ETIQUETAS

domingo, 18 de noviembre de 2012

HARTSEER


Inspirado en Hartseer, de Bart Claessen

Encerrada en su habitación, en un rincón donde las sombras lamían las paredes, se encontraba ella, sentada, con las manos en los oídos, escuchando los latidos de su corazón, rítmicos en su esencia más que el vaivén de sus pensamientos. Se tapó más fuerte los oídos, ejerciendo una presión casi de autolesión, y escuchó un pitido lejano, acompasado con su órgano vital. Cerró los ojos y se contrajo más en aquel rincón, deseando no existir, ni ser, fundirse en la nada. Era un no parar.

De repente, cuando el eco sordo de sus latidos y el pitido se hacía más intenso y su cabeza parecía estallar, un canto como de sirena que oyó dentro de ella, le hizo abrir de nuevo los ojos ante el nuevo panorama que se le presentaba. Ya no estaba en su rincón; ya no había sombras allá donde estaba sentada; ya no era algo conocido.

Atrás veíanse unas puertas que subían hasta arriba, más allá de donde alcanzaba la vista; eran unos portones de madera maciza, casi como roca, pero de alguna manera parecían más orgánicos que la madera, al igual que las paredes de aquella construcción donde se hallaba. Miró alrededor con pena, con dolor, al no saber dónde se encontraba, mirando hacia todas direcciones, intentando encontrar algo familiar, algo a lo que acercarse y quedarse allá.

Fue en ese momento cuando se dio cuenta de que estaba vestida, no ya con esos pantalones cortos y la camiseta de tirantes que él le había regalado, si no con un vestido violeta vaporoso, que parecía mecerse con la atmósfera, como si estuviera sumergida en agua y los pliegues del vestido obedecieran a corrientes subterráneas. Se miró de arriba abajo, pero incluso sus movimientos resultaban lentos en aquel espacio tan abierto, parecido a una catedral.

Sus pies descalzos sintieron poco a poco el suelo marmóreo, frío al primer contacto; y cuando echó a andar, parecía que miles de agujas se clavaban en las plantas, como un hormigueo al principio, con sufrimiento posteriormente. Pero ella prefirió seguir adelante, y alejarse de aquellas colosales puertas hacia donde suponía que estaba el centro de aquel enorme palacio. Era consciente de su propio movimiento como narcotizada, muy despacio, viendo como hasta las finas partículas de polvo flotaban a su alrededor, mientras los extensos ventanales, a veinte metros de altura al menos, proyectaban una luz que se concentraba en el pasillo central de aquella nave ciclópea.

Cada paso que daba le provocaba un dolor que le azotaba hasta muy dentro de ella, pero sabía que tenía que seguir. Y entonces fue cuando descubrió que podía elevarse poco más de un metro del suelo y, con solo su voluntad, dirigirse sin dolor hacia donde quería ir. Pero su avance era lento y, mientras iba flotando hacia el centro, observó con detenimiento donde estaba.

Las paredes eran de piedra, parecida a la arenisca, y en algunos tramos aparecían decoradas con tejido que parecía terciopelo, de la tonalidad del vino; pero aquellas paredes parecían rezumar vida, y no eran del todo lisas y talladas; al contrario, tenían oquedades distribuidas de forma desigual y de diferentes tamaños.

La parte lateral se separaba de la nave central por unas columnas que parecían ramas de árboles retorciéndose sobre sí mismas y cuyo resultado final era una grotesca parodia de un tronco de drago. Estas columnas también estaban decoradas con tapices púrpuras y filigranas doradas en los bordes sin ningún dibujo concreto. La luz y las sombras dibujaban en los tapices extrañas formas, como si el aire jugara con ellos.

En la nave central se encontraban las bancadas diseminadas de cualquier forma, pero dejando siempre el pasillo que conducía al altar transitable. Aquellos asientos poseían el polvo de los siglos y la desesperación de los rezos sin contestación. Allá se sentaba la desesperanza.

Trató, al observar aquellos tristes bancos, de ir más deprisa, pero no pudo. Miró entonces al suelo y vio que aquellas baldosas frías dibujaban mosaicos que le resultaban familiares. Eran episodios de su vida desde el primer aliento en el mundo hasta casi el momento presente, pero la realidad que se iba a encontrar más adelante sería mucho más cruda.

Durante lo que le pareció una eternidad, mientras el silencio de la nave era ocupado progresivamente por ese pitido de sus oídos y de vez en cuando aquel canto de desasosiego, siguió avanzando en levitación. Y llegó al cuerpo central de la catedral. Y vio que el altar estaba justo en el crucero, no en el ábside. Allá los asientos estaban ordenados, bordeando lo que se encontraba en el altar. Bajó al suelo y allá se encaminó hacia aquel objeto tan familiar y tan odiado por ella. Lo acarició con gesto apesadumbrado, con un dolor en el pecho tan increíble que no se podía describir; cerró los puños sobre la superficie que acababa de tocar y descargó un golpe sobre el ataúd.

Echó la cabeza hacia arriba y gritó; pero fue un grito amortiguado, como si se escuchara desde una habitación acolchada. Y, tras ese desgarrador aullido, mientras las lágrimas corrían por su rostro y le quemaban como fuego, el ataúd se abrió y cientos de miles de mariposas salieron de él en una espiral de color turquesa, mientras la luz que entraba por las ventanas daba paso a una oscuridad progresiva que daba brillo a las alas de aquellos infinitos insectos.

Y, cuando llegaron al punto más alto que podían llegar, se precipitaron hacia ella y la rodearon, elevándola de nuevo del suelo, mientras los portones se abrían lentamente hacia dentro dejando paso hacia un terreno incierto. Las mariposas la condujeron hacia el exterior de aquella catedral, lejos del daño que había sentido por su ser querido.

El corazón le seguía latiendo; los oídos ya no le pitaban; pero notaba las lágrimas caer sobre su mano, apoyada en la rodilla. Y entonces se percató de que volvía a estar de nuevo en el rincón, recogida en sí misma y llorando por la pérdida de su marido, cuatro días atrás. Seguía envuelta en las sombras como si estas fueran un sudario.

Una mariposa flotaba ante ella en la semioscura estancia, pero no la veía. Todavía no.

LA LLUVIA



- Parece que va a llover.- dijo su hijo.

El padre miró hacia el cielo y vio inmensos nubarrones que se acercaban por los cuatro puntos cardinales. No tardaron en ocultar el sol tras su plomizo velo. El padre hizo una mueca de disgusto y conformismo a la vez, mientras se mesaba la poblada barba blanca. Calculó que, como poco, le quedaban unas cuatro horas antes de que los cielos descargaran el líquido elemento.

- Padre, ¿qué haremos si no acabamos a tiempo?- preguntó su segundo vástago.

- Procuremos que eso no pase, hijos.- respondió sin dejar ni un instante de mirar al cielo.- Acabaremos a tiempo, sí. Id con vuestras mujeres y apresuraos a volver deprisa. No me gustaría estar aquí cuando comience la lluvia.

Dejaron de trabajar la madera obedientes y acudieron a sus casas a por las respectivas parejas. El padre bajó la vista y sus ojos enfocaron a la polvorienta tierra con un brillo de tristeza.


Hacía ya varios meses que trabajaba en una construcción de madera de proporciones gigantescas; nunca se había visto nada así en la faz de la tierra. Los vecinos le preguntaban curiosos que a qué se debía aquello, pero él solo contestaba con un encogimiento de hombros y una mueca de conformismo, como si dijera: “Es lo que toca hacer”. Pronto sus convecinos pasaron del asombro y la curiosidad a la burla, asintiendo con vehemencia que se había vuelto loco y que esa construcción enojaría a los dioses; aun así, siguió empecinado en acabar cuanto antes, pues en su fuero interno sabía que el tiempo llegaba a su fin.

Cuando estaba ya casi acabada, y solo faltaba una cubierta, hizo lo inesperado. Empezó a meter animales dentro de ella. Los vecinos estaban que no cabían en su asombro. ¿Qué esperaba, con aquel zoológico? ¿Acaso era esa la función de semejante cosa? Todos los paisanos del anciano padre miraban como, por parejas, animales de todas especies desconocidas eran introducidos a la construcción de madera que cada vez se asemejaba más a una barca de dimensiones gigantescas. No intervinieron para impedir aquello, pero no dejaban por ello de insultar a Noé, que así se llamaba el viejo padre, y decirle que era un estúpido.

En eso, sus pensamientos volvieron al cauce de la realidad, dejando de rememorar acontecimientos anteriores, y volvió de nuevo al trabajo. Quedaba muy poco; muy, muy poco para acabar la obra que tenía entre manos. Aquel arca debía de terminarse a lo sumo en un par de horas. No había que perder tiempo en nada más que en eso, pues el cielo había anegado a la tierra en una oscuridad casi semejante a la noche sin estrellas y sin el brillo de la luna.

Los hijos de Noé llegaron con sus mujeres, portando estrictamente lo necesario y Noé les exhortó que subieran a la barcaza las mujeres y que sus hijos atendieran las pequeñas reformas que restaban para que todo quedara terminado. Pasó una hora de trabajo en el que ultimaron los preparativos.
Mientras los hombres se afanaban en el acabado del arca, las mujeres se ocultaban en la cubierta bajo los velámenes e izaban su vista temerosas de que la lluvia comenzara de un momento a otro.

Al cabo de unos minutos, tras rematar la faena, la primera gota cayó en tierra, a los pies de Noé. Enseguida gritó a sus hijos que subieran a bordo y que recogieran la pasarela. Al acabar su orden, un estruendoso trueno se oyó en toda la llanura. Parecía que el cielo se rompía en mil pedazos. Y entonces la lluvia comenzó a caer; despacio primero, a cántaros después. A dos metros de donde se hallaba cualquiera, no se veía nada; Era como vivir debajo de una catarata. Los vecinos se encerraron en sus casas temerosos de que los dioses les hacían pagar por los pecados de megalomanía de Noé. Otros, los más valientes, si es que a eso se puede llamar valentía. Acudían corriendo hacia el arca para gritar y blasfemar contra el viejo padre y su prole, que estaban dentro y, en teoría, a salvo. Estos fueron los primeros en ahogarse.

Tras diez minutos de una intensa lluvia como no se ha visto jamás sobre el planeta, la tierra no podía verse en varias leguas a la redonda. Las casas se desmoronaban como si estuvieran hechas de mantequilla y la gente luchaba para salir a la superficie. Pero tarde o temprano sucumbían a la inmensa fuerza del agua que arrastraba todo lo que encontraba con implacable poder. Noé y su familia lo contemplaban todo desde la cubierta con creciente horror; sin embargo, este pensamiento dejó aflorar otro de alivio, al saberse salvados de tal tragedia. El cielo bramaba con el sonido de mil tambores y el agua que caía a raudales hacía desaparecer cualquier atisbo de existencia, ya fuera animal o vegetal.

Noé, junto a su familia, no pudo menos que alegrarse de que todo aquello estuviera ocurriendo en aquel momento y que, a pesar de las burlas de sus vecinos y paisanos, se había cumplido lo que los dioses habían mandado. Rió fuerte junto a su familia mientras miles se ahogaban y la vida daba paso a una desolación líquida hasta donde alcanzaba la vista. Rió por todos aquellos estúpidos que le habían desafiado; por aquellos que, aun viendo lo que se aproximaba, no mostraban ni un atisbo de comprensión por su obra. Rió porque los dioses le habían elegido a él, de entre todos los hombres, para salvarse.

Se rió de todos los pobres desgraciados que yacían en las profundidades de los nuevos mares que ahora se abrían ante ellos como un manto azul interminable. Rió hasta que le saltaron las lágrimas… y su familia reía con él en plena comunión con los pensamientos que Noé tenía.

 De repente, un rayo más brillante que el más brillante de los soles cayó desde el cielo e iluminó aquella vastedad. Noé, a pesar de ello, siguió riendo junto a su familia en la cubierta del arca. Un nuevo rayo refulgió entre las plomizas nubes y dio de lleno en aquella inmensa embarcación, reduciendo a ceniza casi instantáneamente a sus tripulantes, tanto a los hombres como a los animales; aquel rayo hizo estallar el arca en millones de astillas que se desperdigaron por doquier. Y entonces la vida dejó de existir para siempre en aquella tierra.

Mientras las cenizas de los últimos supervivientes reposaban en el fondo de los recién formados mares, la lluvia seguía cayendo en la superficie. Y no hubo más rayos. Y los truenos se apaciguaron en las alturas.

Tal vez los dioses consideraban, una vez borrada la existencia vanidosa de los hombres, volver a comenzar de nuevo.

jueves, 1 de noviembre de 2012

MANO POR MANO (Agente Del Caos) Cap. III (Parte 2)



Llegué pronto con la bicicleta (nunca me ha gustado montar en bicicleta con traje) y la apoyé contra un árbol perdiéndola de vista para siempre. Fui a sentarme a una mesa de un bar del parque al lado de una floristería. Allá pedí un café que pagué con los cambios que sustraje de las demás mesas y esperé fijándome en todas las personas que por allá pasaban. El sitio donde había tenido lugar la pelea de hacía dos días estaba ya como si no hubiera pasado nada; Habían retirado las cintas de la policía y la gente campaba por allá a sus anchas.

Sé que esto suele ocurrir en las películas. Uno no se espera que por un golpe de suerte, estas cosas sucedan, pero así fue: Resulta que, al girar la cabeza para observar uno de los caminos de tierra que cruzan el parque, la vi. Línea y bingo. Inconfundible en toda su integridad. Porque, amigos y señores, tenía el pelo de la misma manera recogido, los mismos pendientes y, atención, la misma ropa. Lo único que la distinguía de nuestro encuentro fugaz la otra noche era que llevaba dos libros cruzados en su pecho. Y encima iba sonriente la muy perra. No quise hacer ademán de sorpresa, pero casi pierdo los papeles. Me quedé quieto y sentado, solamente siguiéndole con los ojos. Cuando vi que estaba a unos veinte metros de distancia de mi posición, salté literalmente de mi silla y fui tras ella.

Siguiéndola a una distancia prudente, adiviné casi de inmediato donde se dirigía. Iba a la Biblioteca Nacional. O sea que, encima, mi señorita enigmática era una empollona del tres al cuarto. La cosa se ponía cada vez más interesante. No tardó ni diez minutos en cruzar la puerta por la cual había apostado: La Biblioteca Nacional. Este edificio se alzaba como un monstruo gigantesco y tenía más libros que el Vaticano y Alejandría juntos. Crucé la puerta cuando vi que ella doblaba una esquina desde dentro y le seguí hasta el cuarto donde entró. Encima de la puerta, en letras que casi parecían orgullosas de estar allá, se leía SALA DE ESTUDIO. Consistía en una inmensa explanada cuyo cuerpo central constaba de dos hileras de mesas milimétricamente situadas y las paredes forradas de estanterías llenas del saber y conocimiento universal.

La dama se sentó en una mesa con dos espacios a su lado vacíos; yo le imité, pero sentándome en un sillón a la entrada de la sala. Vi como abría un libro y se enfrascaba en su lectura muy concentrada. Tras cinco minutos de reloj en la que por mi mente no pasaban mas que opciones de actuación, me decidí por lo más lógico. El azar, el dejarse llevar, a ver que pasa… Me levanté del sillón y fui hacia ella. No reparó en mí ni un solo momento. Seguía leyendo, pasando página tras página. Su vista correteaba por aquellas líneas devorándolas de manera sobria. Al estar a su altura, donde estaba uno de los asientos vacíos a su lado, me paré y le hablé.

- Disculpa: ¿Tienes un bolígrafo para prestarme?- pregunté con media voz.

Ella levantó la cara sonriente con una contestación en los labios, pero su respuesta murió allí mismo al verme de pie ante ella. Su sonrisa gradualmente se transformó  en una línea roja de seriedad mientras sus ojos se abrían de par en par. Tras un momento, que a ella debió de parecerle una eternidad, se recompuso y miró a un lado y a otro. Yo estaba apoyado en la mesa mirándola con una mezcla de gravedad y sarcasmo y, por supuesto, esperando a que me prestara su boli, claro.

- ¿Qué haces aquí?- preguntó conteniendo el tono de voz.

- Hacía un buen día para pasear, salir a tomar algo y luego, tras el paseo agotador, meterse en un sitio fresco y silencioso como este y disfrutar de un poco de lectura. ¿A ti que te parece que hago?- respondí mientras tomaba asiento a su lado.

- ¿Cómo me has encontrado?- me interrogó de nuevo, como si no hubiera oído lo que le dije anteriormente.

- Un poco de suerte, un poco de perseverancia y, por supuesto, la sensación de que me quitaste algo que me pertenecía.

- Te lo dije.- respondió ella sin alzar demasiado la voz.- Déjame en paz o atente a las consecuencias. Solo cogí lo que era mío y punto. Estás al límite de cruzar una línea muy peligrosa, así que deja de buscarme o la próxima vez tendrán que recogerte a ti de un parque.

- No pienso dejarte de lado hasta que no me devuelvas lo que me corresponde.- contesté un poco sofocado. Tal vez hablé en un tono algo fuerte, pues la gente de alrededor levantó la vista de manera disimulada.- Es más, seré tu sombra y me pienso pegar a ti como una lapa. Te encontré una vez, así que puedo hacerlo de nuevo.

Se levantó de la silla de manera tan audible que era imposible que nadie de la sala no lo oyese. Cerró el libro y, antes de cogerlos, me dio una bofetada en toda la cara. Su rostro era el espejo de la rabia. Tenía los ojos bien grandes mirándome mientras echaban fuego y su boca era una mueca de ira contenida. La hostia me dolió bastante; esa chica pegaba fuerte y encima sabía como hacerlo. Tras aquel intercambio de impresiones, abandonó la sala bastante rápida; yo me quedé sentado masajeándome la mejilla mientras los espectadores ya ni siquiera disimulaban que leían.

- Hija de puta…- mascullé mientras me levantaba e iba tras ella.

A la salida de la Biblioteca la busqué entre el pequeño río de gente que paseaba de arriba abajo por la calle. Le vi alejándose con paso vivo hacia el sur de la ciudad sin mirar ni una sola vez hacia atrás. Desde luego, no se podía negar bajo ningún concepto que no tenía miedo de nadie, eso está claro. Viéndola irse así, comprendí entonces que no tenía ninguna posibilidad de recuperar mi trofeo, así que la deje marcharse y que le dieran con viento fresco. Hasta el enfado que sentía por ella se había diluido en un mar de calma, así soy yo de polar. Y, justo en el momento en que desistía, no pude evitar fijarme en que un tipo gordo de rostro cubierto por un sudor grasiento, alejado de mi pero próximo a ella, le observaba con febril entusiasmo. Es como si el pobre hombre tuviera una indigestión tremenda y no encontrara un excusado, seré fino, para aliviar su pesarosa carga. Luego se puso a andar con paso extraño, casi mecánico, en pos de la joven de los años sesenta.

La gente se apartaba de él como las aguas del mar rojo de Moisés y, aunque no parecían darse cuenta, le evitaban con una mueca de disgusto y de asco. Al hombre aquel parecía no importarle, pues seguía con paso resuelto hacia donde estaba la ladrona. Y yo le seguía a él. La joven se metió por una callejuela que parecía ser la antesala de una tragedia, tal como se estaban poniendo las cosas. El hombre le siguió. Me escondí justo a la entrada de la callejuela, esperando a que se alejaran un poco más. Entonces aquel extraño pareció coger más velocidad y logró ponerse casi a la altura de ella. Fue justo al doblar una esquina y, por lo que pude ver en una fracción de segundo, le pilló completamente de sorpresa.

Me acerque raudo pero sigiloso para ver que demonios pasaba a la vuelta de esa estrecha calle. Oí la voz de ella diciendo que le soltase a aquel hombre, pero él pareció contestar con una especie de risa tan gutural que producía nauseas solo escucharla. Me acerqué despacio a la esquina y entonces un grito de sorpresa rebotó en ecos por las callejuelas de aquella zona. Me asomé subrepticiamente y vi que el hombre había mudado su cerdoso rostro por una probóscide y una docena de ojos sin orden ni concierto en su ya deformada cara. Las manos empezaban a transformarse en esa especie de tentáculos provistos de los aguijones y sujetaban con fuerza y determinación a la joven. La lengua de mariposa que tenía por faz se paseaba a un palmo escaso por las mejillas de la joven y esta trataba de liberarse de aquel repulsivo contacto por partida doble: Probóscide y tentáculos. 

Yo podría haber hecho algo en ese momento, como un caballero de reluciente armadura que acude en ayuda de la dama (aunque tengo que reconocer que también se lo merecía, por ladrona), pero entonces ella hizo algo que me dejó asombrado. A saber: Le dio una patada en todos los huevos; justo en el centro. Pero lo que mas me sorprendió fue que ese bicho se doblara de dolor, haciendo que la soltara inmediatamente y se llevara esa especie de brazos a las partes pudendas. Quizá no se había transformado del todo o tal vez también tenían pendientes reales… me daba igual. Vi como la chica corría mientras el bicho se agarraba y emitía un zumbido que querría significar, digo yo, que le había dolido. Acto seguido, mientras ella corría, el monstruo aquel tomó conciencia de que se le escapaba y entonces gritó… bueno; en realidad, chirrió, como si fuera una cigarra. Y se lanzó a la persecución de ella como alma que lleva el diablo.

Salí entonces de mi escondrijo y corrí calle arriba hasta llegar a otra esquina, por donde la chica había vuelto a meterse en otra calle que cruzaba la anterior. Los edificios medio grises medio marrones parecían ser el testigo mudo de aquella atroz carrera. Ni un alma se asomó por las ventanas, nadie oía los gritos y jadeos de la muchacha que corría para salvar su vida. El cielo se oscureció de tal manera que casi parecía irreal y enfermizo. Todo esto pude observar mientras iba detrás del cazador y su presa; finalmente aquella criatura dio alcance a la joven y la tiró al suelo; ella cayó de bruces y se dio un feo golpe en la cabeza. Pero la conmoción le duró poco, pues siguió arrastrándose por el suelo, casi a ciegas, como huyendo de algo que no comprendía, pero que sabía muy bien que era. La criatura de probóscide se deleitaba con placer de aquella mosca que había caído en su tela de araña; la rodeaba, le empujaba… jugaba con ella para después destruirla.

Y aquí fue donde entré en acción; fui corriendo como un suicida (menos mal que no era temerario) y a la vez empuñé el cuchillo de mi chaqueta. A escasos metros de él, grité. La criatura se dio la vuelta con sorpresa y yo salté como un Mario en las plataformas que eran una caja de plástico y, de allá, a un container metálico. El último salto fue, mal que lo diga yo, espectacular; pero los bichos no se suelen amilanar ante este tipo de acrobacias y lo que hizo fue alzarse para hacerme frente; intentó darme en el primer salto y falló. En el segundo logró rozarme pero no me desestabilizó y en el tercero, donde le iba a asestar el golpe de gracia, se alejó un poco de mi para contraatacar. Resultado: Solo alcancé para provocarle un corte bastante feo en aquella cosa que hacía de su brazo. Tras eso caí en el suelo al lado de la joven. Ella seguía arrastrándose como por inercia. El engendro aquel, al que ya reconocía como un zángano de no se qué plaga, se acercó con las patas o brazos o lo que sea en alto dispuesto a atacar. Entonces me lancé yo también a por él blandiendo el cuchillo hacia los aguijones que empezaban a asomarse por aquellos pliegues de tentáculos.

Corté uno limpiamente por encima de donde debía de estar en codo, y ya le iba a atravesar cuando con la otra extremidad me lanzó casi cinco metros más allá de donde estaba él. El impacto fue tan grande que me dejó sin respiración. Mientras luchaba por ponerme de pie (cosas curiosas: el cuchillo no lo había ni soltado), mi querida ladrona de manos ajenas se irguió con un grito salvaje, casi se diría que hasta los cimientos temblaron y sacó de Dios sabe donde, el látigo que le vi manejar la noche que nos conocimos. Lo lanzó restallando contra él y le alcanzó en el cuello o, mejor dicho la parte que unía su gomosa cara con el tórax. Tras un limpio y fuerte movimiento con el brazo, hizo que perdiera el equilibrio y cayera al suelo todo lo largo y gordo y asqueroso que era. Desenroscó el látigo de su cuello, lo tomó de ambos extremos y se lanzó a por la bestia como si fuera un jinete intrépida que quiere domar a su caballo. Se sentó sobre él mientras pasaba el látigo por el cuello de nuevo y cruzó los brazos para hacer un bonito lazo para asfixiarlo o arrancarle la cabeza. Pero ni que decir tiene que aquella criatura era mas fuerte que ella, quizás incluso más fuerte que los dos a la vez; se levantó rápidamente y ella perdió el equilibrio y cayó al suelo. Puso su pierna-tentáculo encima de ella y empezó a pisar fuertemente, como si quisiera escacharla. Curioso dibujo en el que una especie de cucaracha quiere chafar a una persona. Justo cuando las fuerzas estaban a punto de fallarle, o al menos así lo creí yo, acercándome por detrás le salté a la espalda para que perdiera el equilibrio y lo conseguí a medias pues, aunque no cayó al suelo, por lo menos conseguí desestabilizarlo lo suficiente para que dejara de pisar a la chica. Empecé a apuñalarle ciegamente, aunque ninguna de las heridas que le abría le parecían provocar daños importantes; eso si, le hacían estar más furioso. Pero no logró que me bajara de su espalda por mucho que se moviera.

Un chasquido sonó en el aire, alcanzando las extremidades inferiores de la criatura y haciéndole besar el suelo, conmigo encima incluido. Me aparto ó de un movimiento convulso pero, antes de que se pusiera de pie, la chica fue a por ella y le asió de la cabeza mientras tiraba hacia arriba. En menos de cinco segundos, mientras un grito pugnaba por escapar de la garganta de la joven, le arrancó la cabeza de cuajo mientras la probóscide se agitaba espasmódicamente. La vida miserable de aquella cosa había llegado a su fin.

Tras eso, tiró la cabeza a cualquier parte y se alejó del cuerpo mientras se sentía desfallecer. Cayó de culo al suelo y se acercó a mi ayudada por sus piernas mientras jadeaba sonoramente. Luego me miró con ojos medio incrédula, como pensando que no podía haberse salvado ni de coña, medio agradecida, como dando loas al cielo de que estuviera por allá.

- Supongo…- empecé yo.- que este también es un zángano de esa mierda de plaga, ¿no?

- Creo que si…- contestó aún jadeando.- Pero no tengo ni idea de por qué me atacó. Tal vez por haber matado al otro. No tengo ni idea. Pero nada de nada.

- Bueno; la cosa esa está muerta ahí delante. ¿Crees que nos tendremos que preocupar de más represalias por parte de otras como este?

Ella negó con la cabeza. En esto parecía estar muy segura; algún día me lo explicaría, pero desde luego no iba a ser este. Tras un par de minutos ahí sentados mientras recuperábamos el aliento, fui al meollo del asunto.

- Sé que te vas a poner como una fiera, pero créeme que no tengo ganas de pelea. Quiero mi “trofeo”. Este lo has matado tú, tienes derecho a él, de acuerdo; pero el otro era mío. Así que podemos hacer un pequeño cambio, ¿te parece?

Ella me miró con cara de pocos amigos y se negó en redondo. Me dijo que para nada. En nuestro primer encuentro se lo había llevado de forma legítima y, este que lo había conseguido casi de la misma manera, también se lo iba a quedar. Se puso a cuatro patas y fue en dirección al cadáver en el que se había transformado esa cosa, un hombre gordo que había sido pasto de los gusanos hacía ya mucho tiempo y del que solo quedaban restos de descomposición seca. La joven cogió la mano de este cadáver para arrancarla igual que había hecho anteriormente con su cabeza, pero se quedó en el intento.

Sé que es muy feo y muy cobarde por mi parte y hay veces que hasta me avergüenzo, pero es solo un momento pasajero que luego da paso a un “de todas formas, era lo que se merecía”. El caso es que me acerqué a ella y le dí un puñetazo en la cara. Juro que no fue para nada fuerte, pero llevaba ya tantos golpes que creo que ese acabó por dejarla fuera de combate. Se desmayó con una rapidez asombrosa y, antes de que su ya maltrecha cabeza fuera a dar con el asfalto yo, como un perfecto caballero, la cogí suavemente y la dejé en el suelo. Tras ese cambio de opiniones, fui yo quien arranqué la mano de aquel cadáver y me la llevé.

No me siento nada orgulloso, ya lo he dicho, pero es que este es un mundo cruel y despiadado. Y también, por qué no decirlo, porque tenía ganas de devolverle la hostia que me dio en la biblioteca. Así que mano por mano, bofetada por bofetada; así estamos en paz.

Me alejé de allá dejando como única compañía un cadáver mutilado y con una sensación de justicia en todo el cuerpo. Tan solo esperaba que no me guardara rencor si alguna vez volvía a verla; Aunque resultó posteriormente que la vería más veces, en algunas ocasiones más de lo que me gustaría. A lo mejor eso motivó que me enamorara de ella, quien sabe; lo que seguro que es cierto es que en este primer encuentro ninguno de los dos quedó indiferente hacia el otro… aunque para ello se necesiten un par de hostias bien dadas.

MANO POR MANO (Agente Del Caos) Cap. III (Parte 1)



Hay días en que lo mejor que puedes hacer es no levantarte de la cama. Quedarte quieto, muy quieto y rezar o lo que sea para que vuelva a ti el sueño. Incluso hay días en los que deseas que algo que te haya pasado y que ha sido determinante para proyectar tu vida hacia una dirección determinada, no hubiera ocurrido jamás. Llevaba un par de meses, tal vez incluso hasta tres meses, intentando superar la muerte de Helena, la mujer con la que abrigaba alguna esperanza y, en ese tiempo que parecía un sueño, cumplía con diligencia, casi con indiferencia, todo lo que podía hacer para que el abyecto ser que tenía como acompañante, el Kuei, pagara su tributo con el abismo. Y entonces, en uno de los casos rutinarios en los que estaba metido, pasó lo que no quería justo que pasara. A decir verdad, pasaron dos cosas que no quise; La primera, conocí a un agente del caos dentro de la Ciudad… otro más. La segunda cosa que me paso fue… que me enamoré de ella.

Estaba persiguiendo a una mujer por la noche (¿por qué todas las cosas así sucederán por la noche? Una vez más, la realidad supera la ficción.); una mujer que había sustraído cuantiosos enseres personales que le eran ajenos. Bueno, tal vez para este tipo de cosas tendría que ser la policía la que hubiera dado cuenta… pero no era este el caso. Esta mujer “absorbía” la vida de las personas a través de sus pertenencias lo cual, hasta cierto punto, era el caso más extraño con el que me había topado hasta la fecha. Como una analogía, si se me permite, lo de esta señorita era a las pertenencias de los demás lo que el Kuei a las almas que le llevaba. Por norma general, la gente con la que me había enfrentado era eso: gente común, personas corrientes que desestabilizaban el grandioso equilibrio universal,  pero esta mujer… pues no.

La perseguí hasta que se metió en un pinar, alejada de las luces de las farolas de un tranquilo parque. La oscuridad se la tragó como un animal hambriento y yo, que antes que temerario soy precavido, eché mano a la chaqueta y palpé mi cuchillo, para cerciorarme de que, en caso de complicaciones, tuviera un handicap. Tras tomar una bocanada de aire, fui tras ella más sigilosamente. Ni una sola hoja de pino se movía, ni un ave nocturna cantó sus lamentos a la luna… la quietud era máxima. Y, como si de una obra de brujería se tratase, un frío helado comenzó a apoderarse del ambiente calmo. Me detuve, pensando en que tal vez sería una pequeña brisa. Pero el frío me penetró hasta el corazón. Y entonces me interné más entre los pinos.

El frío, que ya me había aterido bastante, dio paso a una sensación física más asfixiante si cabe. Empezaba a tener náuseas; el estómago se me cerró de golpe, como si hubiera comido algo en mal estado y justo ahora me estuviera masacrando las tripas. Ambas sensaciones eran las que sufría como podía mientras me acercaba a la mujer, de la que ya empezaba a ver su silueta, en medio de un brillo espectral.

Estaba de espaldas a mi, por lo tanto no me veía, pero yo si la veía a ella, y juro por lo más sagrado que existe que la vi brillar en medio de penumbras. La tenue luz que irradiaba era azulada, pero algo no estaba bien en esa luz. Es como si se pegara a su cuerpo, como si su luminiscencia fuera una masa babosa que supurara por cada centímetro de su piel. Y podía oír un sonido como de succión, como su estuviera drenando algo; y entonces ocurrió lo que tenía que ocurrir.
Mi estómago no lo soportó mucho tiempo más y no pudo sofocar una arcada, pues la sensación se acentuaba más conforme me acercaba… y, por supuesto, la mujer me oyó. Y, cuando se giró, no observé ninguna expresión en su cara, porque no tenía cara.

En lugar donde tenía que haber estado todo órgano facial, se encontraba una especie de trompa como las que tienen las mariposas y, alrededor del nacimiento de esa probóscide, una docena de ojos mal repartidos, de cualquier forma y de color rojo y negro, me miraban, si se podía decir así, de manera interrogante y sorprendida. Su brazos se habían transformado en una especie de prolongación de carne con dos aguijones en cada miembro que supuraban un líquido que, creía yo, era más venenoso que el veneno de cien cobras juntas. En su regazo, manchado de tierra, estaban todas las pertenencias que había robado de personas que, seguramente, por su acto, estarían pasando un mal rato.

La visión en sí me impresionó un poco bastante demasiado. Imaginaba que iba a mandar al infierno a aquella mujer por hacer lo que hacía, aunque no supiera muy bien que hacía. Lo que no tenía previsto era mandar al abismo a una criatura que, por deducción, pertenecía al mismo. Pero la primera reacción que tuve no fue sacar el cuchillo y atacar, a pesar de las náuseas y del frío que se pegaba hasta en los huesos. No soy tan valiente, ni mucho menos arrojado.

Mi primera acción fue correr en dirección opuesta. Craso error. Porque esa cosa, lo que fuera, sabía que la había visto y no iba a dejar por nada en el mundo que viviera para contarlo. Se irguió en sus piernas, que ya no eran tales, sino dos “piernas” llenas de tentáculos por pies que me perseguían prestos pisándome los talones. Cuando fui a mirar hacia atrás, pese a que siempre se dice que no miremos hacia atrás, no vi nada tras mi. Paré de correr y saqué el cuchillo; giré a mi alrededor intentando buscarle. Oí un ruido y giré hacia él: Nada. Cuando volví a girarme, allá estaba, a un metro de mi; Erguida, me sacaba como una cabeza; Lo primero que hizo fue empujarme ayudándose de los brazos y de la probóscide. Afortunadamente, los aguijones no hicieron mella en mi cuerpo, y caí de cualquier manera. Me puse en pie rápidamente y así el cuchillo más fuertemente mientras escrutaba ahora en todas direcciones, arriba y abajo… Y vi que se acercaba colgándose como un primate de las ramas más fuertes de los árboles. Tenía intención de aplastarme con aquellos asquerosos tentáculos, pero esquivé sin problemas su caída encima de mi.

De nuevo estábamos frente a frente. Y entonces observé que sacó esos aguijones de su interior con la intención de acabar conmigo de una vez por todas. En ese momento decidí vender muy cara mi vida, y, cual Julio Cesar, pensé que la suerte estaba echada.: Alea jacta est.

Aunque, al contrario que le ocurrió al dictador romano, que lo hizo todo solo, tuve un golpe de suerte inesperado. Del lado derecho del monstruo se escuchó un chasquido que rasgó el aire y, al instante, la criatura tenía una especie de cuerda rodeando su “brazo”. Luego esa cuerda se tensó y la criatura salió despedida a escasos metros de donde estaba y cayó cuan larga era en el suelo. Mientras se incorporaba, de nuevo un chasquido le rozó en la probóscide y casi se la corta de cuajo. Empezó a sangrar abundantemente por el corte, de un color seroso que recordaba al barniz.

Recuerdo pensar que, si sangraba, tal vez se podría acabar con ella. Así que salí de mi estado de estupor y, mientras me preparaba para su muerte, sostuve el cuchillo para la estocada final. Pero aquel bicho era tremendamente rápido e inusualmente instintivo. No parecía muy fuerte, ni pesar mucho, pero se movió hacia mí desde el suelo y su cuerpo impactó contra el mío... mandándome de nuevo al bendito suelo. Por tercera vez, se oyó aquel estallido y esta vez rodeó el cuello de la criatura, que fue arrastrada hacia un tronco. Allí, detrás de esa cosa había alguien, y una voz de mujer (aunque más que una voz fue un grito) me exhortó:

- ¡Acaba con él!

No dejé que me lo repitiera de nuevo. Cogí el cuchillo, me puse de pie y corrí, todo a la vez, para llegar ante lo que había sido una mujer y le apuñalé una y otra y otra vez. La criatura comenzó a emitir sonidos como de zumbidos y la náusea que me había acompañado en todo momento, a la par que esa sensación gélida, desapareció paulatinamente mientras la vida de aquello con probóscide se extinguía, hasta que finalmente quedó laxa. La cuerda se aflojó dejándola caer y me fije en que, lo que antes había sido un ser que creía solo existían en las pesadillas, se transformaba en mujer de nuevo, pero no en la mujer que yo había perseguido, sino como un cadáver que llevara años muerto.

La piel quedó pegada a su cuerpo como si fuera una mortaja natural. Y entonces, tras esta observación, me fijé en algo más. Lo primero, que lo que rodeaba su cuello no era una cuerda, si no un látigo. Y segundo, por fin vislumbré quién me había ayudado contra la cosa que yacía inerte en el suelo.

Clavó sus ojos en mí mientras salía de detrás del árbol donde había aprisionado a la bestia; me miraba con una mezcla de enfado y desaprobación. A su vez, recogía el látigo de manera diestra. Y, cuando la tuve enfrente de mi, la pude observar más detenidamente. Era rubia, con el pelo muy ondulado y recogido en una coleta que le llegaba a media espalda; sus ojos eran almendrados y de color castaño con vetas grises. Tenía en ambas orejas dos pendientes grandes en forma de aro, un poco gruesos y dorados. En cuanto a la indumentaria, no podía ser más extraña. Parecía una extra de película de adolescentes de los años sesenta. Vestía unos jeans de campana no muy ancha azules claros, unas zapatillas tipo Converse rojas, una camiseta blanca y, encima de la camiseta, una chaqueta como de cuero rojo de mangas blancas. La chaqueta tenía la inicial D a la izquierda. Verla con esa facha casi me da un shock. Aparte, es que estaba buena, para que vamos a mentir. Creo, de hecho, que mi mirada con la ceja levantada debió de despertar susceptibilidades en ella, pues a partir de ese momento, me habló de manera tajante.

- ¿Piensas relamerte más o vas a ir a casa a pajearte?- me preguntó con franco desdén.

- No estoy tan desesperado para que me gusten tanto las niñas retro.- le contesté.

Ella dijo por lo bajo un taco, supongo que dirigido a mi, y se agachó para examinar el cadáver que teníamos ante nosotros. Luego, cogió su mano y la partió con un crujido seco de la muñeca. Casi no podía creer lo que estaba haciendo. ¡Me estaba robando mi víctima!

- Pero, ¿qué se supone que estás haciendo?- le pregunté medio sorprendido.

- Cobrarme mi pieza.- me contestó tranquilamente mientras se erguía.- ¿Tienes algún problema?

- Nooo, para nada.- le dije. Estaba empezando a calentarme.- Solo que esa “pieza” que dices que te cobras, es mía.

- Tu le has dado un estoque mientras te la sostenía. De no ser por mi, te hubiera dejado seco al instante.

- ¿Pero tu te oyes?- pregunté incrédulo, casi fuera de mí.

- Si; y a ti también te oigo muy bien; no hace falta que grites, no estoy sorda.- acabó casi gritando como yo.

- Escucha: Yo maté a esta mujer, yo me llevaré la mano, si no te importa, ¿de acuerdo?

- No tienes ni idea de lo que acabas de destruir, ¿verdad?- me preguntó ella como si fuera un novato. Aunque, en verdad, no tenía ni idea.

- Supongo que tú me lo dirás, ¿no?

Ella sonrió con un gesto de condescendencia. La odié por eso, pero no cedió ni un milímetro. Señaló los restos de la mujer y me dijo de que se trataba.

- Ese ser es un zángano de la plaga. Lo primero que hace es proveerse de un cuerpo. Luego roba cosas de gente y les sustrae la fuerza vital de cada una de ellas. Las víctimas se consumen en una intensa agonía. Es como un cáncer que te come por dentro. Solo que, además de arrancarte la carne, también lo hace con tu alma.- y, después de un momento de pausa, añadió.- No tenías ni idea, ¿verdad?

- No, no lo sabía. Pero eso no quita para que me robes el mérito de haberlo matado yo.

- Esta mano es mía y me la voy a quedar.- sentenció.- No quieras buscar enfrentamiento donde no tiene que haberlo.

Y, dicho esto, se alejó del pinar. Al principio, yo me quedé clavado, como si me hubieran echado cemento en los pies, y, mientras la veía alejarse, se apoderó de mi una rabia tan intensa, que casi me quema por dentro. Saqué de nuevo mi cuchillo y fui a por ella con resolución: Iba a recuperar mi trofeo aunque corriera la sangre.

Me situé a unos escasos diez metros de su presencia y le grite un “¡Eh!” que pareció llamar su atención. Se giró mirándome de reojo y, al ver que empuñaba el cuchillo y la marca de mi mano refulgía como pidiendo el rojo líquido, ella echo mano también de su látigo y se quedó en posición de guardia. Me miró directamente a los ojos y noté el fuego de su mirada. Nos quedamos parados como dos duelistas, uno enfrente del otro, esperando a ver cuál de los dos daba el siguiente paso. Fue un milagro que en aquel momento no pasara nadie. Ella rompió el silencio.

- Te lo advierto; no me toques o correrás la misma suerte que ese cadáver que hemos dejado allá. No quiero enemistarme contigo, ni mucho menos matarte; si me fuerzas a ello, vas a descubrir de lo que soy capaz.

Mis ojos se posaron en sus manos, y vi un destello que surgía del interior de su palma. No había duda. Era como yo. Metí el cuchillo en su funda, en el interior de mi chaqueta. Ella pareció relajarse después de unos segundos y colgó su látigo del cinto. Luego, sin decir palabra, dio la vuelta y se marchó en dirección a ninguna parte.

Tras ese incidente para nada afortunado, me pasé los siguientes días intentando averiguar quién era aquella buena joven que me había robado el trofeo. Pregunté en Domus Animae, pensando que Jia Li podría tener la respuesta, pero fue tan enigmática como siempre, con respuestas a medio contestar y toda esa parafernalia. Era obvio que, de existir otras personas con mi mismo empeño, ella no me iba a indicar con pelos y señales sus identidades. Finalmente me rendí a la suposición de que no la encontraría si ella no deseaba ser vista.

Justo en el momento en que iba a volver a casa, a mediodía, tuve un chispazo casual. Tal vez debería de preguntar a los ojos de la Ciudad; el sabría, al menos, darme una pequeña pista acerca de esa joven. Dí media vuelta de nuevo y, mientras me colaba en el autobús sin pagar, cavilé en los sitios donde solía estar… o más bien vegetar.

Tras una búsqueda de una hora y media por el casco antiguo de la Ciudad y un paseo en bicicleta que un amable caballero en chándal dejó para entrar en un baño público a la entrada de un pequeño parque, lo encontré finalmente apoyado en un banco, con una botella en las manos y mirando de manera vacua al suelo. Dejé la bicicleta justo enfrente de donde él se sentaba y me senté en el otro extremo del banco; crucé las piernas y miré a la gente pasar y correr y jugar mientras el borracho que tenía a mi lado no movió ni un solo dedo.


- Hace un día bastante bueno como para pensar en la botella, ¿no le parece?- le pregunté. Alzó su vista hacia mi con una expresión oligofrénica, como si no tuviera ni idea de quién era yo o qué le había dicho.

- ¡Ah!- dijo por fin con un lenguaje pastoso.- Eres tú…

- Eso es. Yo mismo. Suponía que no me iba a reconocer…

- Pues claro que sí. Ya te dije que era los ojos de la Ciudad.- supongo que diría eso. Arrastraba las palabras como si en vez de lengua tuviera esparto en la boca. Si estaba tan lucido a pesar de la curda fenomenal que tenía, tal vez pudiera sacarle algo.

- Entonces, supongo que sabrás que pasó hace un par de días en uno de los parques, ¿verdad?

Me hizo la señal de silencio con el dedo que, por cierto, casi se lo mete en el ojo, y luego miró a ambos lados con esa expresión idiotizada que parecen compartir todos los alcohólicos. Luego se giró de nuevo hacia mí y habló.

- No se habla de la plaga así como así, hombre, ¿qué te pasa?- me espetó.- Ahora… Menuda la que te hizo la muchacha, ¿eeeeeh?

- Justo a ella es a quien quería ver. Verá, me salvó la vida y me gustaría agradecérselo. Supuse que, como usted es los ojos de la Ciudad, podría pedirle ayuda.

- Mierrrrrda, chico… Conozco a la mayoría de vosotros, eso desde luego, pero no tengo ni idea de quienes sois.- toda mi esperanza acababa de salir despedida por el retrete.- Pero si quieres un consejo de tu viejo amigo, que s… s… sepas que el criminal siempre va dos veces al lugar del crimen. Y ya está.- sentenció.

Borracho dixit. Así que, lo que me estaba proponiendo es que volviera de nuevo al parque donde había tenido el tete-a-tete con aquella amable mujer con boca de mariposa y esperase, ya que tal vez, y solo tal vez, podría ver a la que fue mi cómplice. Ya que no tenía nada que perder, me levanté sin despedirme (aunque él tampoco pareció darse cuenta de nada, como si la conversación hubiera sido producto de su imaginación) y fui a mi próximo destino.