondina; una de las hadas y la ondina llevaban una bolsa cada una y el hada restante iba con dos libros en el brazo; El título de uno de los libros era WICCA ELEMENTAL; se podía ver hasta mi ventana porque refulgía el color verdoso de las letras sobre el marrón de corteza de árbol de las tapas. Venían hablando de estudios en el instituto y de qué iban a hacer al acabar; luego la conversación varió hacia lo que había pasado hacía unas horas en clase.

Mientras iban intercambiando palabras sin parar, detrás de ellas caminaba un chico rubio que sacaba a pasear una Mantícora de precioso pelaje rojo con vetas anaranjadas. La Mantícora bramó emocionada a la vista de las tres señoritas y ellas se volvieron con un pequeño sobresalto y un gritito incluido. El chico rubio las saludó mientras la Mantícora saltaba de pura alegría. Era bastante obvio que se conocían, pues intercambiaron apretones de manos (las hadas no podían besar a un hombre o este dormiría durante cien años o más) y hablaron un rato mientras el chico dejaba libre a su mascota para que corriera en la plaza.

Tras tres minutos de conversación un Ogro vecino mío, que volvía a casa después de una mañana de trabajo, se disponía a abrir la puerta de su casa cuando, sin previo aviso, la Mantícora fue hacia él y le saltó encima. El Ogro trastabilló y se dio de morros contra su puerta. La conversación fue interrumpida por un grito del chico rubio y corrió hacia su mascota para atarla con la gruesa cadena. Las hadas se quedaron algo alejadas y la ondina fue a ayudar al Ogro.

No había sido nada grave, lo que ocurría es que la Mantícora era muy efusiva y creía que todo el mundo tenía ganas de jugar. Y entonces entró en escena la loca del final de la calle. No era muy apreciada por casi nadie del barrio; vino volando desde su madriguera, como buena Arpía, y se metió en medio de la conversación argumentando que esto lo veía venir, que no era posible que una Mantícora paseara por ahí sin un dueño con mano de hierro y que algún día iba a causar un disgusto. El Ogro intentó quitar hierro al asunto, diciendo que ha sido más el susto que otra cosa, pero que no pasaba nada más. La Arpía seguía metiendo baza diciendo que, por el bien del barrio, si no le denunciaba él, le denunciaría ella.

Por suerte, un agente que pasaba por allá montado en un Wyvern se detuvo, alarmado de tanta agitación. El Wyvern aterrizó entre mi ventana y el escenario, quitándome gran parte de la visión. Vi con gran dificultad que el agente se dirigía a la Arpía y al chico e intentaba calmar a la exaltada criatura. La ondina perdió un poco los papeles también diciendo que no tenían por qué tolerar ningún insulto más de esa chismosa y que no había intervenido para nada más que para empezar a hablar a la ligera de lo que le venía en gana.

Tras unos minutos de discusión, el agente aconsejó al chico que no dejara en la plaza a la Mantícora suelta; mi vecino el Ogro dijo que no había pasado nada y no iba a denunciar y la Arpía, que en un principio estaba ávida de sangre, se alejó volando y resoplando. El agente tomó nota de la incidencia, montó en el Wyvern y les deseó feliz tarde. Tras su despedida, salió volando. El Ogro entró en su casa y las hadas fueron hacia donde estaba el chico rubio y le dieron palmaditas en la espalda. Oí que se tal vez un batido de ambrosía con jugo de manzanas doradas le hará olvidar los nervios de estos últimos momentos. El chico accedió y se fue con ellas.

Por donde se iban las hadas y la ondina con el chico apareció una pandilla de jóvenes Ifrit, que volvían al trabajo., tras la pausa para la comida. Hablaban de futbol y de lo que iban a hacer ese fin de semana, si iban a quedar para ver el siguiente partido o tendrían algún tipo de plan.

Uno de ellos dijo que había quedado con una Dao, hija del gran Kan de los elementales de tierra, y que el pasaría de planes, porque era una cita importante. Los demás se burlaron amistosamente del enamorado, y le empezaron a importunar con comentarios, algunos de ellos un poco subidos de tono. Pero el ambiente en general era bastante jocoso.

A unos veinte metros de sus cabezas, un Pegaso hacía carreras acompañado de un Djinn casi igual de rápido que él. Establecían una distancia estirando las nubes como si fueran líneas de salida y de meta y luego se preparaban a que un Grifo echado sobre otra nube, esta más mullida, diera el grito de aviso. Abrí la ventana para verlos mejor. Una Medusa que va a mi clase y que pasaba por allá se acercó a mi con las gafas de espejo (para que al mirarla no me convierta en piedra y, también, porque ahora salió el sol) y, con aire festivo me dijo que si estaba viendo la carrera que iban a hacer el Pegaso y el Djinn.

Le dije que sí, y que si le hacía una apuesta. Ella me respondió afirmativamente y se jugó tres monedas de plata a que ganaría Pegaso. Yo aposté cuatro por el genio Djinn. Los dos allá en las alturas estaban muy nerviosos y, cuando el Grifo chilló, los dos salieron volando como centellas. Llegaron a la meta casi a la vez, pero ganó el Djinn, tan como yo aposté. Medusa pataleó en el suelo y sus uñas de reptil arañaron el suelo, pero me dio las tres monedas de oro que me había prometido. Dijo que jugar a apostar no se le daba nada bien; yo le contesté que al menos la carrera había valido la pena. Ella asintió fastidiada, pero dijo que si había de nuevo otra carrera recuperaría su dinero. Luego me sacó su lengua bífida y, sonriendo, se fue por donde había venido.

Tras aquella carrera vi a la Nagas venir hacia mi casa. Hora de visita. Miré el reloj y me asombré de que ya hubiera pasado una hora y media asomado a la ventana, sin hacer nada más que mirar. La Nagas me miró con sus ojos dorados de serpiente y sonrió mientras se acercaba a la puerta de manera reptante. Luego me saludó sonriente y le devolví el saludo. Había que ser educado con los amigos de la familia; Tras ella venía un Sátiro, con el que estaba saliendo ahora. Parecía un buen tipo, pero a veces mamá decía a papá que le gustaba mucho ir detrás de las ninfas. A mi me parecía de tontos, pues la Nagas era bastante hermosa de rostro.

Abandoné la ventana y fui hacia la puerta de mi cuarto. Pegué la oreja y les escuché saludarse mutuamente. Mis padres estrechaban la mano, como buenos anfitriones, e invitaban a que pasaran al salón. La Nagas contestó con voz susurrante mientras el Sátiro permanecía en silencio.

Mis papás me habían dicho que, cuando viene una visita, hay que acudir al salón y saludar, incluso quedarse quietecito y ser buen chico. Yo miré por mi ventana. Justo ahora pasaban siete enanitos con una hermosa joven que llevaba del brazo a su madrastra, una bruja bastante amable que era la frutera del barrio.

Mientras les observaba desfilar, suspiré; la visita de la Nagas me impedía seguir mirando el barrio por la ventana; abrí la puerta de mi cuarto y fui al salón a recibirles.

domingo, 18 de noviembre de 2012

HARTSEER


Inspirado en Hartseer, de Bart Claessen

Encerrada en su habitación, en un rincón donde las sombras lamían las paredes, se encontraba ella, sentada, con las manos en los oídos, escuchando los latidos de su corazón, rítmicos en su esencia más que el vaivén de sus pensamientos. Se tapó más fuerte los oídos, ejerciendo una presión casi de autolesión, y escuchó un pitido lejano, acompasado con su órgano vital. Cerró los ojos y se contrajo más en aquel rincón, deseando no existir, ni ser, fundirse en la nada. Era un no parar.

De repente, cuando el eco sordo de sus latidos y el pitido se hacía más intenso y su cabeza parecía estallar, un canto como de sirena que oyó dentro de ella, le hizo abrir de nuevo los ojos ante el nuevo panorama que se le presentaba. Ya no estaba en su rincón; ya no había sombras allá donde estaba sentada; ya no era algo conocido.

Atrás veíanse unas puertas que subían hasta arriba, más allá de donde alcanzaba la vista; eran unos portones de madera maciza, casi como roca, pero de alguna manera parecían más orgánicos que la madera, al igual que las paredes de aquella construcción donde se hallaba. Miró alrededor con pena, con dolor, al no saber dónde se encontraba, mirando hacia todas direcciones, intentando encontrar algo familiar, algo a lo que acercarse y quedarse allá.

Fue en ese momento cuando se dio cuenta de que estaba vestida, no ya con esos pantalones cortos y la camiseta de tirantes que él le había regalado, si no con un vestido violeta vaporoso, que parecía mecerse con la atmósfera, como si estuviera sumergida en agua y los pliegues del vestido obedecieran a corrientes subterráneas. Se miró de arriba abajo, pero incluso sus movimientos resultaban lentos en aquel espacio tan abierto, parecido a una catedral.

Sus pies descalzos sintieron poco a poco el suelo marmóreo, frío al primer contacto; y cuando echó a andar, parecía que miles de agujas se clavaban en las plantas, como un hormigueo al principio, con sufrimiento posteriormente. Pero ella prefirió seguir adelante, y alejarse de aquellas colosales puertas hacia donde suponía que estaba el centro de aquel enorme palacio. Era consciente de su propio movimiento como narcotizada, muy despacio, viendo como hasta las finas partículas de polvo flotaban a su alrededor, mientras los extensos ventanales, a veinte metros de altura al menos, proyectaban una luz que se concentraba en el pasillo central de aquella nave ciclópea.

Cada paso que daba le provocaba un dolor que le azotaba hasta muy dentro de ella, pero sabía que tenía que seguir. Y entonces fue cuando descubrió que podía elevarse poco más de un metro del suelo y, con solo su voluntad, dirigirse sin dolor hacia donde quería ir. Pero su avance era lento y, mientras iba flotando hacia el centro, observó con detenimiento donde estaba.

Las paredes eran de piedra, parecida a la arenisca, y en algunos tramos aparecían decoradas con tejido que parecía terciopelo, de la tonalidad del vino; pero aquellas paredes parecían rezumar vida, y no eran del todo lisas y talladas; al contrario, tenían oquedades distribuidas de forma desigual y de diferentes tamaños.

La parte lateral se separaba de la nave central por unas columnas que parecían ramas de árboles retorciéndose sobre sí mismas y cuyo resultado final era una grotesca parodia de un tronco de drago. Estas columnas también estaban decoradas con tapices púrpuras y filigranas doradas en los bordes sin ningún dibujo concreto. La luz y las sombras dibujaban en los tapices extrañas formas, como si el aire jugara con ellos.

En la nave central se encontraban las bancadas diseminadas de cualquier forma, pero dejando siempre el pasillo que conducía al altar transitable. Aquellos asientos poseían el polvo de los siglos y la desesperación de los rezos sin contestación. Allá se sentaba la desesperanza.

Trató, al observar aquellos tristes bancos, de ir más deprisa, pero no pudo. Miró entonces al suelo y vio que aquellas baldosas frías dibujaban mosaicos que le resultaban familiares. Eran episodios de su vida desde el primer aliento en el mundo hasta casi el momento presente, pero la realidad que se iba a encontrar más adelante sería mucho más cruda.

Durante lo que le pareció una eternidad, mientras el silencio de la nave era ocupado progresivamente por ese pitido de sus oídos y de vez en cuando aquel canto de desasosiego, siguió avanzando en levitación. Y llegó al cuerpo central de la catedral. Y vio que el altar estaba justo en el crucero, no en el ábside. Allá los asientos estaban ordenados, bordeando lo que se encontraba en el altar. Bajó al suelo y allá se encaminó hacia aquel objeto tan familiar y tan odiado por ella. Lo acarició con gesto apesadumbrado, con un dolor en el pecho tan increíble que no se podía describir; cerró los puños sobre la superficie que acababa de tocar y descargó un golpe sobre el ataúd.

Echó la cabeza hacia arriba y gritó; pero fue un grito amortiguado, como si se escuchara desde una habitación acolchada. Y, tras ese desgarrador aullido, mientras las lágrimas corrían por su rostro y le quemaban como fuego, el ataúd se abrió y cientos de miles de mariposas salieron de él en una espiral de color turquesa, mientras la luz que entraba por las ventanas daba paso a una oscuridad progresiva que daba brillo a las alas de aquellos infinitos insectos.

Y, cuando llegaron al punto más alto que podían llegar, se precipitaron hacia ella y la rodearon, elevándola de nuevo del suelo, mientras los portones se abrían lentamente hacia dentro dejando paso hacia un terreno incierto. Las mariposas la condujeron hacia el exterior de aquella catedral, lejos del daño que había sentido por su ser querido.

El corazón le seguía latiendo; los oídos ya no le pitaban; pero notaba las lágrimas caer sobre su mano, apoyada en la rodilla. Y entonces se percató de que volvía a estar de nuevo en el rincón, recogida en sí misma y llorando por la pérdida de su marido, cuatro días atrás. Seguía envuelta en las sombras como si estas fueran un sudario.

Una mariposa flotaba ante ella en la semioscura estancia, pero no la veía. Todavía no.

LA LLUVIA



- Parece que va a llover.- dijo su hijo.

El padre miró hacia el cielo y vio inmensos nubarrones que se acercaban por los cuatro puntos cardinales. No tardaron en ocultar el sol tras su plomizo velo. El padre hizo una mueca de disgusto y conformismo a la vez, mientras se mesaba la poblada barba blanca. Calculó que, como poco, le quedaban unas cuatro horas antes de que los cielos descargaran el líquido elemento.

- Padre, ¿qué haremos si no acabamos a tiempo?- preguntó su segundo vástago.

- Procuremos que eso no pase, hijos.- respondió sin dejar ni un instante de mirar al cielo.- Acabaremos a tiempo, sí. Id con vuestras mujeres y apresuraos a volver deprisa. No me gustaría estar aquí cuando comience la lluvia.

Dejaron de trabajar la madera obedientes y acudieron a sus casas a por las respectivas parejas. El padre bajó la vista y sus ojos enfocaron a la polvorienta tierra con un brillo de tristeza.


Hacía ya varios meses que trabajaba en una construcción de madera de proporciones gigantescas; nunca se había visto nada así en la faz de la tierra. Los vecinos le preguntaban curiosos que a qué se debía aquello, pero él solo contestaba con un encogimiento de hombros y una mueca de conformismo, como si dijera: “Es lo que toca hacer”. Pronto sus convecinos pasaron del asombro y la curiosidad a la burla, asintiendo con vehemencia que se había vuelto loco y que esa construcción enojaría a los dioses; aun así, siguió empecinado en acabar cuanto antes, pues en su fuero interno sabía que el tiempo llegaba a su fin.

Cuando estaba ya casi acabada, y solo faltaba una cubierta, hizo lo inesperado. Empezó a meter animales dentro de ella. Los vecinos estaban que no cabían en su asombro. ¿Qué esperaba, con aquel zoológico? ¿Acaso era esa la función de semejante cosa? Todos los paisanos del anciano padre miraban como, por parejas, animales de todas especies desconocidas eran introducidos a la construcción de madera que cada vez se asemejaba más a una barca de dimensiones gigantescas. No intervinieron para impedir aquello, pero no dejaban por ello de insultar a Noé, que así se llamaba el viejo padre, y decirle que era un estúpido.

En eso, sus pensamientos volvieron al cauce de la realidad, dejando de rememorar acontecimientos anteriores, y volvió de nuevo al trabajo. Quedaba muy poco; muy, muy poco para acabar la obra que tenía entre manos. Aquel arca debía de terminarse a lo sumo en un par de horas. No había que perder tiempo en nada más que en eso, pues el cielo había anegado a la tierra en una oscuridad casi semejante a la noche sin estrellas y sin el brillo de la luna.

Los hijos de Noé llegaron con sus mujeres, portando estrictamente lo necesario y Noé les exhortó que subieran a la barcaza las mujeres y que sus hijos atendieran las pequeñas reformas que restaban para que todo quedara terminado. Pasó una hora de trabajo en el que ultimaron los preparativos.
Mientras los hombres se afanaban en el acabado del arca, las mujeres se ocultaban en la cubierta bajo los velámenes e izaban su vista temerosas de que la lluvia comenzara de un momento a otro.

Al cabo de unos minutos, tras rematar la faena, la primera gota cayó en tierra, a los pies de Noé. Enseguida gritó a sus hijos que subieran a bordo y que recogieran la pasarela. Al acabar su orden, un estruendoso trueno se oyó en toda la llanura. Parecía que el cielo se rompía en mil pedazos. Y entonces la lluvia comenzó a caer; despacio primero, a cántaros después. A dos metros de donde se hallaba cualquiera, no se veía nada; Era como vivir debajo de una catarata. Los vecinos se encerraron en sus casas temerosos de que los dioses les hacían pagar por los pecados de megalomanía de Noé. Otros, los más valientes, si es que a eso se puede llamar valentía. Acudían corriendo hacia el arca para gritar y blasfemar contra el viejo padre y su prole, que estaban dentro y, en teoría, a salvo. Estos fueron los primeros en ahogarse.

Tras diez minutos de una intensa lluvia como no se ha visto jamás sobre el planeta, la tierra no podía verse en varias leguas a la redonda. Las casas se desmoronaban como si estuvieran hechas de mantequilla y la gente luchaba para salir a la superficie. Pero tarde o temprano sucumbían a la inmensa fuerza del agua que arrastraba todo lo que encontraba con implacable poder. Noé y su familia lo contemplaban todo desde la cubierta con creciente horror; sin embargo, este pensamiento dejó aflorar otro de alivio, al saberse salvados de tal tragedia. El cielo bramaba con el sonido de mil tambores y el agua que caía a raudales hacía desaparecer cualquier atisbo de existencia, ya fuera animal o vegetal.

Noé, junto a su familia, no pudo menos que alegrarse de que todo aquello estuviera ocurriendo en aquel momento y que, a pesar de las burlas de sus vecinos y paisanos, se había cumplido lo que los dioses habían mandado. Rió fuerte junto a su familia mientras miles se ahogaban y la vida daba paso a una desolación líquida hasta donde alcanzaba la vista. Rió por todos aquellos estúpidos que le habían desafiado; por aquellos que, aun viendo lo que se aproximaba, no mostraban ni un atisbo de comprensión por su obra. Rió porque los dioses le habían elegido a él, de entre todos los hombres, para salvarse.

Se rió de todos los pobres desgraciados que yacían en las profundidades de los nuevos mares que ahora se abrían ante ellos como un manto azul interminable. Rió hasta que le saltaron las lágrimas… y su familia reía con él en plena comunión con los pensamientos que Noé tenía.

 De repente, un rayo más brillante que el más brillante de los soles cayó desde el cielo e iluminó aquella vastedad. Noé, a pesar de ello, siguió riendo junto a su familia en la cubierta del arca. Un nuevo rayo refulgió entre las plomizas nubes y dio de lleno en aquella inmensa embarcación, reduciendo a ceniza casi instantáneamente a sus tripulantes, tanto a los hombres como a los animales; aquel rayo hizo estallar el arca en millones de astillas que se desperdigaron por doquier. Y entonces la vida dejó de existir para siempre en aquella tierra.

Mientras las cenizas de los últimos supervivientes reposaban en el fondo de los recién formados mares, la lluvia seguía cayendo en la superficie. Y no hubo más rayos. Y los truenos se apaciguaron en las alturas.

Tal vez los dioses consideraban, una vez borrada la existencia vanidosa de los hombres, volver a comenzar de nuevo.