Dedicado a Sandra.
Feliz cumpleaños, cariño mío. Te iubesc.
Teresa se despierta con una sequedad de boca espantosa. Como casi cada
noche, sabe que su medicación surte ese efecto que le hace interrumpir sus
horas de sueño. Se da la vuelta trabajosamente en la cama para coger el vaso
que descansa apaciblemente sobre la mesita de noche, como cada noche desde que
tiene edad para recordar, probablemente incluso antes de conocer a su marido,
Mateo, que duerme plácidamente al otro lado de la cama.

Dejó de nuevo el vaso en la mesilla y echó a un lado la sabana y la
manta que cubrían su flaco cuerpo. Se calzó y, con el vaso de nuevo en la mano,
fue a la cocina arrastrando los pies, intentando no hacer mucho ruido para no
despertar a su marido. Tenía el oído muy fino y cualquier sonido, por leve que
fuera, le desvelaba en cuestión de segundos.
Mientras iba a la cocina, sonrió. En casi cincuenta y cinco años de
matrimonio, el jamás había necesitado levantarse para nada, ni siquiera para ir
al baño a altas horas de la noche. En cuanto a ella, parecía una ave nocturna;
cuando no tenía que levantarse para orinar, tenía que ir a la cocina a por
agua, como este era el caso o incluso, aunque de manera excepcional, para picar
algo y sentarse en la mesa mientras leía cualquier cosa: desde un periódico de
hacía dos días hasta una revista de cualquier temática o, incluso, un libro de
esos que le gustaban a él del oeste, manoseado de tanto uso.