El Kuei apareció a mi
espalda de entre las sombras, con su eterno camisón y nubes vaporosas a su
alrededor. Su pose era erguida y se dirigía hacia mí sin mover ni un ápice sus
piernas. Levitaba a un palmo del suelo y, a un palmo de distancia de mi
espalda, se detuvo. Sus ojos lechosos y sus dientes de tiburón dibujaron una
sardónica sonrisa.
Me volví para recibirle, pero detrás de mi no había nadie. Si para eso
había aparecido, podría haberse ahorrado el espectáculo; nuevamente me equivoqué,
pues al mirar de nuevo al espejo me lo encontré cara a cara, sentado como un
buda enloquecido sobre la encimera de mármol.
- ¿Qué guardas en tu mente, qué
tan celosamente escondes a ojos mortales y mentes eternas?- preguntó.
- No tengo nada que ocultar, si
te refieres a eso.- respondí con cara de póker. Sus truquitos de aparecer aquí
o allá no lograron en el pasado sobresaltarme, mucho menos ahora.
- ¿Ignoras que uno de mis muchos
poderes es leer lo que tus ojos luchan por no mostrarme? Mi vínculo contigo es
fuerte, pues proviene de la muerte; solo tú puedes ayudarme a eludirla.
- Pensaba que ya estabas tieso y
enterrado.- contesté intentando mirar al espejo.







