Guardó la foto y se despidió de aquel pintoresco hombre tras haberle
pagado dos euros. Tal vez era una estupidez que anduviera un fotógrafo
callejero haciendo fotos por dos euros cada una, pero era algo que le resultaba
encantador, como muy vintage.
Mientras esperaba a su cita, miró su reloj de pulsera; todavía era pronto para
empezar a impacientarse. Ella siempre era puntual, siempre estaba allá mucho
antes de que su acompañante llegara generalmente con un cuarto de hora de
retraso, ocasionalmente con solo cinco minutos y muy de vez en cuando puntual.
Por supuesto, llegar antes de la hora era casi una quimera.
Como iba muy sobrada, según marcaba su minutero, se dispuso a
contemplar la foto que aquel hombre (poco agraciado por cierto) le había sacado.
Registró su bolso con cuidado y la extrajo con un cuidado casi ceremonioso. Era
una foto polaroid. Resultaba bastante increíble que a estas alturas una persona
echara fotos con una polaroid e inmediatamente se acordó de cuando era más
pequeña, casi sin contar los cuatro años, cuando papá le retrataba para el día
de su cumpleaños o, simplemente, porque era su princesa.
La foto en sí no era nada del otro mundo; ella se veía elegante,
vestida de manera cosmopolita pero sin ser extravagante. Un foulard verde le
ocultaba el largo cuello blanco y sus ojos, casi del mismo verde que el
pañuelo, miraban al frente acompañados de una sonrisa que más bien era una
mueca sardónica muy natural, para nada forzada. El cuerpo reposaba sobre la
pierna izquierda mientras la mano derecha con el brazo arqueado aferraba su
cadera. La blusa blanca marfileña destacaba una figura esbelta, que no
descarnada, para ir a morir a unos pantalones vaqueros algo desteñidos de color
añil. La polaroid había captado en sus ojos, en su sonrisa y en su pose todo el
esplendor de su personalidad. Era una mujer joven segura de sí misma y con todo
el futuro por delante.
El paisaje era la plaza donde estaba esperando, ni más ni menos; Se
trataba de una ancha extensión de adoquines de piedra y en el centro de
semejante plaza se erguía una fontana
que distraía al gentío con sus juegos de luces y saltos de agua. Las
palomas surgían por detrás de ella en la foto alzando el vuelo, como si les
urgiera alcanzar el cielo, de manera que solo se podría averiguar que eran
palomas por la silueta borrosa de las mismas.
Lo que más curioso le pareció fue que, a pesar de que la plaza era un
lugar frecuentado y en exceso transitable a cualquier hora, solamente aparecía
ella como elemento humano; absolutamente nadie más, ni siquiera cerca de la
fuente. Su mirada fue hacia abajo y detectó un pequeño fallo que podría haber
pasado inadvertido para una persona que la observara por un instante. Los
zapatos con los que se calzaba
estaban como cortados a medio pie. En la polaroid se presentaba como si
no tuviera dedos de los pies.
“Una cámara de ese tipo es
bastante vieja; normal que haya tenido un fallo de impresión. Aún así, la
fotografía es preciosa” pensó mientras la repasaba una y otra vez con su
atenta mirada, en busca de alguna otra tara.

A las dos horas de estar juntos en la terraza, es cuando empezó a
sentirse verdaderamente mal. Quizá se debiera a los dos cafés con hielo que se
tomó o tal vez al Martini seco a modo de vermouth de después. O tal vez se
tratara de todo esto combinado con el calor que todavía hacía, a pesar de estar
anocheciendo. Se llevó la mano derecha a la sien y se la masajeó
disimuladamente mientras centraba la mirada en su interlocutor concentrándose
en lo que le estaba diciendo. No quería que se diera cuenta de que estaba
pasando por un mal momento en esos instantes, pero al cabo de un par de minutos
fue imposible seguir disimulando y le comunicó a su pareja, mientras cerraba
los ojos, que se encontraba terriblemente mal. El hombre, preocupado, le
preguntó si era por algo que había comido o bebido, pero no le pareció que el
estómago le estuviera jugando una mala pasada.
Abrió los ojos y trató de enfocarle bien y le dijo con una voz que le
sonó extracorpórea que posiblemente fuera por el calor. Suspiró de mala gana
expulsando el aire a intervalos temblorosos y pareció relajarse. Su pareja no
le quitaba los ojos de encima. La conversación llegó a punto muerto y él pidió
un vaso de agua. Se lo trajeron inmediatamente e invitó a que se lo tomara.
Ella le hizo caso y se bebió el agua a sorbos irregulares. Dejó el vaso en la
mesa y trató de reanudar el diálogo que había entre los dos antes de esa
inoportuna interrupción. El hombre volvió al hilo, algo más cauto, sin perder
de vista a su compañera por si acaso mostraba de nuevo signos de malestar.
Ella pareció sobrellevarlo bien; incluso se irguió en la silla
tranquilamente mientras se apoyaba en los reposabrazos del asiento y le miraba
fijamente. Ella hablaba más pausado, de forma casi mecánica, como si estuviera
soportando un gran dolor; de hecho, lo que en esos momentos sentía era
semejante a como si le arrancaran algo desde dentro, algún órgano vital, acaso
el corazón.
Mientras el dialogó volvía de nuevo hacia él, ella asió gradualmente con fuerza el apoyabrazos y su respiración se hizo más jadeante.
Y entonces ocurrió lo inexplicable: De repente, se levantó de la silla
como si hubiera recibido una descarga eléctrica y un grito agudo y penetrante
que heló la sangre de su acompañante salió de su garganta mientras las manos,
transformadas en dos garras le tapaban el rostro. La gente a su alrededor se
volvió atónita al espectáculo que aquella mujer daba en medio de la terraza.
Tras ese grito que dejó literalmente clavados a todo el mundo en sus asientos o
en el paseo, ella se echó a correr, junto con el bolso, hacia el interior del
local sin dejar de chillar como si le
estuvieran extirpando el alma.
El hombre, tras un momento de vacilación, se aprestó a seguirla dentro
del café. Y ella, de algún modo, había encontrado los baños de mujeres yendo
como iba a ciegas. Los camareros y algún que otro pinche de la cocina iban
secundándole a una distancia prudente, como que eso no iba con ellos pero
querían cerciorarse del desenlace. Él se acercó a la puerta y oyó que ella
parecía ahogarse con sus gritos hasta que finalmente escuchó como un maullido,
como si alguien en sueños hiciera un sonido inarticulado seguido de un sonido
seco. Llamó a la puerta, mas no contestó nadie. Probó a decir su nombre, pero
fue también en vano. Finalmente, tras unos segundo de vacilación, entró en el
baño de mujeres.
El escenario que se encontró no podía ser más extraño. Ella no estaba,
a pesar de que había indicios de que así había sido hacía un momento. El
foulard descansaba casi a punto de caerse al suelo sobre el lavabo y el bolso
estaba en el suelo, abierto, de costado y dejando que todo lo que tenía dentro
se esparciera por el baño. Había entre todas las cosas diseminadas un
pintalabios, un pequeño set de maquillaje, un espejito de mano que se rompió,
el monedero donde guardaba el dinero y la documentación, un paquete de pañuelos
y un objeto cuadrado negro. El hombre miró sin saber que estaba mirando y de
pronto cayó en la cuenta. Era la polaroid que le mostró hacía un par de horas.
Se agachó para cogerla, pues estaba del revés y le dio la vuelta mientras los
camareros y algunos curiosos se acercaban con cautela a la escena.
En el rostro del hombre se dibujó una mueca de extrañeza e
incomprensión al observar la foto: Pues en ella solo se veía la plaza con la
fontana y las palomas levantar el vuelo, como una sombra borrosa que se yergue
hacia el cielo; pero su acompañante, la mujer, había desaparecido.