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miércoles, 31 de octubre de 2012

AGENTE DEL CAOS (Agente Del Caos) Cap. I (Parte 2)



No reparé en aquella otra persona; estaba sentada placidamente en una silla, una pierna por encima de la otra. Era una mujer joven, asiática, de tez pálida, cabello largo y negro recogido en una coleta y cuerpo delgado. Aparentaba unos veinticinco años y vestía al modo tradicional chino. Estaba medio en penumbra, medio en la luz. Miré hacia allá y, cuando la vi, se levantó de la silla. Era anormalmente alta en relación con las mujeres de su raza, pues mediría alrededor de uno ochenta, y no me sacaba la cabeza por poco.  Siguió hablando en un castellano muy correcto.

- Hunluan significa caos y tu eres su agente. Uno de los pocos que pueblan el mundo; y, como tal, debes de servir a los designios para el que has sido nombrado.

- ¿Qué?¿Te refieres a una niña diabólica de unos diez años que se apareció en mi casa porque sí?¿Eso quieres decir?

Ella, en vez de turbarse, sonrió. Casi se podría decir que se estaba burlando de mi.

- No; ella es uno de los innumerables instrumentos de los que se sirve el equilibrio. Tu eres un compañero del equilibrio, un agente del caos. Cuando uno cae, su opuesto desaparece. Ese es el renacer de otros dos. Y, como tales, estáis destinados a cumplir la misión del equilibrio universal.

- Oye… todo esto queda muy Zen y muy bonito, pero verás… Os habéis equivocado de persona. Yo no tengo nada que ver con esto. Solo soy una persona normal y corriente en una ciudad corriente. Todo esto me parece un poco… como un cuento.

La joven china me escuchó pacientemente, pero sin oír nada, porque prosiguió con sus disertaciones.

- Madre Zhi ha penetrado en tu corazón y ha visto en sus ojos ciegos tu alineamiento. Ella no se equivoca nunca, y tu perteneces a ese signo. A él debes tu vida y tus acciones. No puedes evitar ser lo que eres, de la misma manera que tampoco puedes ignorarlo.

- Muy bien; supongamos entonces que tienes razón, que la señora Zhi no se equivoca nunca, y que soy… eso que has dicho. ¿Qué se supone ahora que tengo que hacer?

- En el mundo siempre hay quien atenta contra el cero. Ese punto clave en el que se sostiene todo el universo infinito. Por eso nos debemos a dos fuerzas complementarias y a la vez contrarias, dos fuerzas de las que tu y varios más sois presencia mortal en el mundo. Vuestra es la misión de velar por el equilibrio universal haciendo lo que sea necesario, pues aquí el fin lo es todo.

- ¿Quieres decir que… que si llegara al caso tendría que matar?

- Si es necesario… todo vale en pos del equilibrio. Lo vivo está en concordancia con lo muerto, el día con la noche, el mar con la tierra y lo material con lo espiritual… todo tiene no su contrario, sino el equilibrio entre las fuerzas. Esas líneas se rompen constantemente, y depende de los agentes del orden y del caos el que eso sea remendado.

Creo que en ese momento, me rendí. Se me acabaron las preguntas, aunque tuviera la cabeza llena de dudas. Siempre he sido una persona bastante cabezona, dura de mollera y, en ocasiones, aferrado a mi realidad, aceptándola como se acepta que el cielo es azul; pero esto… esto sobrepasaba como mucho mi capacidad de imaginación, que era algo escasa. La joven me invitó a pasar a través de las cortinas por donde un instante antes se metió la anciana. Acepté la invitación y ella me siguió.

Lo primero que me encontré, fueron unas escaleras que conducían hacia abajo. Estaban escasamente luminadas por tres bombillas desnudas en hilera. Bajé hasta una habitación donde supuestamente estaba la mujer vieja. La estancia era mayor de lo que en un principio había creído. De hecho, era enorme. Y, a pesar de las dimensiones normales del local, aquella habitación al menos le doblaba el tamaño.

 Las paredes estaban desnudas y parecían esculpidas en roca viva. En el mismo centro de la sala, había una mesa octogonal de media altura y, en el centro de esta mesa, un juego de esos de bolas de movimiento perpetuo que se chocaban constantemente y se asemejaban al sonido de un carillón. Sentada en un cojín inmenso, se encontraba la vieja oriental. Si no supiera que era ciega, pensaría que estaba contemplando aquella maquina de movimiento perpetuo. La luz que iluminaba únicamente la mesa y alrededor de un metro de diámetro de esta, provenía de alguna parte del techo. Era tan intensa, que se diría que estaba suspendida en el aire, ya que no se veía ningún cordón o cable. Miré hacia atrás, y la enigmática joven me señalo con la cabeza que fuera hacia ella.

Allá fuimos los dos. Me invitó a sentarme con un gesto de la mano y me puse a un lado de la anciana mientras ella se ponía al otro. Cuando la anciana se percato de nuestra presencia, hablo con la joven en su incomprensible idioma y esta le contestó de manera pausada, como cuando habló conmigo allá arriba. Mientras hablaban, mire en derredor y ante nosotros se extendía la completa oscuridad. Aún así, notaba como había cientos de presencias, como si algo allí en la oscuridad respirara. Escuchaba atentamente jadeos y respiraciones entrecortadas y las voces de las dos mujeres se silenciaban gradualmente en mis oídos. Solo escuchaba aquella habitación, aquel santuario salido de Dios sabía dónde. Finalmente, cuando la joven se dirigió hacia mí, deje de oír esos hechiceros suspiros.

- Madre Zhi pregunta que por qué tu corazón esta receloso de lo que se te ha desvelado.- dijo dulcemente.

- Esto… esto es difícil de creer.- contesté.- El hecho de encontrarme aquí, cuando hace cinco minutos estaba en una tienda de todo a cien… Eso ya supera todo lo real.

La joven le tradujo a la anciana lo que le dije y me concentré en ellas dos solo por no oír esos latidos de respiraciones que se agolpaban a nuestro alrededor. Es más, luchaba hasta contra mi voluntad para no volverme y, mucho más, para no echarme a correr.

- Madre Zhi dice que en esta sala debes dejar que el conocimiento te llene tal como el agua a una jarra. Solo en este sitio lo lograrás. Lo que afuera hay tras el circulo de luz no son mas que sombras de dudas.

- Te aseguro que queda muy bonito así dicho, pero lo cierto es que todo lo que a lo largo del día ha ocurrido, me resulta muy, muy irreal.

- El miedo no aliado, compañero de equilibrio.- dijo entonces la anciana en un pasable castellano.- A partir de ahora, verás cosas que agotan alma, cosas que no creer. Cosas que permanecen en las sombras. Esta noche ver una de ellas, ¿verdad? Un Kuei te avisó de ello.

- Un Kuei es para nosotros un fantasma, un ente maligno. Suele engañar a las personas débiles para que ocupen su lugar en el abismo.- explicó la joven.

- ¿Y esto que tiene que ver conmigo?¿Por qué se me apareció a mi entonces?¿Quería mi condena o así? - pregunté.

- Kuei espíritu atormentado. Sirve tan bien al equilibrio como los benévolos. Salvación para él posible si manda almas al infierno. El escoge Hezuo huoban  en tierra. Ser alma perdida. Tu traer almas perdidas al abismo.

- ¿Qué es eso?- pregunté.

- Significa compañero. La muerte a través del alma en sueños atrajo a este Kuei hacia ti y el, a través del equilibrio, te escogió para ser su compañero.

- ¿Quieres decir que tengo que matar a otras personas para que ese maldito fantasma se libere de su castigo?

- No castigo.- contestó la anciana Zhi.- Solo querer salvación. Tu ser instrumento de Kuei y el ser de equilibrio. Tu servir a equilibrio.

- Tu alineamiento es del caos, puesto que ayudas a un espíritu atormentado a liberarse y a optar por el perdón eterno. Debes de destruir una vida corrupta y malvada y mandarla al fuego purificador.

- Eso es un asesinato.- contesté.- Me parece increíble lo que estáis diciendo. Esto es la edad contemporánea, no el medievo. No se puede matar a nadie por ninguna razón, y mucho menos para salvar a un espíritu. Es de locos…

- Tu misión no es matar a una persona.- replicó la joven oriental.- Es devolver todo cuando desestabilice al equilibrio a su línea correspondiente. Si matas, la sola acción de matar puede desnivelar la balanza. Es lo que te ha pasado mientras dormías; tu fuerza ha costado una vida. Y esa vida ha consumido otra. Son dos desajustes que hay que resolver. Y eso es lo que está pasando ahora. Debes aceptar lo que se te dice, pero no por orden nuestra, sino por designio superior. Llámalo Dios, Buda, Alá o como te plazca, pero no deja de ser una fuerza omnipotente que nos sostiene a todos.

- Entonces, ¿no se trata tan solo de matar a una o varias personas para que ese Kuei descanse?¿Es mucho más que eso?

El asentimiento de la anciana fue más que suficiente para dar una respuesta. Noté como se me caía el alma a los pies y me preguntaba cómo pretendían que cumpliera mi misión. La anciana habló esta vez.

- Jia Li enseña bien. No debes de dejar tu vida atrás, pues eso es parte de ti ahora. Tienes que seguir como ahora. Solo que ahora sabes más. Jia Li se encargará de ti y te dirá como hacer. En este mundo existen Kuei crueles disfrazados de hombres y mujeres. Tu deber es acabar con ellos. Jia Li explica a ti como se hará, pero no aquí. Este sitio es centro. Debes salir de aquí.

Hasta ahora no noté que, aparte de la luz que nos iluminaba a nosotros, no había ni una luz ni media; es decir, el pasillo con las escaleras que nos condujeron hasta abajo, había desaparecido y solo quedamos allá nosotros tres, en aquella mesa con esa maquina de movimiento perpetuo, esa especie de luz flotando en la nada y, alrededor, la oscuridad. La anciana miró hacia el frente y, como si ya estuviera allí, apareció a unos diez metros el pasillo escalonado hacia arriba y sus tres bombillas de cables pelados.
La joven me exhortó que fuéramos hacia la escalera y dejamos a la anciana en ese espacio abierto rodeado de tinieblas. Mientras subíamos, ella delante de mi, recobré el habla.

- ¿Quién es Jia Li?¿Y que tengo que aprender?

- Tienes que aprender a ser un agente del caos. Saber que tu misión consiste en devolver al azar lo que es del azar o, dicho de otra manera, devolver todo mal al caos. Serías algo así como un exorcista de las fuerzas del mal.

- ¿Sirvo entonces al mal?- pregunté extrañado.

- No; sirves al caos. El caos no es el mal. Aquí no existe bien ni mal. Estás por encima de esos conceptos. El caos y el orden sirven a un propósito mayor, que es el susodicho equilibrio. Todo fluye de ello. Para cada acción una reacción, sea provocada por el orden, o por el caos. Los desajustes, como antes mencioné, son frecuentes y perpetuos, jamás se extinguen, porque ese propósito mayor esta en permanente movimiento. Depende de las fuerzas del orden y del caos equilibrarlo.

- ¿Y quién me va a enseñar todo esto?

Acabábamos de subir las escaleras y ella se volvió hacia mi e hizo una breve inclinación de cabeza.

- Yo soy Jia Li. Seré tu maestra y enlace entre tú y la anciana madre Zhi. No te puedo enseñar mucho, ya que la mayoría de las cosas que aprendas serán por tus actos y por tu libre albedrío. A veces estará bien lo que hagas, y a veces mal, pero siempre aprenderás algo. Tienes que seguir con tu vida, tu trabajo, tus amigos, con todo lo que te rodea, pero sabiendo una cosa más; que ahora perteneces a la rueda que hace girar el universo y que, ante todo, esta es tu obligación principal. Cuando algo tambalee la estabilidad, tu deber es repararla. El no hacerlo, puede ser desastroso.

- ¿Hay más personas que saben esto?- pregunté intrigado.

- ¿Aparte de ti? Muchos de ellos, como los que guardan este sitio, no tienen un plan maestro establecido. Son guardianes neutrales, intocables para el caos y el orden. Pero los agentes del caos y del orden… encontrarás muchos a lo largo de tu vida; deberás en algunos casos respetarles y, en otros, acabar con ellos, de la misma manera que ellos harán lo mismo contigo. Creo, si no me equivoco, que dispones de una herramienta para tu cometido,  ¿verdad?

Me acordé de aquel cuchillo envejecido. Lo dejé en casa, en la mesilla de mi dormitorio. Pero, para sorpresa mía, Jia Li se echó la mano a la espalda y lo sacó enfundado. Me lo entregó con una media sonrisa.

- Este es el cuchillo de las almas enjauladas. Es un arma antediluviana que muchos antes que tu lo han llevado honrosamente al servicio del equilibrio. Nunca te separes de él, pues es invisible para los mortales excepto cuando bebe la sangre de sus adversarios. Lleva tu signo ahora grabado en la empuñadura. La hoja oxidada marchita el alma y la devuelve al fuego eterno en espera de su pronta salvación. Este cuchillo jamás debe usarse a la ligera y solo contra tus enemigos. A ti nunca te hará daño, pues eres inmune a su hoja. Pero, como todas las armas del equilibrio, debe usarse con sabiduría y cuando te sea encomendado.


Guardé el arma bajo mi chaqueta, medio creyendo lo que me decía aunque, como pude comprobar más tarde, absolutamente todo era cierto. Me miraba con atención, como un naturista que encuentra una especie absolutamente desconocida. Bajo esa mirada, me sentí momentáneamente incómodo. Luego, me llevó al rincón donde la vi por primera vez y me cogió de las manos.

- Ve con cuidado, te lo pido, y por enésima vez, jamás digas a nadie lo que eres, pues el solo hecho de mencionarlo atraerá a todas las fuerzas contra ti y te destruirán. Si necesitas ayuda o consejo, acude aquí. Madre Zhi siempre dará respuestas en la casa de las almas.

Jia Li se acercó a mi y me besó en la frente. Tras eso, se separó de mi y alzó la mano a modo de saludo. Entonces pude ver, no sin ocultar mi asombro, que en su mano brillaba un signo como hecho con fuego; un signo que, a pesar de ser distinto del mío, guardaba semejanza con el que yo mismo tenía en mi propia palma. Alcé la mano mientras me alejaba de la trastienda como una despedida y atravesé el almacén. No había ni rastro de los tres chinos que me agredieron, pero si del tendero, que me miró curioso y, acto seguido, esbozó una sonrisa que parecía hasta autentica y todo.

- Espero verle pronto, señor.- enunció sin reducir ni un ápice ese gesto sonriente.

- Eso espero yo también.

- Cuídese, señor.- y volvió de nuevo a su mostrador.

Salí de aquella tienda, y de aquel callejón. Cuando volví la cabeza, mientras me alejaba y llegaba a la esquina de aquella fachada, pude observar de pasada que, en aquella pared de color confuso, había una retahíla de pintadas en la que, por azar o por casualidad, se encontraba la marca que había visto en las manos de Jia Li. Quizás fuese una manera para indicar que allá mismo estaba el santuario donde la joven asiática servía al equilibrio.

Por mi parte, eché la mano al costado, para notar el cuchillo bajo mi chaqueta, un arma que solo yo podía sentir. Y caminé calle abajo, sin tener ni idea en donde me había metido o que es lo que me depararía el futuro. Ahora era algo más que una persona común y corriente.

Soy un agente del caos.

AGENTE DEL CAOS (Agente Del Caos) Cap. I (Parte 1)



No puedo decir mi nombre, pero podéis haceros a la idea de que, en una sociedad como la que impera, el no ser alguien te da… cierta libertad de movimiento. El anonimato es infinitamente mejor que el ir por ahí, que te señalen y que te reconozcan. Y, a pesar de ello, soy una de las personas más relevantes que existen sobre la faz de la tierra; no me refiero a ser influyente, al dinero o al poder… estoy por encima de esos términos, pero si relevante; y, como yo, debe de haber algunas más, tal vez una veintena en todo el mundo.

Si me vierais por la calle, sería como tú o como otro, un habitante mas de la Ciudad, un habitante que paga sus impuestos, hace la compra, va a su trabajo, tiene relaciones cordiales con la gente de su entorno, sale de viaje, disfruta de las vacaciones… hasta aquí todo bien, muy rutinario. Pero a veces, algo ocurre mientras una persona normal hace su vida normal en su entorno normal. Esto es lo que se suele llamar invocación.

Tuve mi bautismo de fuego mientras me levantaba de la cama después de un sueño intranquilo del que no recuerdo casi nada para, atención, ir al baño a beber agua. Esa noche estaba solo, había salido tarde del trabajo y me acosté aun más tarde si cabe. Pues vale; el turno que tengo laboral me da la facilidad de dormir hasta las tantas, si me parece. Y eso pensaba hacer el día siguiente.

Así pues, me levante con una sequedad increíble en la boca, fui al baño, bebí agua, la vejiga me imploraba que fuera hasta el váter, eché la meada de rigor de madrugada, larga y en estado de suspensión y me apresté, tras acabar, a ir de nuevo a mi cama, a caer en los brazos de Morfeo. Al lado del baño tengo una habitación que es, como si dijéramos, para invitados, aunque rara vez recibo visitas de esa índole por una parte y, por otra, cuando las visitas son prolongadas, en este caso de un par de días o tres, las invitadas se suelen acostar conmigo en la cama, por decirlo de un modo agradable.

En esta ocasión, mientras iba por el pasillo, había alguien reclinado en la cama. Recorrí media distancia antes de llegar a mi dormitorio antes de que mi cerebro procesara la información; volví sobre mis pasos y allá estaba. No me había equivocado.

Era una niña de unos ocho años, como mucho diez. Mi mano se acercó al interruptor, pero la luz no se encendió. La niña, a su vez, sonrió. Creo que si en ese momento hubiera tenido las tripas llenas, me habría cagado vivo… porque esa sonrisa mostraba una hilera de dientes muy bien afilados, como un tiburón… por no mencionar la fantasmagórica figura en su totalidad, embutida en un camisón blanco inmaculado. Sus pies parecían mas oscuros en relación con el resto de la piel visible de su cuerpo, y preferí pensar que era tierra seca en vez de sangre.

Al quedarme como mudo, ella empezó a hablar. Y, aunque parezca increíble, esto fue lo que me preguntó:

- ¿Qué pasa?¿De qué te extrañas?

En principio, no supe que contestar. Ni que estuviéramos de charla en una cafetería. Mi cabeza pasó del miedo al absurdo y, entre nosotros, no sé que es peor. Con el miedo, sabes que lo que ves supera toda cordura; es decir, eres consciente de que está pasando. Con el absurdo, puedes llegar a creer que tu mente ha hecho crack y te has vuelto loco.

- Puedes contestar. No te he comido la lengua.- prosiguió sonriente. Y luego, encima, para dar énfasis a lo que dijo, chasqueó los dientes a modo de mordisco.

Yo solo pude emitir un gruñido. Después empecé a balbucear de manera inconexa.

- Tú… ¿quién?... y, cómo has hecho… ¿qué haces en mi casa?

Volvió a sonreír, con esos dientes como cepos y se sentó de manera ceremoniosa en la cama, como si fuera un Buda.

- Muchas preguntas, muchas preguntas… ¿De qué crees que te servirá obtener las respuestas?

Ahí no supe qué decir. Me quede in albis. No obstante, el miedo volvió a mi de forma clara, no tanto por el ser que tenía ante mi, sino porque tenía la certeza de que aquello no era un sueño.

- Ha habido una muerte esta noche, ¿y no te has dado cuenta?- me interrogó con gesto inquisitivo.

- Yo… estaba durmiendo…- dije como excusándome.

- ¿Y qué?- dijo en tono molesto.- ¿Acaso no muere la gente mientras duermes, incluso en sueños?

- Pero, ¿qué estás diciendo?

- Has matado y no lo sabes. ¿Sabes lo que has hecho?¿Sabes que has desequilibrado la balanza?¿Sabe el daño que has causado al equilibrio universal?

- Pero, ¿qué diablos…? He salido del trabajo, he venido a casa, me he echado a las mil a la cama… ¿y me dices que he matado a alguien… mientras dormía? Flipo… tengo que dejar la maría pero ya…

En ese momento debí de cabrearla. No sé como lo hizo, pero al instante desapareció de la cama, noté un golpe en el pecho y me encontré en el suelo envuelto en una nube y, para cuando quise darme cuenta, de esa nube salio su rostro. Estaba encima de mi encorvada hacia mí, cara a cara, a no menos de un palmo y… Dios mío, sus ojos; tenían un iris anormalmente grande, de un color amarillo verdoso y la pupila no era redonda; era más bien informe, como si se estuviera derritiendo dentro del ojo.

- Deja de decir idioteces. Esto no es un sueño. ¿Crees que puedes deliberadamente alterar el equilibrio?¿Crees que puedes salir indemne y condenar al universo a la destrucción? Eso no es posible, no es posible para nadie. Tienes que pagar.

¿Dije antes que tenía miedo? Así era, pero también yo empecé a enfadarme sobremanera. ¿Quién era esa niña salida del infierno para decirme toda esa mierda que desconocía y, encima, acusarme de algo que no tenía ni idea de cómo o qué o cuándo había hecho?

- ¿Y entonces qué pasa?¿Vas a comerme o algo parecido?¿Me alcanzará con mi jodido sueldo a pagar el destrozo? En serio, no sé quién dice más idioteces...- le espeté en la cara. Ella primero me miró severamente; luego sonrió de nuevo.

- Los designios del equilibrio me han llamado para acudir a ti. No soy más que un peón en este plan… igual que tú ahora. La fuerza ha vertido su poder en ti; y este poder ha de ser correspondido con tus actos. No puedes negarte.

Se levanto de encima mío y me tendió la mano, invitándome a levantarme. Se la di, y me incorporé, pero no me soltó la mano. Notaba como una corriente débil en la palma y el tacto de su piel era frío y caliente a la vez, suave y áspera, viva y muerta.

- Ahora debes de servir al equilibrio, como agente de éste. Has matado a uno de los nuestros, a uno de todos nosotros, y por ello debes ocupar su lugar. No te queda otro camino. Pero un semejante nunca mata a otro semejante; partes opuestas solo. El orden contra el caos, Y tú, amigo, has sido tocado por el azar.

- ¿Qué…?- no me enteré de absolutamente nada.

- No importa; aprenderás poco a poco, a grandes rasgos… eso no me está permitido ni verlo ni decírtelo. Debes recorrer tu camino. Encontrarás a otros como tú, encontrarás a otros opuestos; encontrarás a quien te ayude, a quien te niegue esa ayuda; pero, ante todo, nunca digas quién eres. Nunca menciones la naturaleza de tu cometido. El equilibrio a quien representas, a quien sirves, te destruirá en menos que nada. Recuerda lo que te he dicho.- se alejaba de mi, su mano dejaba de presionarme la mía y miles de preguntas se agitaban en mi cabeza.

Retrocedió hasta el baño y su perfil se perdió en las sombras. Solamente podía ver en las tinieblas aquellos ojos brillantes. Luego los cerró y formó parte de la negritud del baño. No obstante, no me atreví ni a ir hacia ella, ni a encender la luz y mucho menos a darle la espalda, así que reculé sin apartar la mirada del baño. Llegué a mi cuarto de espaldas y, con la mano que ella me cogió, pulsé en interruptor de la luz y una corriente de puro fuego azul me sacudió como un zarpazo de león, como una manada de bisontes por una pradera… la fuerza de la corriente atravesó mi cuerpo y me arrojo a la cama entre convulsiones y eso fue lo único que recuerdo tras una noche de sombras y sueños, de sueños velados por pesadillas, de pesadillas sumidas en agonías y en el caos.

Ocho y media. Pero tal cual. Marcaba las 8:30 cuando abrí los ojos. Eso fue lo primero que vi en el cuarto. Después, observe que había un objeto al lado del reloj. Se trataba de un cuchillo. Era un cuchillo de hoja afilada, tan afilada que cortaba el aire, pero tremendamente llena de óxido. El mango, muy antiguo y astillado, era de gruesa madera y, a pesar de su lamentable estado, parecía muy resistente.

Mi mano fue hacia el cuchillo, pero me detuve a medio camino; en la palma donde me toco tenia grabado un signo refulgente, como si mi mano fuera una fragua. Parecía una mezcla de letras, y era como muchas a la vez y como ninguna. Después de eso, a falta de una palabra mejor, se fusionó en la piel y dejó de ser visible. Pasé el dedo índice por la palma de mi mano izquierda, pero no notaba nada raro. Todo estaba normal, como siempre… Lo achaqué a mi imaginación; ese día primaveral el sol pegaba con fuerza. Tal vez un reflejo acertó en mi mano y el destello me jugó una mala pasada. Pero lo que no podía negar era el cuchillo, aquella cosa salida de la nada que reposaba alegremente en mi mesilla.

Eso sí que no era, desde luego, producto de mi imaginación. Pero, como hacía siempre cuando pasaba algo inusual (aunque en este caso la palabra inusual se queda bien corta), dejé que mi mente lo pospusiera para otro momento… más tarde le daría cancha. Ahora tocaba ducharse, arreglarse y después bajaría a tomar un café a la cafetería de mi calle; eso, al menos, pondría las cosas en su sitio. Tardé en hacer todo eso alrededor de cuarenta minutos y bajé más despejado y, por supuesto, más tranquilo.

Me senté en una mesita metálica de la pequeña terraza que poblaba la calzada y me lié un cigarrillo (de momento, no me apetecía fumar maría). El camarero no tardó en aparecer: Un sujeto cetrino, de aspecto pulcro y muy sonriente. A las claras no era ni de lejos de la Ciudad. Pedí un cortado y, dos minutos después, apareció con el café y la cuenta. Me lo tomé de manera calma mientras fumaba y, apurando el cigarrillo y sacando la chatarra para pagar, me fije en el ticket. Por detrás había algo escrito; se notaba por la presión sobre el papel. Le di la vuelta y, allá escrito figuraba el nombre de una tienda: DOMUS ANIMAE, y una dirección. Ni nombres ni teléfonos ni nada más. La colilla casi me quema los dedos; la tiré, apuré el poso de café que tenía en el vaso y fui a la barra con el ticket y la pasta. Allá encontré al camarero que me sirvió. Me dirigí hacia él y le di el dinero en el platillo del ticket.

- Perdone: ¿qué es esto?- pregunté. El camarero retiró el dinero y me entregó el cambio con el trozo de papel.

- No olvide su ticket, señor, gracias.- Fue lo único que me dijo… y se quedó tan ancho…

Salí del bar mirando el ticket mientras me metía el resto de monedas al bolsillo. No tenía ni puta idea de:
a) Qué era DOMUS ANIMAE.
b) Dónde estaba la calle.
c) Qué tenía que hacer con aquello.

Obviamente, debería de buscar ese sitio, pero esto precisamente y las perspectivas que se ofrecían me echaban para atrás.
  
En fin, tenía toda la mañana, así que dediqué mi tiempo matutino a buscar la calle. En una ciudad como esta, casi se podría decir que las calles cambiaban, no solamente de nombre sino también hasta de aspecto. Si no eras una persona que saliera mínimamente con espíritu emprendedor a recorrerte la Ciudad de arriba abajo, muchas veces no tienes ni idea de donde te encuentras o donde te has metido. Finalmente, tras dos horas investigando el paradero de la calle (odio ir en transporte publico, prefiero ir caminando a los sitios) y tras unos cuatro cafés más en tres bares distintos, encontré la dirección. La dirección sí, claro, pero eso de DOMUS ANIMAE, ni hostias. En su lugar, donde debería de estar, probablemente anunciado con letras grandes y a todo color, había, a un lado, un portal de un edificio de seis pisos de altura cuya fachada, de antiguo color crema, ahora tenía un gris indescriptible; al otro lado, se situaba un establecimiento de chinos, los señores revientamercados… Entré, en contra de mi voluntad, a la tienda para preguntar. Un caballero oriental muy sonriente (al parecer todo el mundo me sonreía hoy; alegría primaveral, quizás) me saludó y preguntó si quería algo.

Le pregunté que buscaba DOMUS ANIMAE. Su sonrisa mudo gradualmente a un gesto inequívocamente serio, como si le hubiera dicho algún improperio de dudoso gusto. Me preguntó que qué era lo que quería por segunda vez, y le contesté que me dieron un ticket en una cafetería que tenía apuntado el nombre y la dirección. Se lo mostré y me lo quitó de las manos, analizándolo detenidamente. La sonrisa afloró en su rostro y me invitó a pasar a la trastienda.

Le acompañé mientras guardaba el ticket y, nada más entrar, tres amarillos más surgidos de Dios sabe donde, me echaron el guante y me tumbaron contra una vitrina de cristal resistente. Yo gritaba y forcejeaba, pero no llegaban mis gritos más allá de las paredes. Me inmovilizaron y, cuando estaba bien sujeto y sin poder apenas moverme, salió de una habitación, cubierto el dintel por cortinas de paño semitransparente púrpura, una anciana china más vieja que el Egipto de los faraones y se acercó a mi. No tenía ni idea de qué tramaban pero, por si acaso, no me moví ni un milímetro. La mujer entonces cogió mi mano y tuvo un estremecimiento de pies a cabeza. Alzando la cabeza, pude ver asombrado en sus ojos ciegos un destello del signo que se fusionó esta mañana en la palma de mi mano.

Tras ese momento, la vieja oriental soltó mi mano y les dijo a los demás algo así como Hunluan, hunluan. Tras esas palabras, despareció de nuevo por las cortinas. Los tres chinos que me sujetaban me soltaron, pero dos de ellos se pusieron detrás de mi, el otro a un lado por si intentaba algo raro y el dependiente justo enfrente, a unos dos pasos. Tras él, estaba la puerta por donde la anciana hizo mutis. En el espacio de un minuto más o menos, nadie dijo nada. Yo me frotaba las muñecas y el cuello. Después, me vi en la obligación de romper el silencio.

- Bueno; ¿nadie va a explicarme qué pasa aquí?- pregunté jadeante.

- La anciana madre explicó que tu autentico.- respondió el dependiente. Si la noche pasada entendía poco, lo que ocurría ahora…

- Oye; ya está bien de rollos macabeos. ¿Por qué ese maldito moro me ha dado este jodido ticket con una empresa que no existe?¿Por qué entro a preguntar aquí y me asaltan cuatro amarillos y sale una mujer que tiene más años que arrugas y empieza a decir algo que no entiendo?¿Por qué me habéis traído aquí y ahora me dices que soy autentico?¿Es que ha pasado algo esta noche y nadie me ha invitado a la jodida fiesta o qué?

- No, no.- cabeceó el dependiente.- Tú eres compañero de hunluan. Uno de los hombres de hunluan.

- Pero… ¿pero qué mierda es eso?- pregunte intentando contenerme.

- Caos, hermano; caos.- contestó una voz anónima.

VENGANZA





Tres meses llevaba cabalgando por la pradera pardusca en busca del asesino de su familia. Las espuelas golpeaban en los cuartos traseros del caballo, haciéndolo avanzar a galope tendido por el yermo páramo que se extendía ante él y que parecía no tener fin. 

Aquel asesino, uno de tantos que pululaban por La Frontera, había matado a sangre fría a toda su prole. Se proponía tan solo a cumplir dos objetivos, claros y precisos: Encontrarlo y matarlo. Mientras su caballo le llevaba a encontrarse con su destino, pensó en lo que había dejado atrás.

Había sido propietario de un magnífico rancho en la frontera entre Colorado y Nebraska y había prosperado en un tiempo razonablemente difícil, cuando aún los pieles rojas campaban a sus anchas por la llanura y los asentamientos colonos aún no eran tan frecuentes. Seis meses de construcción y tres años de prosperidad eran suficientes para que Billy Lomont se sintiera satisfecho de su propia fortuna. Añádase a esto una mujer fiel y resuelta, que acompañó a su marido en todo momento, ayudándole incluso en las más arduas tareas, y tres hijos preciosos de ocho, cinco y un año. El mayor, John James, había aprendido todo lo que su padre podría haberle enseñado con su edad. Era igual de resuelto que su madre y tan trabajador como su padre. Santo Dios, como quería a aquel mocoso…

Pero ahora todo acabó; no habría más rancho, ni mas tierras, ni familia… Era un hombre sin futuro, destrozado su pasado. Solamente la sed de venganza le empujaba hacia delante. Sabía a por quién tenía que ir, sin ningún tipo de vacilación, todo él con empuje.

Se llamaba Clarence “Ugly” Zachary. Siempre iba solo. Algunas veces, en contadas ocasiones, formaba parte de alguna banda de asaltantes, frecuentemente españolas y mexicanas, pero en su mayor parte le gustaba cometer sus fechorías en solitario. Según habladurías, comparado con otros bandidos, el era uno menor, uno de tantos que lo mismo le daba robar en una diligencia que quitarle un caramelo a un niño. Pero Lomont sabía que era algo más que eso. Lo vio claro tras recibir el balazo en su rancho. Lo vio más claro todavía cuando entró Zachary en su rancho mientras él estaba postrado en el suelo polvoriento de la llanura, a tres metros del porche. Y ya no le cupo ninguna duda cuando desde dentro se oían los disparos y la risa alocada de ese asesino junto a los gritos de sorpresa primero y de horror después de su familia. Sin posibilidad alguna de moverse, desde el suelo, se dio cuenta de que tardaba en salir más de la cuenta y, pasado unos 10 minutos, salió silbando mientras se abotonaba el pantalón. Se acercó a Lomont con una sonrisa que aún acentuaba más si cabe su repulsiva cara.

- Vaya, vaya, ranchero. Si estuvo bien darle a tu mujercita muerta, como sería estando viva, ¿eh?

 Se levantó mientras se carcajeaba y se ajustaba las cananas. Después volvió a entrar en el rancho haciendo una mala imitación de un baile de salón y rebuscó por todas las habitaciones algo de valor para llevarse. Salió tras un periodo de tiempo relativamente corto y montó en su caballo alejándose raudo y dejando a Lomont y su familia allá.

Tres meses pasaron tras aquella trifulca. Recorrió incansablemente todo el territorio persiguiéndolo y hacerle pagar por sus pecados, especialmente por su familia. Por fin, al anochecer, llegó a un pequeño pueblo en el condado de Arapahoe. Se trataba de uno de tantos pueblos diseminados por La Frontera, de una sola calle. Lomont cabalgó hasta la entrada de la población. Detuvo su caballo. Sí; era ahí. En aquella solitaria villa se encontraba Zachary. Podría jurar con su sangre que estaba en el Saloon. Descabalgó, ajustó su cinto, comprobó sus armas, respiró hondo y gritó el nombre del asesino.

- ¡Zachary!– rugió en medio de la calle desierta.- ¡Lawrence Zachary! Sal, hijo de mil rameras. ¡Tenemos una cuenta pendiente tú y yo!

Vio que un par de transeúntes se pararon en seco al ver su figura recortada contra el fulgor del sol que se ocultaba tras las colinas. Oyó que la música del Honky Tonk moría en el Saloon y que la gente allá dentro acallaba sus voces para prestar oídos a aquel hombre que gritaba fuera. Algunos salieron, no muchos; la mayoría estaba de paso, pero no se querían perder el posible espectáculo que podría tener lugar en ese instante.

Lomont volvió de nuevo a gritar el nombre de asaltador. No movió más músculos que los de su boca. Permaneció estático a la entrada del pueblo. Tras un silencio, en los que al menos una docena de personas le miraban atentamente a una distancia prudencial, salió Lawrence “Ugly” Zachary, acompañado de dos hermosas bailarinas.

- ¿Qué diablos sucede?- preguntó el rufián.- ¿Acaso uno no puede tener un revolcón como Dios manda?

Abrazado como estaba de las bailarinas, miró hacia donde se encontraba Lomont. Entrecerró los ojos para verle la cara, pero no pudo, pues el sol estaba detrás del que había gritado su nombre.

- ¿Y tu quién eres, maldito seas?- dijo Zachary.
- Mi nombre es Lomont. He venido a matarte.- contestó.
- De manera que quieres matarme, ¿eh? Y, ¿de qué se me acusa, si se puede saber?- preguntó con evidente sarcasmo mientras pellizcaba el trasero de una de las bailarinas.
- Venganza.- replicó tan solo Lomont.

Tras una pausa en las que se reía entrecortadamente, echó de su lado a las bailarinas y se sorbió la nariz con gesto pensativo. Luego bajó sus manos a la cintura.
- Voy a agujerearte esa camisa de palurdo que llevas y llenarte el cuerpo de plomo pesado si no me dejas en paz; así que coge tu caballo y lárgate por donde has venido, bastardo fanfarrón.
- Veamos si es cierto lo que dices, Zachary.- sentenció Lomont.

Lawrence bajó los brazos como si no creyera lo que estaba oyendo. Nadie le dejaba en ridículo, ni mucho menos un ranchero venido a menos. El ranchero… de repente se acordó de él. Abrió los ojos como si se le hubiera ocurrido una buena idea y se dio una palmada en la frente.

- ¡Un momento! Pero si yo te conozco… Vaya, vaya; el botarate ranchero. Así que no acabé contigo después de todo, ¿verdad? Bueno; entonces ya es hora de que enmiende mis errores. Esta noche vas a cenar con el diablo, maldito cerdo.

Zachary encaró a Lomont en la calle y la gente se agolpaba para ver el duelo. El sol se ocultaba definitivamente por las colinas y el manto púrpura de la noche cubrió el pueblo hasta el horizonte. Los dos pistoleros estaban frente a frente, preparados para disparar. La tensión se palpaba en cada centímetro de polvo y tierra; todos los corazones palpitaban con expectación; uno de los dos hombres caería en el camino y el otro seguiría con su vida.

Lomont desenfundó tras unos segundos de concentración, pero Zachary fue más rápido. Solo se oyó un disparo y la bala atravesó el cuerpo de Lomont a la altura del pecho. Éste trastabilló y retrocedió dos pasos, pero no llegó a caer al suelo. El asaltante dejó salir una risotada de triunfo de su arruinada boca y, al ver que no caía, apuntó de nuevo. Volvió a disparar una vez, y otra vez. Las balas impactaron todas en el cuerpo de Lomont, pero este parecía solo moverse tras los impactos, pero no caer. Era un bastardo muy resistente. Zachary  disparó hasta tres veces más hasta vaciar el tambor. Y, aunque las balas iban en dirección al ranchero, parecía no sentirlas.

Finalmente Lomont, con la cabeza gacha, comenzó a reír por lo bajo. A los segundos ya era una risa perfectamente audible para convertirse finalmente en una carcajada. Luego miró a Zachary y le señaló mientras reía.

- Pobre, pobre, pobre Zachary.- dijo mientras reía.- No puedes matarme, maldito infeliz.

Zachary parecía nervioso y aterrado a la vez. Sostenía el revolver como si no supiera que tenía en las manos. Sus labios se quedaron secos de repente y se pasó la lengua para humedecerlos. Solamente logró balbucir.

- ¿Co… c-omo… cómo es posible…?- preguntó a nadie en particular.

Y entonces Lomont avanzó mientras el cielo purpúreo daba paso a la negritud de la noche y a las primeras estrellas. La luna se dejó ver en todo su esplendor y su luz bañó el poblado con un halo fantasmal. Mientras el ranchero avanzaba, la luz de luna tocó su cuerpo y entonces Zachary se dio cuenta de la verdad. Pues un cadáver se dirigía hacia él.
- No puedes matarme,- repitió Lomont.- porque ya estoy muerto. Ya estaba muerto en el rancho gracias a ti.

Avanzaba con resolución, sin detenerse; la gente que se había congregado corrió como si huyera de la peste, pero Zachary no podía moverse de su sitio. Es como si estuviera paralizado de cintura para abajo. Notó una tibieza en la entrepierna y supo de forma vaga que su vejiga se había soltado. Mientras Lomont iba hacia el con media sonrisa en su rostro, la luz de la luna incidió en él y pudo ver un halo fantasmal alrededor de su cuerpo, más concretamente de lo que quedaba de él, pues aquella luz sobrenatural le mostraba un hombre en avanzado estado de descomposición.

Zachary se puso de rodillas intentando cargar su arma. Lo consiguió a duras penas y, cuando llegó Lomont hasta él, el revolver parecía pesar una tonelada. El ranchero se lo quito de las manos y lo miró de forma pensativa… si es que los fantasmas piensan.

- ¿Sabes, Zachary? Cristo perdonó a todos sus enemigos.- dijo Lomont por fin.- Yo no puedo perdonarte.

Y disparó.